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Tsunami en el norte

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Por Fabricio Falcucci.

La noche del 3 de noviembre el mapa político de Estados Unidos empezó a teñirse de azul en lugares donde el Partido Republicano se sentía dueño del paisaje. Los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado. La derrota alcanzó estados conservadores y convirtió una elección de medio término en una pesadilla para Donald Trump. También expresó el cansancio de una sociedad a la que le prometieron prosperidad y paz mientras la vida cotidiana se encarecía y la guerra volvía al centro de la escena.

Texas condensó el tamaño de la sorpresa. Gina Hinojosa derrotó al gobernador Greg Abbott, que buscaba un cuarto mandato y será la primera latina en conducir el estado. Su victoria puso fin a más de tres décadas de gobiernos republicanos. James Talarico venció a Ken Paxton en la elección al Senado: ningún demócrata ganaba una elección estatal en Texas desde 1994 ni llegaba al Senado por ese estado desde 1988. El territorio presentado durante años como una frontera conservadora inexpugnable dejó una lección: los cambios demográficos no se convierten por sí solos en poder político. Hace falta construir una coalición y encontrar una voz capaz de conectar con la vida concreta de los votantes.

Hinojosa hizo campaña sobre la defensa de la educación pública, la transparencia institucional y el costo de vida. También cuestionó la expansión de centros de datos de alto consumo energético, un tema que vincula las decisiones tecnológicas con el precio de la electricidad. Enfrentó a un gobernador con una maquinaria financiera muy superior y, aun así, ganó. Abbott reconoció la derrota esa misma noche. La alternancia no borrará las divisiones de Texas, pero cambia quiénes pueden imaginarse al frente de un estado que durante años pareció cerrado.

El fenómeno Talarico ayudó a hacer posible ese vuelco. Tiene 37 años, fue maestro y estudia para pastor presbiteriano. En una campaña áspera habló de fe sin entregársela a la derecha y llevó el debate desde la guerra cultural hacia la dignidad humana, los salarios y la vida de las familias. Su tono convocó a jóvenes, moderados e independientes que no suelen reconocerse en una misma identidad partidaria. Su triunfo no demuestra que Texas haya dejado de ser conservador, sino que el conservadurismo ya no alcanza para explicar a todos.

El voto latino fue decisivo. En 2024 una parte importante del electorado hispano se había acercado a Trump, atraído por la promesa de bajar los precios y por una retórica que mezclaba seguridad económica y control fronterizo. El cambio se vio en condados limítrofes como Cameron, Hidalgo y Webb, donde Talarico obtuvo ventajas amplias. Las preocupaciones fueron concretas: alimentos, alquileres, energía y el modo en que se aplica la política migratoria. No existe un voto latino uniforme ni una identidad que pueda tratarse como un bloque. Hay ciudadanos diversos que evalúan su economía y también la manera en que el poder trata a quienes llegaron de otros países o tienen menos recursos para defenderse.

Para entender este cambio también conviene mirar a Nueva York. La campaña de Zohran Mamdani puso en el centro una pregunta que atraviesa a millones de hogares: cuánto cuesta vivir en una ciudad y quién puede seguir haciéndolo. Su plataforma habló de congelar los alquileres regulados, ofrecer autobuses rápidos y gratuitos y aliviar el precio de los bienes esenciales. Si bien no hay una receta que pueda trasladarse, sí hay una señal compartida, cuando la política se ocupa del alquiler, el transporte, la salud y los precios, puede acercarse a personas que dejaron de escucharla.

Michigan ofreció otra escena decisiva. Abdul El-Sayed ganó la banca al Senado y será el primer musulmán en integrar esa cámara. Durante la campaña, Trump puso en duda su lealtad al país y lo presentó, sin pruebas, como una amenaza ligada al extremismo. El-Sayed respondió en las urnas. Su victoria no elimina la islamofobia ni repara el daño de esos ataques. Sí expone el límite de una política que convierte la diferencia en sospecha permanente y espera que el miedo alcance para ganar votos. La fe y el origen de un candidato no deberían servir como acusación ni como reemplazo de la discusión sobre sus propuestas.

La ola también llegó a lugares que parecían fuera de disputa. Kansas eligió a su primer senador demócrata desde 1932. En Carolina del Sur, Annie Andrews ganó una banca que los demócratas no conquistaban desde fines del siglo pasado. Iowa también cambió de manos, mientras Maine, Carolina del Norte y Ohio aportaron nuevas derrotas republicanas. Florida dejó una imagen más compleja: Byron Donalds ganó la gobernación, pero los republicanos perdieron su supermayoría en el Senado estatal. Las zonas que el oficialismo daba por seguras dejaron de serlo.

También cambió quiénes ocuparán los cargos. Keisha Lance Bottoms será la primera mujer afroamericana elegida gobernadora en Estados Unidos. Deb Haaland, integrante del pueblo Laguna, será la primera mujer indígena en gobernar un estado. Peggy Flanagan, de la nación Ojibwe de White Earth, será la primera mujer indígena elegida al Senado; Chris Pappas, el primer hombre abiertamente gay en ocupar una banca en esa cámara. En Colorado, Melat Kiros, abogada de 29 años e hija de inmigrantes etíopes, será la primera mujer de la generación Z en llegar al Congreso. No son historias equivalentes ni nombres intercambiables. Juntas expresan algo más que una consigna de diversidad: la democracia empieza a parecerse, aunque todavía de manera incompleta, a la sociedad que pretende representar.

La presencia de jóvenes, mujeres, inmigrantes y comunidades históricamente excluidas no garantiza por sí sola una política más justa. Sí cambia quiénes intervienen en las decisiones y qué experiencias llegan al poder. La elección reunió a candidatos moderados, capaces de hablarle a republicanos desencantados y a figuras de izquierda que llevaron al centro del debate la salud, el trabajo y la protección social. Esa amplitud puede convertirse en una fuerza si produce acuerdos. También será una prueba para los demócratas, que deberán gobernar una coalición heterogénea y no solo celebrar su victoria.

El trasfondo fue material. Los precios no dejaron de subir, los aranceles encarecieron productos y la guerra con Irán empujó el costo de la energía. El malestar de los hogares pesó más que las consignas sobre las llamadas guerras culturales. En varios países de Europa, las movilizaciones de las últimas semanas también expresaron reclamos por salarios, vivienda, combustible y servicios públicos. Los contextos son distintos, pero hay una inquietud común: las decisiones sobre mercados, fronteras y conflictos armados llegan a la mesa familiar y determinan cuánto queda después de pagar lo indispensable. Cuando esa distancia entre el discurso de los gobiernos y la vida cotidiana se vuelve demasiado grande, el voto y la calle encuentran formas de decirlo.

Ese es uno de los mensajes más claros de las urnas. La ciudadanía castigó una gestión que no logró responder a la angustia económica y que quiso desplazarla con una política de confrontación. También cuestionó la dureza de las deportaciones y una retórica que deshumaniza a los inmigrantes y convierte a quienes son distintos en sospechosos. El resultado no permite afirmar que todos los votantes hayan adoptado una agenda progresista. Sí indica que el miedo, la hostilidad y las promesas de mano dura dejaron de ser suficientes para contener el descontento.

¿Qué cambia a partir de ahora? Desde enero, la Casa Blanca tendrá enfrente un Congreso con mayoría demócrata en ambas cámaras. Esa mayoría podrá citar a funcionarios, abrir investigaciones, revisar decisiones del gobierno, controlar el presupuesto y frenar o modificar proyectos legislativos. El Senado también tendrá peso en la confirmación de funcionarios y jueces. La supervisión sobre el Ejecutivo puede ocupar buena parte de la agenda, sobre todo en asuntos de corrupción, política migratoria y uso del poder presidencial. Para Trump, será más difícil gobernar con la misma libertad que tuvo durante los dos años de control republicano.

Ese cambio, sin embargo, no termina la guerra ni bajará automáticamente los precios. El presidente conserva la posibilidad de vetar leyes y el Congreso no cuenta con los votos para superar ese veto por sí solo. Una mayoría parlamentaria puede poner límites, exigir explicaciones y abrir debates; no puede prometer una transformación inmediata. Los demócratas tendrán que mostrar que la elección produjo algo más que una resistencia institucional. El desafío será traducir el reclamo por una vida más vivible en decisiones que se sientan en el alquiler, el trabajo, la salud y el bolsillo.

Para la extrema derecha, la derrota es un traspié importante, no una desaparición. Trump apostó su nombre en la campaña y pidió que los votantes trataran la elección como si él estuviera en la boleta. Los resultados reducen su capacidad para imponer candidatos y controlar el Congreso y alimentan preguntas dentro del Partido Republicano sobre el costo de seguir cada una de sus decisiones. Pero su movimiento conserva una base amplia, influencia sobre el partido y el poder ejecutivo. Es probable que intente convertir la supervisión demócrata en una nueva historia de persecución y que redoble sus ataques contra jueces, periodistas, inmigrantes y adversarios. La elección demuestra que esa estrategia puede perder; no que haya dejado de existir.

Tal vez el cambio de época no consista en que el miedo haya desaparecido. Consiste en que ya no sea la única emoción capaz de organizar la política. En Texas, Michigan y otros estados, jóvenes, mujeres, latinos, inmigrantes y comunidades históricamente excluidas entraron en la conversación con sus propios nombres y demandas. La esperanza que deja esta elección no es la certeza de que todo mejorará. Es la posibilidad de que millones vuelvan a creer que su voto puede abrir una puerta, exigir el fin de una guerra y obligar al poder a mirar de frente a quienes había aprendido a no ver.

 

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