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Hacia una síntesis del pensamiento de Gaspar Risco Fernández

Publicado el

por José Mariano.

Somos palabra. Y por la palabra devenimos cuerpo.
— G.R.F.

Esta columna está basada en el ensayo Hacia una síntesis del pensamiento de Gaspar Risco Fernández, de Ángel Alberto González, presentado originalmente en unas jornadas homenaje organizadas por la Facultad de Humanidades de la UNSE. Ese texto funciona como punto de partida y como mapa: condensa con claridad, respeto y profundidad los ejes principales de la obra de Gaspar. Lo que sigue es una relectura situada, una deriva editorial que busca desplegar —desde FUGA y desde el presente— algunas de sus intuiciones más urgentes.

Durante décadas, Gaspar Risco Fernández trabajó en silencio desde el norte argentino para elaborar una de las obras más complejas, potentes y originales del pensamiento latinoamericano. Filósofo, teólogo, cineclubista, educador popular, misionero laico, pionero del análisis de medios en clave regional y metafísica. Todo eso y algo más. Su pensamiento, siempre en tensión, no puede encerrarse en un marco disciplinar. Pero sí puede sintetizarse, como él mismo decía, desde un punto de cruce: la comunicación como forma de existencia.

Risco nunca separó sus grandes intereses: la teología medieval, el cine como lenguaje, la antropología del NOA y los medios de comunicación. En lugar de elegir, buscó articularlos. Esa es la clave de su obra: una búsqueda de síntesis entre tradición y tecnología, entre mito y logos, entre sensibilidad y razón, entre imagen y palabra, entre educación y política. Pero no como conciliación abstracta, sino como territorio en disputa donde algo nuevo podía nacer.

El cine como lugar teológico

A principios de los años 60, Risco escribe una crítica a La dolce vita de Fellini que se volverá legendaria. Allí se atreve a decir que Dios ha estrenado un nuevo lenguaje, y que quizá habría que ir al cine para aprenderlo. Aquello que pareció un arrebato fue en realidad el inicio de su gran proyecto: una tesis (nunca formalmente defendida) sobre lo que llamó el kairós de la imagen. Es decir: el momento oportuno en que la imagen —sobre todo la cinematográfica— puede despertar en nosotros una experiencia metafísica, una apertura al Misterio.

Risco conecta esa idea con la vieja gnoseología tomasiana del conocimiento por connaturalidad: no se trata de entender a Dios como concepto, sino de percibirlo desde lo sensible. Así como Cristo se encarnó, el conocimiento espiritual necesita encarnarse. Y el cine —a través del montaje, el cuerpo, la emoción, el silencio— se convierte para él en un vehículo sacramental. En una forma de liturgia laica. En una pedagogía del alma.

El NOA como macrocuerpo

Pero Gaspar no se detuvo en las alturas de la teoría. Al mismo tiempo que escribía sobre cine y teología, organizaba cineclubes, proyectaba películas en pueblos del interior, y coordinaba experiencias de alfabetización popular con el método Freire en el llano zafrero tucumano. No fue a enseñar, sino a escuchar. Allí donde muchos veían atraso, él veía una memoria viva, una mística popular no extinguida. Descubrió que esos pueblos estaban formados por estratos culturales superpuestos: el mito amerindio, la utopía hispánica, el logos moderno. Y que esos estratos no eran ruinas muertas, sino capas vivas de una identidad en tensión.

De allí nace su concepto más hermoso y radical: el macrocuerpo. La región como cuerpo simbólico compartido. No un territorio geográfico sino una estructura de sentido en la que viven nuestros muertos, nuestras palabras, nuestras formas de mirar y nombrar el mundo. La cultura, para Risco, es un cuerpo en el que se encarna nuestra historia, y que todavía nos habla —si sabemos escuchar su lengua.

El oído por el ojo

Después de ser destituido por la dictadura, Risco trabaja en radiofonía educativa. Allí descubre algo decisivo: para los pueblos del NOA, el oído fue siempre más importante que la vista. La tradición oral sobrevive donde el texto no llegó. Y por eso la radio, con su aura cálida y envolvente, era para él la prolongación tecnológica de esa sabiduría no escrita.

Inspirado por McLuhan, Gaspar traza una historia de la humanidad según sus formas de comunicación: el hombre mítico (oral), el hombre gutenbergiano (escrito), y el hombre posalfabético (electrónico). Cree que las nuevas tecnologías pueden reactivar una sensibilidad dormida: el mito regresa, ahora bajo formas digitales, visuales, sonoras. Pero advierte: ese retorno no es automático. Se necesita una pedagogía. Una hermenéutica. Una ética. Y sobre todo, un pueblo que no haya olvidado cómo escuchar con el cuerpo entero.

La palabra no dicha

Risco nunca creyó en la cultura como algo que se impone. Para él, educar no era aculturar: era liberar la palabra no dicha de los pueblos. Esa que quedó atrapada entre el desprecio ilustrado y la represión institucional. Esa que sobrevive en una copla, en una tonada, en un topónimo, en un silencio. “Aprender a hablar como nosotros —dice— junto con la comunidad, junto a los marginados de la cultura letrada, para decir como pueblo nuestra palabra no dicha, dentro de la aldea global.”

Frente al ruido del algoritmo, el grito del mercado y la estupidez de los medios, su propuesta sigue viva: recuperar un lenguaje que no sea mercancía. Reconstruir el vínculo entre palabra y cuerpo, entre símbolo y sentido, entre comunicación y comunión.

Una vigilia constante

Gaspar Risco no dejó tratados. Dejó notas, papeles, borradores. Siempre inacabados. No por falta de rigor, sino porque pensaba como cineasta: cada texto debía ser una invitación al montaje colectivo. Su obra no es un monumento. Es una vigilia. Una espera activa. Una disponibilidad radical para lo que aún no ha sido.

Y por eso es fundamental el trabajo de Ángel Alberto González, que no sólo recupera y sistematiza la arquitectura profunda del pensamiento de Gaspar, sino que lo hace con la misma ética del maestro: entretejiendo historia, lenguaje, cuerpo, territorio y comunidad. Su ensayo no es solo un homenaje. Es una reactivación. Una invitación a continuar esa búsqueda.

Porque tal vez eso sea lo más riesgoso —y a la vez lo más necesario— del pensamiento de Risco: recordarnos que el conocimiento no es acumulación de verdades, sino el intento de reencarnar una palabra todavía no dicha.

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