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La paradoja del aceleracionismo

Publicado el

Por Catalina Cervantes.

El capitalismo es invencible porque se acelera en sus propios límites.
Mark Fisher.

En la sinfonía caótica del pensamiento contemporáneo, emerge el aceleracionismo como una nota discordante, una melodía embriagadora que seduce con su promesa de ruptura radical. Sin embargo, bajo el brillo efímero de sus palabras estridentes y sus conceptos seductores, yace una paradoja fundamental que desgarra los cimientos mismos de su lógica interna.

El aceleracionismo, en su afán por desmantelar el capitalismo desde dentro, se sumerge en un abismo de contradicciones y absurdos. Al proponer la aceleración deliberada de las fuerzas del mercado y la tecnología, se entrega ciegamente a la lógica misma que busca desafiar. ¿Cómo puede esperarse que la aceleración de un sistema basado en la expansión perpetua conduzca a su propia destrucción?

La ironía del aceleracionismo radica en su ingenuidad radical, en su creencia temeraria de que la intensificación de las contradicciones internas del capitalismo inevitablemente conducirá a su colapso. Pero, ¿qué garantía hay de que este colapso resultará en algo más que una reconfiguración del mismo sistema en nuevas formas de opresión y explotación? ¿Acaso el aceleracionismo no corre el riesgo de convertirse en el catalizador de su propia perpetuación?

Desde su pedestal de arrogancia intelectual, el aceleracionismo desprecia la prudencia y la cautela, lanzándose hacia el abismo del futuro con una temeridad insensata. En su desesperado afán de acelerar el cambio, olvida las lecciones de la historia y las advertencias de aquellos que ya fueron arrastrados por las corrientes tumultuosas de un progreso sin rumbo ni destino.

El aceleracionismo es una danza frenética en el borde del precipicio: seduce con su energía vertiginosa, pero oculta el vacío que se abre bajo nuestros pies. En su afán por desafiar el statu quo, se pierde en el laberinto de su propia retórica, atrapado en una espiral descendente hacia la absurdidad y la auto-aniquilación.

En última instancia, el aceleracionismo es una paradoja viviente, una contradicción encarnada que nos recuerda la fragilidad de nuestras certezas y la fugacidad de nuestras ambiciones. Nos invita a contemplar el abismo del absurdo en el que estamos inmersos, y a preguntarnos si realmente deseamos acelerar nuestra marcha hacia la oscuridad inevitable.

Lo que queda en evidencia es que no hay atajo fácil hacia la transformación. La aceleración no garantiza emancipación; puede ser, apenas, el combustible de nuevas cadenas. Si queremos pensar más allá del capitalismo, quizás debamos detenernos a escuchar el ritmo que nos impone, y no confundir velocidad con libertad.

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