Por Fernando Etienot.
El sectarismo es la muerte de la conducción.
Si solo vamos a llegar con los buenos, vamos a llegar muy pocos.
Juan D. Perón.
Muchos identificamos claramente los errores y los vicios demagógicos de la doctrina peronista que afectaron gravemente la historia del país. Pero no se puede negar que, en materia de política y conducción, Perón fue un estudioso lúcido, capaz de pensar el poder no solo como ejercicio de mando sino como arte de la persuasión.
En sus reflexiones diferenció lo que significa “ordenar” de lo que significa “conducir”. Ordenar es imponer disciplina vertical, garantizar obediencia. Conducir, en cambio, supone persuadir, articular, lograr que diversos sectores encuentren en un mismo horizonte la razón de su acción. Para Perón, ninguna transformación real era posible sin esa capacidad de sumar voluntades provenientes de tradiciones, estratos y sensibilidades diferentes.
De allí las frases que hoy conservan una enorme vigencia: “El sectarismo es la muerte de la conducción” y “Si solo vamos a llegar con los buenos, vamos a llegar muy pocos.” Estas sentencias encierran una advertencia: un proyecto político que se recluye en un círculo cerrado de leales, que reduce la pluralidad a obediencia o que expulsa todo matiz como si fuera traición, termina debilitándose. El sectarismo no solo fractura las alianzas, sino que niega la esencia misma de la conducción, que es construir unidad en la diversidad y en la continuidad.
Como advertía Hannah Arendt, el poder no se sostiene en la violencia ni en la imposición, sino en la capacidad de los hombres de actuar en común. En esa línea, Max Weber señaló que la política no puede reducirse a la ética de la convicción, sino que exige también una ética de la responsabilidad, atenta a las consecuencias y a la necesidad de sostener acuerdos en la diversidad. Y en nuestro presente, Byung-Chul Han recuerda que el poder ya no se ejerce principalmente como represión, sino como seducción y autoafirmación dentro de burbujas de afinidad, la política se vuelve endogámica, incapaz de interpelar más allá de su propio círculo.
La coyuntura actual confirma la vigencia de estas advertencias. Aunque el oficialismo pueda exhibir resultados electorales destacados, su fragilidad parlamentaria es inocultable. Sin capacidad de alcanzar quórum propio en ninguna cámara, el gobierno no puede limitarse a administrar fidelidades. La fuerza que lo llevó al balotaje —el miedo como aglutinante momentáneo— ya no alcanza. El futuro depende de su habilidad para ejercer la persuasión, abrir espacios de diálogo y reconstruir mayorías amplias que sostengan el proceso de transformación.
La lección es clara: los proyectos que se cierran sobre sí mismos mueren lentamente; los que se atreven a convocar y persuadir logran trascender. Conducir no es ordenar, ni domesticar, ni administrar silencios, es, sobre todo, mantener vivo un horizonte común que sea capaz de interpelar incluso a quienes piensan distinto.

Muy bueno
El poder auténtico no nace de la imposición, sino de la escucha. Persuadir no es domesticar, es comprender la gramática del otro sin renunciar a la propia. Excelente artículo Fernando.
«Vencer no es convencer, y hay que convencer sobre todo. Pero no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión, ese odio a la inteligencia, que es crítica y diferenciadora, inquisitiva…» Miguel de Unamuno 1936