Por Fabián Soberón.
Hace unos días nos encontramos con Alina Diaconú y Gabriel Bellomo en un bar de la esquina de Florida y Paraguay, en Buenos Aires. Entre otros asuntos, hablamos de una taza parisina que recuerda al cine francés de la época gloriosa, de las películas que hay que ver (La mujer de la fila y Belén), del necesario cine Lorca, de los anhelados viajes, de la situación política, de Juan José Sebreli, de las diferencias entre el amor y la amistad, y de los ancestros desconocidos.
Alina se refirió a un libro de Brian Weiss en el que el psiquiatra estudia y narra el caso de una paciente que hizo viajes al pasado. Catherine tuvo sesiones de hipnosis en las que narró la insólita aparición de muchas personas que ella fue en los múltiples pasados.
Gabriel contó una versión breve de su vida –un recorrido hipnótico– e historias de sus antepasados.
Yo rememoré lo que había dicho Alina en el acto de homenaje en la embajada de Rumania. De alguna forma, traje a la mesa aquellos momentos difíciles y terribles del pasado de Alina en Bucarest.
Ella recordó un primer encuentro –que parecía ser fruto del azar– con el poeta Alberto Girri. Fue un día cualquiera de hace muchos años. Girri estaba bronceado –solía tomar sol en la azotea de una escritora– y no se percató de que el fotógrafo que lo asistía estaba acompañado por una joven, Alina Diaconú. El tiempo pasó: Girri y Alina se hicieron amigos –fue un hermano, un amigo, un padre, dijo Alina aquella tarde– y ella no se atrevió a contarle de aquel primer cruce humedecido por el sepia de la nostalgia.
En las clases sobre literatura argentina impartidas en la Universidad de Michigan en 1976, Borges analiza el trayecto vital, la poesía y las narraciones de José Hernández, Ascasubi, Lugones, Paul Groussac, Almafuerte, Sarmiento y Güiraldes. Sobre este último cuenta que nació en una casa ubicada en la esquina de Florida y Paraguay. En dos momentos del libro, Borges sostiene que es mejor ser querido que admirado. Sobre Lugones dice que fue admirado y que esa experiencia es más frívola. De Güiraldes dice que se burlaban porque había escrito un culto al sol y porque compuso un poema en contra del elogio a la luna del Lunario sentimental. No entendieron que Guiraldes hacía una broma.
Mientras leía las clases de Borges sentí que la vida no deja de ser curiosa. Güiraldes tenía “la memoria llena de versos franceses”, y era dueño de una vasta biblioteca habitada por autores franceses y la otra parte por teósofos. Quizás Güiraldes y Brian Weiss se entendieron aquella tarde en la confitería y dialogaron sobre hipnosis y teosofía. Es probable que Catherine (la paciente de Weiss) y Don Segundo Sombra vieran el pasado a través de un intersticio. Los lugares y las cosas guardan vibraciones secretas y sombras sinuosas. No se trata de fantasmas ni de apariciones sino de equívocas remembranzas que, de algún modo, tocan el presente, rozan la superficie de la vida e inciden secretamente en la realidad. Pensé que lo que llamamos realidad es menos una certeza que una vacilación y que nada puede afirmarse de forma rotunda o taxativa.
Ahora tengo la sospecha de que la presencia esquiva de Güiraldes estuvo en la mesa cordial de la confitería durante más de dos horas –en esa esquina escribió Don Segundo Sombra–, pero la simpatía no fue casualidad. Recibimos las visitas de las figuras del ayer en los pliegues venturosos y alentadores y nos sentimos más queridos que admirados en el diálogo que tuvimos aquella tarde en el centro de Buenos Aires.
Sólo una cosa no sé: con qué persona me crucé en el pasado y no supe –en ese instante– que me volvería a encontrar en el futuro. En cierta medida, el tiempo es una ilusión, una fantasmagoría benéfica, un bastón que nos ayuda a ordenar el inevitable caos vital. Nadie sabe exactamente cómo fue su vida ni cómo será. Los recuerdos y las expectativas sólo son la simulación de un orden.
En el futuro, cuando ya no estemos en este mundo, los tiempos se confundirán y el encuentro aparentemente casual entre dos personas será olvidado del todo y solo tendrá sentido si alguien lo recuerda dos veces.
