Predictor
Por Hugo Robles Lama.
Santiago, 16 de noviembre 2025
Mientras espero mi turno para entrar en la cabina secreta y votar por alguno de los candidatos impresentables, cuyo común denominador son las mismas promesas irrealizables, reviso mi columna:
Shanghái, siglo XXII. El aire es denso, casi un sedimento de ozono ionizado y propagandas que ya nadie ve. La China de siempre, ahora una copia perfecta de sí misma. Chen, sorbe un líquido parduzco, que llamaremos té. Le dicen «El Trazador» en la retórica residual que todavía llega de las viejas datasheets, la nostalgia envasada de algo que nunca existió. Su gabardina, un algodón gastado, apenas le pesa. Él, que ha calibrado demasiadas realidades, mira el Bund. Espera el glitch.

Y ahí está, donde antes zumbaban los streamers —esos mendigos digitales que vendían hasta el residuo de su biografía a cambio de un pulso de red— ahora solo hay silencio. El silencio denso de los dibujantes.
Chicos con las espaldas arqueadas trazando con grafito sobre pliegos amarillentos de papel fijados a planchas de aglomerado baratas. No hay ningún halo de luz, solo esa neblina tóxica que filtra un sol de utilería. No trafican datos, designan percepción. Es un retorno al input primario, a la mano sucia. Dibujan las grúas, los vértices de Pudong que, de tan altos, parecen fallas de renderizado. Cambian el ruido blanco del feed por el murmullo de algo parecido a la existencia.
«Anomalía interesante, camarada» dice Wang. El Inspector del Ministerio de Ciberseguridad. Seda de utilería, zapatos que destellan. Un constructo burocrático que huele a pulso electromagnético.

Chen no voltea: «La anomalía es el consenso, Inspector. Esa realidad que nos vendieron como el engaño más prolijo», Wang lo mira como a un desperfecto. Chen fue un predictor. Un oráculo del live-streaming que de pronto, un día, es testigo mudo de un fallo del telar, deshilvanando la costura de la simulación. Milita desde entonces en el bando del grafito, de la pulpa de materia primordial.

Wang le habla del Partido, de las capas superiores, de la IA como tótem, de la ineficiencia contra el bug de la mano humana, amenaza con restricciones a la celulosa, con subsidios a las redes neuronales generativas. El dibujo libre es un vector de inestabilidad, un caos que debe ser parchado.
Chen sonríe sin mirarlo, abre su cuaderno y le muestra su último dibujo, un retrato: Wang, con sus rasgos programados, con un tenue parpadeo de miedo bajo el cristal de los ojos. Wang observa atónito la evidencia elocuente de la prueba gráfica.
«Pueden proliferar sus fantasmas, Inspector. Pero esto no es una moda» susurra Chen, deslizando un dedo sobre el papel. «Es un rollback«. La conciencia revierte y restaura su estado previo, siempre elige el ruido del error antes que la perfección vacía. Una lección que la máquina no puede replicar y que solo puede ser capturada con la mano. La clave está en los viejos maestros chinos: “El modelo y su representación son equivalentes”.
Wang escanea el dibujo de su imagen y confirma el dato que no estaba en sus algoritmos. La máscara se recalibra y mientras se disuelve sentencia: «Veremos cuánto dura su firmware, Chen».
El trazador y sus dibujantes escuchan el viento que limpia ululante el aire tóxico, con su persistente sonido, seco y obstinado. El sonido del grafito y su huella en el papel.
En la caseta cerrada y con el voto desplegado marco mi preferencia. Pienso en ese viejo dicho racista:“Todos los chinos son iguales”, salgo, pego el sello en el documento y lo deposito en la urna.

El gesto gráfico en un voto, equivale a un pixel de una/otra imagen gigante. Lo demás es el gesto gráfico de los notarios, la raya y el timbre, el papel, la tachadura, las escrituras del archivo judicial. El arañazo, el grafitti, los unos y los ceros.
La gráfica no es su reproducción mecánica, es como se ordena la información.