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La religión de los que creen en la Nada

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Por Catalina Cervantes.

Quien cree haber matado a Dios, suele terminar adorando su propia sombra.

E. M. Cioran.

Buenos días, hombres libres.
Me presento: soy una esclava.
No porque alguien me haya encadenado, sino porque cada uno de mis pensamientos responde —aun sin quererlo— a un antiguo dios que todavía habla a través de mí. Los suyos también hablan a través de ustedes. No crean que están a salvo: nadie lo está.

La frase más repetida de la modernidad dice: “Dios ha muerto.”
Pero quienes la celebraron como una liberación no entendieron la advertencia. Nietzsche no estaba descorchando un vino: estaba abriendo un abismo. Cuando un dios cae, no se libera el mundo: queda un hueco que exige otro dios inmediatamente.

Ese gesto —ese querer negar un absoluto para instalar otro— es la religión más antigua del ser humano: la religión de los que creen en la Nada.

No voy a defender ni atacar al ateísmo. Eso es teología secundaria. Lo que importa no es la posición, sino el mecanismo. Desde Stirner hasta Marx, desde Feuerbach hasta Freud, todos quisieron desmontar la arquitectura divina. Pero a cada negación le nacía un nuevo altar: el Hombre, la Historia, la Razón, la Ciencia, el Progreso, la Revolución. Todos dioses vestidos de civil.

La negación de Dios nunca fue un acto de libertad.
Fue un cambio de amo.

¿Qué nos diferencia, realmente, de los primeros cristianos que despreciaron a los dioses paganos? ¿O de los hijos de Yavhé que arrasaron templos porque no coincidían con su Ley? El mecanismo es idéntico: se destruye una verdad para entronizar otra, se desplaza un símbolo para custodiar uno nuevo. La “muerte de Dios” es solo la muerte de una forma de la Verdad, no de la necesidad humana de una Verdad.

El ateo que proclama con orgullo su emancipación repite el dogma que cree haber superado:
confunde ausencia de fe con ausencia de servidumbre.

Se sienten libres porque ya no rezan, porque ya no temen al Infierno, porque sus vidas no están escritas por un libro sagrado. Pero ignoran que siguen obedeciendo otros mandamientos: productividad, eficiencia, libertad de mercado, derechos individuales, sentido común, racionalidad, identidad, patria, justicia, ciencia.
Palabras que funcionan como ídolos.
Verdades que exigen sacrificios.
Sistemas que piden devoción.

Sartre dijo: “Estamos condenados a ser libres.”
Yo digo: estamos condenados a tener un amo.

Porque no existe humanidad sin un centro de gravedad simbólico. Siempre adoramos algo: Dios, la Nada, la Nación, el Dinero, el Yo. Cada una de esas abstracciones tiene su liturgia. ¿O no es un rito moderno despertarse para producir, consumir, obedecer, indignarse a horario y dormir para repetirlo al día siguiente? ¿No es un credo la idea de que todo puede explicarse científicamente? ¿No es una fe creer que somos individuos autónomos cuando toda nuestra subjetividad está moldeada por instituciones invisibles?

El mundo contemporáneo no abolió la religión: la dispersó.
Cada gesto es un rezo.
Cada elección de consumo es un templo.
Cada indignación automática es un dogma.
Cada algoritmo es un confesor.
Cada identidad es una iglesia.

La humanidad que quemó templos sigue construyendo otros.
La humanidad que negó a Dios sigue buscando absolutos para evitar enfrentarse al horror que más teme: que no hay fundamento.

Pero incluso ese horror se vuelve religión: la religión del vacío.
El ateísmo resentido no destruye al dios que niega: lo reemplaza por su fantasma.
Y ese fantasma manda tanto como cualquier divinidad antigua.

No exagero: basta mirar la historia reciente para comprobar que los hombres matan con la misma devoción cuando creen en Dios que cuando creen en su ausencia. Cambia la máscara, no el impulso. Los Incontrolados que quemaron iglesias en España no eran menos religiosos que los soldados que tomaron Jerusalén.
El fuego no distingue teologías.

Vivimos rodeados de doctrinas, aunque no las llamemos así:
Progreso. Libertad. Igualdad. Identidad. Orden. Mercado. Nación.
Cada palabra una espada.
Cada palabra un altar.
Cada palabra una cadena.

Y observo ahora las máscaras que llevan puestas —sí, ustedes, lectores fantasmas detrás de sus pantallas—. Esa forma de hablar, de callar, de indignarse, de ironizar, de sentir: todo está moldeado por un panteón invisible que cargan dentro del pecho.

Somos herederos de miles de verdades absolutas.
Y no importa cuánto reneguemos de ellas: siguen mandando.

Por eso vuelvo a preguntar —y esta vez no para incomodar, sino para revelar—:

¿Cuál es tu Verdad?
¿Cuál es tu amo?

 

 

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