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La era del vacío y la sociedad de la simulación

Publicado el

Por Susana Maidana.

Vivimos en una época en que la realidad ya no se refleja en los espejos, sino en las pantallas.
Jean Baudrillard.

En la entrega anterior analizamos el ocaso de la razón moderna, la crisis del sujeto y el fin de las grandes narrativas que sostenían el proyecto ilustrado. En esta segunda parte abordaremos los rasgos más visibles de la postmodernidad: la sociedad de la simulación y la cotidianidad vacía, donde la experiencia se disuelve en el consumo y la comunicación.

c) La sociedad de la simulación

Gianni Vattimo sostiene que, junto con el fin del colonialismo y del imperialismo, la irrupción de la sociedad de la comunicación fue decisiva para disolver la idea de historia y clausurar la modernidad. Los medios masivos —televisión, cine, prensa— multiplicaron las representaciones del mundo, democratizando la información, pero también alterando profundamente nuestra relación con la realidad.

El propósito inicial de los medios era volver más transparente el mundo. Sin embargo, en la práctica lo volvieron opaco. La realidad se fragmentó en imágenes, relatos y simulacros. El sujeto dejó de ser partícipe para volverse espectador. Como anticipó Baudrillard, vivimos en la “sociedad del simulacro”: un universo de signos que ya no remiten a nada real, sino a otras imágenes.

El reality show es su emblema: una ficción de lo real que sustituye la experiencia viva por su representación. En este nuevo régimen visual, el sujeto se convierte en un receptor vacío, un consumidor de apariencias desarraigado de la experiencia concreta.

El efecto de esta transformación no se limita a la vida cotidiana: alcanza la forma misma del conocimiento. La cultura de la imagen ha desplazado al libro, ha sustituido el análisis por la inmediatez visual. Cuanto mayor es la oferta de información, menor parece nuestra capacidad de elección. La abundancia se convierte en parálisis; la comunicación, en fin en sí misma.

Difícil suerte la del hombre postmoderno —dice Susana—: perseguimos infinitas imágenes que nos atraen y seducen, pero que permanecen lejanas, inalcanzables. La escuela, por su parte, a menudo permanece al margen de esta cultura visual, ajena al nuevo entramado simbólico en el que conviven, con igual fuerza, rasgos modernos y postmodernos.

d) La cotidianidad postmoderna

Gilles Lipovetsky describió a nuestro tiempo como la era del vacío: una cultura cool, descentrada, hedonista, fragmentaria. En contraste con la rigidez disciplinaria de la modernidad, la cultura postmoderna se vuelve flexible, irónica y ambivalente. Es —dice Lipovetsky— “descentrada y heteróclita, materialista y ‘psi’, porno y discreta, consumista y ecologista, espectacular y creativa”. Ya no busca resolver las contradicciones, sino convivir con ellas.

Este cambio implica una segunda revolución individualista. El individuo busca liberarse de toda traba, expresar sus deseos, experimentar el placer inmediato. Vive en un presente continuo, desligado de todo compromiso social o trascendencia. El goce sustituye al sentido, y la comunicación se convierte en un acto sin finalidad más allá de sí misma.

Pero esta personalización tiene dos caras. Por un lado, la libertad de elección frente al mercado, vivido como un gran supermercado simbólico. Por otro, la necesidad de pertenecer, de afirmarse en una identidad. Así proliferan los grupos que buscan reconocimiento y visibilidad: minorías sexuales, étnicas, lingüísticas, culturales. En ambos casos, la lógica del yo domina la escena.

Lipovetsky advierte que esta emancipación aparente puede devenir en un nuevo tipo de vacío: un individualismo sin proyecto, un narcisismo de la comunicación sin contenido. Vivimos —dice— entre la hiperconexión y la desconexión afectiva, entre la libertad de elegir y la imposibilidad de desear algo duradero.

Epílogo

La postmodernidad no es solo un diagnóstico cultural; es una condición existencial. Exige una mirada crítica capaz de discernir entre emancipación y simulacro, entre libertad y banalidad. No se trata de negar la razón, la ciencia o la técnica, sino de pensar sus límites y sus derivas.
Solo así podremos evitar quedar atrapados —como diría Platón— en la caverna de las sombras, confundiendo las imágenes con la verdad.

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