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Manifiesto del aura contemporánea

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Por Juan Menéndez.

La obra de arte sólo es auténtica cuando su presencia se vuelve experiencia.
Relectura libre de Benjamin.

En tiempos digitales, la relación entre arte, tecnología y percepción atraviesa una transformación profunda que obliga a revisar categorías que parecían estables. Entre ellas, el concepto de aura formulado por Walter Benjamin ocupa un lugar central. Su diagnóstico —la pérdida de la “presencia irrepetible” en la época de la reproductibilidad técnica— anticipó con lucidez la masificación de las imágenes y la transformación del vínculo entre obra y espectador. Sin embargo, el panorama actual muestra que aquella pérdida no fue absoluta. Más bien abrió la puerta a una mutación de mayor alcance.

La digitalización generalizada, las instalaciones inmersivas, los NFT y las obras en permanente actualización introducen formas de experiencia que no encajan del todo en el marco benjaminiano original. La reproducibilidad infinita no impide la aparición de momentos singulares. La multiplicación de copias no anula la posibilidad de una experiencia irrepetible. La pérdida del aura, entendida como propiedad fija del objeto material, convive hoy con nuevas formas de presencia que no dependen de la distancia ceremonial ni de la unicidad física, sino del tiempo, la interacción y la contingencia.

Las obras digitales muestran que la singularidad estética puede surgir de la coincidencia entre variables en constante movimiento: el instante de visualización, la actualización del contenido, el entorno técnico que sostiene la obra y la participación del espectador. Una pieza que existe simultáneamente en distintas copias puede generar una experiencia única cuando su aparición se vuelve inseparable de ese contexto preciso. En esa coincidencia situacional emerge el nuevo aura.

La obra Human One de Beeple ejemplifica esta dinámica. Su estructura física —una escultura compuesta por pantallas LED— funciona como soporte, pero no define la obra en su totalidad. Lo decisivo ocurre en la proyección digital interior, que el artista puede modificar de manera remota y continua. Human One no existe como versión final, sino como proceso abierto. Cada actualización desplaza su sentido, cada variación construye un nuevo presente estético. Su aura no está en su materialidad, sino en su capacidad de transformarse y de articular un diálogo permanente con el tiempo que la rodea.

Esta condición obliga a repensar la autenticidad. En el régimen digital, lo auténtico no se mide por la estabilidad de la forma, sino por la coherencia del proceso: quién modifica la obra, desde qué intención, con qué criterios y bajo qué condiciones técnicas. La transparencia del código, la legitimidad de la actualización y la consistencia del vínculo entre obra y espectador se vuelven dimensiones fundamentales. La autenticidad contemporánea no se protege en la permanencia, sino en la integridad del devenir.

Del mismo modo, el papel del espectador adquiere una relevancia inédita. En muchas experiencias digitales, la presencia del público no sólo afecta la interpretación de la obra, sino también su funcionamiento. Su desplazamiento, su gesto, su interacción con sensores o plataformas altera la aparición de la pieza. La mirada ya no es un acto contemplativo, sino parte constitutiva del fenómeno estético. El aura se vuelve relacional: surge en la interacción, no en el aislamiento.

Lejos de oponerse a Benjamin, esta perspectiva prolonga su preocupación por la dimensión política del arte. Las nuevas formas de aura no existen en un vacío inocente. Dependen de infraestructuras técnicas, de plataformas privadas, de algoritmos que filtran, ordenan y administran la aparición de las imágenes. La pregunta por el aura digital también es una pregunta por sus condiciones de posibilidad: quién controla el flujo, qué datos alimentan las obras, qué modelos económicos regulan su circulación y qué desigualdades pueden reproducirse en ese proceso.

Por eso, comprender el aura contemporánea exige una doble mirada. Por un lado, reconocer su potencia estética: la capacidad de generar experiencias singulares en un entorno saturado de imágenes. Por otro, atender a sus implicancias políticas y sociales: la necesidad de criterios críticos que permitan evaluar la transparencia, el acceso y la equidad en la producción y distribución del arte digital.

El aura ya no es una propiedad estable. Es un modo de aparición. Una forma de presencia que se construye en el cruce entre tecnología, tiempo y sensibilidad. No regresa como reliquia, sino como fenómeno. No se conserva: acontece. Su fuerza no reside en su distancia, sino en su capacidad de crear un instante significativo en medio de un flujo constante.

Pensar el aura en el siglo XXI implica aceptar que la obra de arte no es un objeto concluido, sino una forma de relación. Que la singularidad no está en la rareza del material, sino en la densidad del momento. Y que lo irrepetible, más que una condición perdida, es una posibilidad renovada, aunque frágil, en la era digital.

El desafío es sostener esa posibilidad sin perder de vista lo que la hace vulnerable. El aura contemporánea aparece y desaparece con rapidez. Su existencia depende tanto de la apertura estética como de la vigilancia crítica. Comprenderla no es sólo una tarea teórica: es una forma de aprender a mirar de nuevo en un mundo donde la imagen nunca deja de transformarse.

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