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La corrupción de lo bello

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Por Antonella C. Albornoz.

La obra de arte no debe de ser la belleza en sí misma, o está muerta; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura. Una obra de arte jamás es bella, por decreto, objetivamente, para todos.

Tristan Tzara.

Durante mucho tiempo, lo bello fue pensado como armonía, proporción, equilibrio. Un ideal al que el arte debía aspirar y frente al cual el espectador podía reconocerse sin conflicto. Sin embargo, el siglo XX marcó una ruptura profunda con esa concepción. Las vanguardias no solo cuestionaron las formas tradicionales del arte, sino también la idea misma de belleza que las sostenía. En un mundo atravesado por la guerra, la razón instrumental y el derrumbe de las promesas de progreso, lo bello dejó de ser un refugio para convertirse en un problema.

El dadaísmo aparece en ese contexto como una respuesta radical. No propone una nueva estética, sino una antiestética. No busca reemplazar un canon por otro, sino dinamitar la idea de canon. Frente a un mundo que había demostrado su capacidad de destruirse a sí mismo con una racionalidad impecable, el arte ya no podía seguir ofreciendo consuelo. Tenía que incomodar, desordenar, irritar. Tenía que volverse incómodo.

Max Ernst encarna con claridad esa ruptura. Su obra no busca agradar ni tranquilizar al espectador. Por el contrario, introduce lo absurdo, lo grotesco, lo inquietante. A través del collage, de la fragmentación y de imágenes que parecen surgir del sueño o del inconsciente, Ernst desmantela la belleza burguesa asociada al placer visual inmediato. En lugar de ofrecer armonía, propone tensión. En lugar de orden, ambigüedad. Lo bello, en su trabajo, no es un valor estable ni una experiencia apacible, sino un territorio inestable donde las certezas se resquebrajan.

Las figuras fragmentadas, los cuerpos híbridos, las escenas imposibles no buscan ser descifradas rápidamente. Exigen tiempo, distancia, incomodidad. Obligan al espectador a abandonar la expectativa de reconocimiento inmediato. En ese gesto, Ernst rompe con una relación pasiva frente a la obra y propone otra forma de experiencia estética, una que no tranquiliza, sino que inquieta.

Esta concepción resulta especialmente potente si se la pone en diálogo con las reflexiones contemporáneas de Byung-Chul Han. En La salvación de lo bello, el filósofo advierte que hoy la belleza se ha transformado en una experiencia lisa, sin asperezas, desprovista de negatividad. Todo debe ser pulido, funcional, agradable. La belleza se reduce a aquello que no incomoda, que no hiere, que no exige tiempo ni distancia. En este proceso, pierde su potencia crítica y se vuelve perfectamente integrable al sistema.

Lo que antes incomodaba hoy se suaviza. Lo que antes desafiaba hoy se vuelve estilo. Incluso las rupturas terminan siendo absorbidas, estetizadas y convertidas en mercancía. La negatividad —esa capacidad de la obra de interrumpir, de herir la percepción— es expulsada. En su lugar queda una belleza domesticada, diseñada para circular sin fricción.

La belleza actual, saturada de imágenes y optimizada para el consumo, ya no interpela al sujeto, sino que lo confirma. No hay choque ni extrañeza, solo agrado. Lo bello se vuelve una superficie que refleja expectativas sociales y las refuerza. Aquello que no encaja —lo feo, lo disonante, lo grotesco— queda fuera del campo de lo visible. No porque no exista, sino porque resulta incómodo.

En este punto, la belleza deja de ser una experiencia para convertirse en una norma. Un mandato silencioso que ordena los cuerpos, las imágenes y las sensibilidades. Lo bello ya no libera: disciplina. No confronta: regula. Y en esa regulación, se vuelve funcional a formas de poder que prefieren el consenso a la reflexión, la positividad al conflicto.

Frente a esta estetización domesticada, el dadaísmo aparece como una forma de resistencia. En las obras de Max Ernst, la belleza no se presenta como algo dado ni como un ideal a alcanzar, sino como algo que se quiebra, se desarma, se vuelve inestable. No hay identificación inmediata, sino desconcierto. Y en ese desconcierto, una posibilidad crítica que se resiste a ser neutralizada.

Lo que Ernst pone en juego no es solo una transformación estética, sino también una toma de posición ética y política. Al ridiculizar los valores estéticos burgueses y cuestionar las instituciones que los legitiman, su obra revela cómo lo bello puede ser utilizado como instrumento de control. Cuando la belleza se vuelve norma, cuando se impone como consenso, deja de abrir mundos y comienza a cerrarlos.

Volver sobre su trabajo permite recuperar otra idea de lo bello. Una belleza que no promete confort, sino interrogación. Que no tranquiliza, sino que confronta. Que no se agota en la forma ni en el agrado, sino que abre una fisura en la percepción y obliga a mirar de nuevo.

Tal vez hoy la pregunta por lo bello no deba buscar una definición estable ni una respuesta definitiva. Tal vez deba mantenerse abierta, incómoda, en tensión. Lo bello no como ideal a contemplar pasivamente, sino como experiencia que desarma certezas y resiste ser consumida sin resto. Porque cuando lo bello deja de incomodar, cuando se vuelve perfectamente soportable, corre el riesgo de convertirse en una forma más —y quizás una de las más eficaces— de obediencia.

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