Por Sonia Edith Briceño.
Hay lugares donde la educación se vuelve más que un derecho: se vuelve una esperanza. Lugares donde aprender no está garantizado, donde enseñar supone un desafío diario, y donde la palabra, en vez de flotar con naturalidad, debe abrirse paso entre ruidos, silencios y desconfianzas. Esos lugares son las cárceles.
Y en ellos, educar no es solo transmitir conocimiento: es afirmar humanidad donde el sistema prefiere no mirar.
La cárcel es, antes que nada, un dispositivo. Michel Foucault mostró que no se limita a encerrar cuerpos: los ordena, los clasifica, los disciplina. La prisión es una máquina de producir anonimato: números en lugar de nombres, expedientes en lugar de historias. En ese contexto, hablar de educación parece casi un exceso, un gesto improbable. Pero justamente por eso es necesario. Porque cuando la identidad se reduce a un código, la educación restituye un rostro.
Las aulas en contextos de encierro son pequeñas, frágiles y, sin embargo, poderosas. Funcionan bajo condiciones que ningún docente elegiría: falta de materiales, demoras administrativas, cambios imprevistos de horario, traslados repentinos de estudiantes, restricciones estrictas para el ingreso de libros o cuadernos. A todo eso se suma la sospecha, la mirada social que parece preguntar: “¿Para qué educar ahí?”
Esa pregunta revela más sobre la sociedad que sobre las cárceles. Revela que hay espacios que preferimos no pensar, no ver, no tocar. Justamente, los espacios donde más urgente es pensar, ver y tocar.
Educar donde nadie mira exige comprender que la igualdad no se declama: se practica. Quienes ingresan a enseñar lo hacen no solo con carpetas y programas, sino con un compromiso silencioso: el de sostener la dignidad del otro incluso en lugares donde esa dignidad parece suspendida. En cada clase, un docente lleva consigo una convicción: que quien está allí merece aprender, merece ser escuchado, merece un futuro distinto al que la prisión le asigna.
Paulo Freire recordaba que la educación es un acto profundamente político: o libera o domestica. En la cárcel, esta tensión se vuelve más visible. Allí donde el sistema apunta al control, la educación habilita reflexión. Allí donde se espera obediencia, aparece la pregunta. Allí donde se impone rutina, surge la posibilidad de imaginar algo diferente. Por eso cada clase es un acto de resistencia: rompe la lógica de la institución e introduce un tiempo nuevo, un ritmo que no responde al castigo sino al encuentro.
Los testimonios que circulan en talleres y cursos dentro de los penales muestran que nadie llega a esas aulas por casualidad. Algunos retoman estudios que habían quedado truncos por situaciones de violencia, pobreza o expulsión social. Otros descubren que pueden escribir, leer en voz alta, pensar críticamente. Otros, simplemente, encuentran un espacio donde por primera vez en mucho tiempo alguien pronuncia su nombre sin asociarlo al delito. Cada uno llega desde una historia distinta, pero todos comparten algo: la necesidad de que alguien mire aquello que la sociedad ha decidido no mirar.
Las obras audiovisuales Atenas, Lluvia de jaulas y Márgenes permiten ingresar a ese mundo desde distintas perspectivas. Atenas muestra la dificultad del “afuera”: no basta con salir del penal para recuperar la libertad. Existen cárceles invisibles que persisten en la mirada social, en las oportunidades negadas, en la ausencia de políticas que acompañen la reinserción. La protagonista del film encuentra que la puerta de la celda es apenas la primera de muchas puertas que deberá enfrentar.
Lluvia de jaulas plantea algo aún más profundo: que el encierro empieza mucho antes del delito. Barrios enteros funcionan como prisiones sin barrotes, donde la desigualdad delimita el movimiento y la pobreza limita la imaginación de futuro. Allí, la cárcel no irrumpe como un castigo, sino como la continuación lógica de una vida marcada por la exclusión.
Cuando la sociedad naturaliza estos encierros previos, el penal aparece como consecuencia más que como excepción.
Márgenes, en cambio, pone en primer plano el valor de la universidad pública y de sus proyectos de extensión. En esos talleres, los estudiantes privados de libertad descubren que el saber no es un lujo reservado para algunos, sino un derecho que interpela a todos. Los ejercicios de escritura, las lecturas compartidas, las discusiones colectivas permiten reconstruir algo que la cárcel tiende a destruir: la pertenencia. La universidad, al entrar en ese espacio, desarma la idea de que existen vidas que no merecen ser pensadas.
Quienes enseñan en contextos de encierro saben que el aula es un territorio inestable. A veces la clase no puede iniciar porque falta personal para abrir el pabellón; a veces un estudiante deja de asistir porque fue trasladado sin previo aviso; a veces un cuaderno queda retenido en el control de ingreso. Pero aun así, la educación acontece. Acontece en la palabra que circula aunque no haya pizarrón; en la pregunta que insiste aunque no haya respuesta inmediata; en la promesa que se renueva cuando alguien dice: “Profe, quiero terminar lo que no pude empezar afuera.”
Esa frase condensa el sentido profundo de educar donde nadie mira. Dentro del penal, la educación no solo modifica trayectorias individuales: altera el modo en que el Estado reconoce a las personas. Los estudiantes que avanzan en sus estudios no están “ocupando el tiempo”: están recuperando un derecho que la sociedad les negó mucho antes de que la justicia los condenara. La educación no borra el delito, pero impide que la vida se reduzca a él.
Quienes defienden el acceso a la educación en las cárceles sostienen una idea fundamental: nadie es la misma persona que era al momento de su delito. La identidad no es estática; la subjetividad cambia, se transforma, se reescribe. La educación ofrece un espacio para esa reescritura. Permite que el sujeto se piense más allá del error, más allá del expediente, más allá de su pasado inmediato.
Por eso educar en contextos de encierro es un acto radical. No porque transforme mágicamente la realidad —ninguna clase puede, por sí sola, revertir un sistema desigual— sino porque introduce una interrupción en la lógica del castigo. Es una forma de afirmar que ninguna vida está definitivamente perdida, que el aprendizaje sigue siendo posible, que la dignidad no prescribe.
Educar donde nadie mira es, finalmente, una forma de mirar de otro modo. Es ver humanidad donde la sociedad ha decidido ver solo peligro. Es apostar por el futuro en un lugar donde el futuro parece una palabra vacía. Es sostener, con convicción y silencio, que ninguna historia está escrita del todo.
Y es, sobre todo, recordar esto:
que aun en los espacios más oscuros, la educación sigue siendo la luz más persistente.
