Por Aníbal D’Auria.
Entrega 3 de 3
Todo liderazgo tiene un instante clandestino: ese momento en que deja de ser obedecido por miedo o por conveniencia y pasa a ser seguido por alivio. Cuando el bote ya no discute, cuando todos aceptan el rumbo sin preguntar, es porque algo esencial se cedió sin que nadie lo notara.
Esta última entrega muestra qué pasa cuando el capitán revelado se vuelve también el verdugo de aquello que lo sostuvo.
VI
En cierto momento están todos dormidos, menos Willy, que sigue remando con seguridad y determinación, y Gus, que alucina de sed. Willy tiene escondida una botella de agua, que saca a propósito para que Gus lo vea y aumentar así su confusión mental. Gus quiere despertar a Stanley para decirle que Willy tiene agua, pero Stanley no le presta atención y sigue durmiendo. Luego Gus se acerca a conversar con Willy, y éste, en un descuido de aquél, lo empuja al océano. Los gritos de Gus ahogándose despiertan al resto. Willy les dice que Gus saltó al mar y que no dio la voz de alerta porque morir era lo mejor para el propio Gus, lisiado y sufriente. Ahí Stanley recuerda que Gus intentaba decirle que Willy tenía agua escondida en su ropa, o algo así. Joe mete la mano en la camisa de Willy y saca una botella de agua que se rompe en el forcejeo. Inmediatamente todos (excepto Joe, que vuelve a ponerse al margen) linchan a Willy, lo arrojan al océano y lo matan a golpes desde el borde del bote. Luego quedan callados, desmoronados y meditabundos hasta que Ritt rompe el silencio:
–Creo que me moriré sin entender jamás a Willy ni lo que hizo. Primero intentó matarnos a todos con sus torpedos. No obstante, nosotros lo rescatamos del mar y lo acogimos a bordo. Compartimos con él todo lo que teníamos. Cualquiera pensaría que debería estarnos agradecido. Pero lo único que hizo fue conspirar contra nosotros. Dejó morir de sed al pobre Gus. ¿Qué hay que hacer con gente como esta? –Ritt hace una breve pausa y parece darse cuenta que vuelven a estar a la deriva y sin rumbo ni objetivos- Quizás alguno de nosotros debería tratar de remar, pero ¿hacia dónde? ¿Y para qué? Cuando asesinamos al alemán también asesinamos a nuestro motor.
–No –interrumpe Joe- Todavía tenemos un motor.
–¿Quién? –pregunta Ritt.
Joe responde con su mirada apuntando al cielo.
–No –dice Ritt- Nosotros ya estamos acabados.
–¿Así que todos vamos a morir acobardados porque se ha ido ese superhombre de pacotilla? –interviene indignada Porter.
Ritt sigue hablando para sí mismo:
–Sólo siento que finalmente me sumé a la chusma.
-No éramos una chusma cuando le matamos –dice Porter- Lo éramos cuando lo seguíamos: prisioneros del hombre que habíamos salvado, arrodillados ante él, casi glorificándole porque mostraba amabilidad y energía suficiente para llevarnos a un campo de concentración. (…) No sólo dejamos que el alemán remara por nosotros. También dejamos que pensara por nosotros.
Es llamativa la transformación, al menos momentánea, de Porter. Después de haber sido la que más contribuyó al ascenso del alemán al liderazgo, y después de haberse lamentado durante toda la película por la pérdida sucesiva de sus pertenencias materiales, ahora, casi al final, se da cuenta de que lo más valioso que perdió (y que perdieron todos) al entregarse a un líder fue su dignidad como persona.
VII
La película no termina ahí. Pero no hablaré de los últimos diez minutos del film para no privar al lector que aún no la haya visto del placer de disfrutarla por primera vez.
Sólo quiero insistir por último en lo que dije al principio. Más allá de la intención expresa de Hitchcock, podemos hacer una lectura más radical y profunda de su film. No se requiere mucho esfuerzo. Donde aparece Willy, el alemán, no veamos sólo al nazismo o al totalitarismo; veamos más bien en esa figura a todo líder político, a todo gobernante. De este modo, Lifeboat puede interpretarse como una gran alegoría de la libertad y la igualdad, más allá de cualquier régimen de gobierno, incluído el de la democracia representativa.
Cierre de la entrega III
El bote sigue a la deriva, pero el peligro ya no es el mar.
Hitchcock nunca filmó una teoría política, pero dejó una advertencia perfecta:
no hace falta un régimen totalitario para que alguien dirija nuestras vidas; alcanza con el cansancio, la comodidad y la ilusión de que otro sabrá qué hacer.
Los náufragos matan al líder demasiado tarde porque, antes de matarlo, tuvieron que admitir algo más incómodo:
que lo necesitaban.
Quizás esa sea la verdadera lectura de Lifeboat:
en política, el naufragio no empieza cuando aparece un líder, sino cuando dejamos de remar por nuestra cuenta.
