Por Nicolás Salvi.
Durante mucho tiempo el rock argentino se pensó a sí mismo con una cronología bastante precisa. Una historia de bandas y discos, con un panteón de figuras que funcionaron como medida de todas las cosas. Spinetta, Charly, Fito, Calamaro y Cerati. Cinco nombres, cinco ruludos, cinco modos distintos de ejercer una autoridad musical que excedía largamente lo sonoro. En torno a ellos se organizó una idea de autor, genio y obra. El rock nacional construyó ahí su centro simbólico y lo sostuvo durante décadas.
Ese canon fue estético, escénico y cultural. El cuerpo del rock argentino mainstream tuvo durante mucho tiempo forma, gestualidad y manera masculina de habitar el escenario, el exceso, la fragilidad y el mando. Las mujeres circularon por otros espacios: el pop, la canción melódica, la escena alternativa o el margen virtuoso. El centro del relato permaneció ocupado por varones que buscaban solo ser coreados.
En este paisaje, la aparición de Marilina Bertoldi introduce una modificación profunda, sin quejas ni proclamaciones. Una mujer con rulos ocupa un lugar de autoridad plena dentro del rock argentino. No como corrección histórica ni como ademán simbólico, sino como resultado de una obra consistente. Marilina llega aquí por puro trabajo y talento.
Mi relación con la música de Marilina Bertoldi no empezó de manera directa ni evidente. Llegué a ella por desvíos. Escenas que en su momento parecían laterales y que solo con los años revelaron su densidad.
En mi adolescencia, ya instalado en Termas de Río Hondo tras una mudanza desde Las Grutas, tenía dieciséis o diecisiete años, pocos amigos del lugar y una búsqueda todavía imprecisa de espacio propio. La música apareció entonces como un idioma común, capaz de habilitar vínculos y ordenar esa experiencia.
Allí conocí al dúo cordobés La Manga, integrado por Carlos Pischetola y Cintia del Río. Ellos trabajaban tocando en hoteles, hacían covers de clásicos folklore, tango y música del recuerdo con una solvencia poco habitual. Él un virtuoso guitarrista, ella además de hábil con la guitarra, una cantante precisa y expresiva.
Después de los shows a los que asistía, venían las horas largas de escucha compartida. A veces en el bar Avenida, con el ritual del whisky de los viernes; otras, encerrados hasta la madrugada, pasándonos discos y temas como quien intercambia claves de acceso a otros mundos. Yo les mostraba lo que escuchaba obsesivamente; ellos me abrían la puerta a una escena que hasta entonces me era ajena.
A través de esas escuchas empecé a conocer la escena cordobesa de rock, que ya en esos años funcionaba como un polo creativo con identidad propia. Bandas como Tórax, la potente figura de Titi Rivarola, y un núcleo de músicos del que luego surgiría la ya legendaria Eruca Sativa, aparecían como referencias constantes.
Córdoba empezó a revelarse para mí como un centro productivo con racionalidad propia, con un rock que no estaba pendiente de la validación porteña y que construía su propio ritmo. En ese momento apareció por primera vez el apellido Bertoldi, ligado a Lula, guitarrista y cantante de Eruca Sativa, una figura medular de ese movimiento. Durante años ese nombre quedó ahí, como una referencia persistente, hasta que más tarde descubrí que su hermana, Marilina Bertoldi, también estaba haciendo música. Cuando finalmente llegué a su obra (primero con Connor Questa y luego como solista), ese recorrido previo adquirió una dimensión cronológica y vital. Marilina estaba más cerca de mi edad, mis tiempos y ciertas experiencias compartidas de época.
Esa cercanía, por supuesto, es siempre relativa. Hay músicas de generaciones anteriores que siguen diciendo cosas decisivas (La máquina de hacer pájaros puede hablarme hoy con más intensidad que buena parte de autores contemporáneos). Pero existe algo específico en ser coetáneos. Quiero decir, una sensibilidad común, un modo de procesar el presente, una relación parecida con el desgaste, el trabajo y la expectativa. En ese cruce entre escenas regionales y proximidades temporales, la obra de Marilina empezó a ordenarse para mí como parte de una constelación más amplia.
Santa Fe, Córdoba, circuitos alternativos, trayectorias que no pasaron necesariamente por el centro del relato nacional. Esa geografía importa. El rock nacional siempre se nutrió de esos movimientos laterales, de escenas que crecieron con autonomía y magnitud propia. Lo que hace que digamos rock argentino y no porteño. Marilina pertenece a esa tradición viva, incluso cuando su música circula hoy por espacios más amplios y visibles.
Su discografía confirma esa pertenencia desde un lugar singular. Cada disco establece un mundo propio, con un clima específico y una arquitectura interna clara. El peso del aire suspirado y La presencia de las personas que se van fundan una primera etapa marcada por la intimidad, la voz al frente y una sensibilidad todavía en formación. Sexo con modelos inaugura un giro decisivo, abre el recorrido y afirma una búsqueda más ambiciosa en términos sonoros. Prender un fuego consolida esa identidad y la proyecta a una visibilidad pública mayor. Mojigata ahonda en la experimentación y el trabajo minucioso sobre la forma. Finalmente, Para quién trabajás, Vol. I articula de manera directa una reflexión sobre el presente, el desgaste, la productividad y el cuerpo sometido a exigencias constantes. El conjunto de su carrera solista funciona como una serie de reconfiguraciones sostenidas por un método que resulta triunfante.
Esa forma de trabajar dialoga con una idea del rock argentino como espacio de experimentación formal. El rock, en su versión más fértil, nunca se definió solo por un sonido reconocible. Se concretó por una relación exigente con la forma, la capacidad de sostener tensión, ambigüedad y densidad sin necesidad de explicación. En ese sentido, la obra de Marilina se inscribe con naturalidad en esa tradición.
Su música presenta variaciones claras según las etapas de su obra, pero se sustenta en una lógica reconocible. A lo largo de los discos cambian los climas, las texturas y las superficies; empero, se mantiene una forma de construcción. Trabaja con atmosferas únicas, estructuras capaces de alojar incomodidad, y una producción sonora cuidadísima.
El trabajo en estudio forma parte de la decisión compositiva. Su voz se integra al entramado instrumental con conciencia de su peso expresivo. La guitarra organiza el espacio sonoro y marca dirección, estableciendo un pulso de belleza eléctrica; las líneas de bajo fijan un peso concreto y físico; la percusión administra cortes y acumulaciones; las máquinas introducen una temporalidad que desajusta lo orgánico y lo vuelve inestable. La voz no flota por encima del conjunto ni se confiesa, sino que se incrusta, tensa y mide con ese sistema. De ese trabajo emerge una música que ejerce control sobre el clima sin fijarlo nunca de una vez y para siempre.
En el escenario, ese proceso de construcción es experiencia colectiva. Los conciertos de Marilina convocan a un público amplio, diverso y que resiste en el tiempo. Hay escucha, expectativa, respuesta y fiesta. Las canciones se expanden en vivo, ganan cuerpo, modifican arreglos y crean nuevos momentos. Los shows otorgan volumen, insistencia y presencia física. Esa retroalimentación entre estudio y vivo explica la fidelidad de quienes la siguen y la potencia de una convocatoria que crece sin perder cohesión.
Pero más allá de lo sonoro, hay en Marilina una forma de autoridad que remite a lo mejor del rock argentino. Una autoridad que no se proclama, no se explica, ni se apoya en el gesto grandilocuente. Se construye a partir de la consistencia interna de la obra. Ese rasgo la emparenta con las grandes figuras del canon nacional, incluso cuando su música se desvíe para bien hacia territorios que ya no responden a las etiquetas clásicas.
Ahí aparece una de las claves más interesantes de su lugar actual. Marilina encarna lo mejor del rock argentino sin quedar fijada a una definición estrecha de rock. Esa tensión deja de ser un problema cuando se entiende que el rock, en su sentido más visceral, es una práctica abierta, una manera de asumir riesgo y una ética de trabajo. En ese plano, su obra resulta indiscutiblemente rockera.
Su presencia también transforma el imaginario del rock en términos de género. No como consigna ni como reivindicación explícita, sino como hecho material. Marilina es una mujer que se reconoce feminista y parte de las luchas LGBTIQ+, y al mismo tiempo ejerce una soberanía musical plena. Ella define el sonido, gobierna la forma y construye una obra magnifica. Ese hecho amplía el horizonte del rock argentino y modifica sus imágenes heredadas. El podio de rulos ya no es exclusivamente masculino. Esa ampliación, indudablemente, dice algo relevante sobre el presente.
A su imponente autoridad se le suma un manejo sostenido de humor e ironía que atraviesa toda su figura pública. Aparece en las letras y entrevistas, así como en la forma de presentarse y de narrarse. Su humor desarma solemnidades y expone absurdos que abundan en la vida. Su ironía le permite formar parte del mismo sistema que organiza su música y su presencia. Edifica una manera de ejercer autoridad sin impostación.
Pensar a Marilina Bertoldi como una de las grandes artistas de nuestra generación exige precisar el criterio. No me refiero a una representación ni un liderazgo simbólico. Pienso en el impacto estructural. Su obra eleva el umbral de exigencia. Obliga a escuchar con más atención. Reorganiza el campo. Luego de recorrer su discografía, muchas producciones contemporáneas aparecen livianas, apuradas y previsibles. El contraste no se explica por falta de talento ajeno, sino por la curada articulación de su gran trabajo.
Ese efecto constituye uno de los indicadores más claros de una faena relevante. Las figuras decisivas modifican las condiciones del juego. Cambian los criterios de evaluación. Alteran la conversación sin necesidad de anunciarlo. Por esto, la importancia de Marilina Bertoldi en el rock argentino ya está en funcionamiento.
Mi llegada a Marilina, atravesada por recuerdos de adolescencia, por escenas cordobesas y santafesinas imaginadas desde el NOA y por noches de música compartida, adquiere sentido ahora como reconocimiento. Su obra ordena una constelación previa y la vuelve audible. Marilina Bertoldi reordena una época. Eleva la vara, cambia la escucha e instala un método de construcción que persiste a través de sus reconfiguraciones.
Durante décadas el rock argentino se miró en un podio de rulos masculinos y figuras consagradas. After chabones, hoy ese espejo devuelve otra imagen. Marilina ocupa el centro con una autoridad construida en discos, decisiones y trabajo. Su presencia amplía el canon y reaviva la tradición. Me animo a afirmar que la gran ruluda del rock argentino deja una marca que seguirá operando durante mucho tiempo y ya es hito en la historia de nuestra música.
