Por Gonzalo Villa Max.
No hay nada más profundo que la piel.
Paul Valéry.
La ropa no es solo lo que usamos. Es una capa entre el cuerpo y el mundo. Antes de ser tendencia, estilo o consumo, la ropa funciona como un escudo: nos protege, nos expone, nos permite elegir qué mostrar y qué resguardar. Vestirse es una manera de habitar el propio cuerpo en relación con los demás y con uno mismo. Y por eso, nunca es neutro.
La ropa habla. A veces grita, a veces apenas susurra. Dice quiénes somos, quiénes queremos ser y de qué necesitamos defendernos. Funciona como escudo y como bandera: nos permite pertenecer, diferenciarnos, resistir o pasar desapercibidos. En ocasiones, un gesto mínimo alcanza. Un pañuelo verde o un pañuelo celeste pueden decir más que una colección entera. No es la prenda en sí, sino el sentido que le damos, el contexto en el que aparece y la decisión de llevarla.
A lo largo de la historia, la ropa fue utilizada para ordenar, disciplinar y diferenciar. Los uniformes son escudos impuestos, protegen a quien los porta, pero también lo encuadran, lo vuelven legible, controlable. Al mismo tiempo, muchas formas de vestir surgieron como defensa frente a la exclusión, el rechazo o la violencia. Vestirse distinto fue, muchas veces, una manera de resistir. La moda registra los conflictos de su tiempo, incluso cuando intenta negarlos o volverlos invisibles.
En lo cotidiano, la ropa sigue cumpliendo ese rol. Elegimos qué ponernos para sentirnos más fuertes, más seguros, más visibles o más invisibles. A veces para afirmarnos; otras, para protegernos. Incluso cuando creemos que la ropa no nos importa, eso también es una declaración, el desinterés es una forma de tomar distancia frente a ciertas normas, expectativas y miradas sociales.
No elegir también es elegir. Decidir que la ropa no importa no nos deja afuera del sistema, nos deja adentro sin hacernos cargo. La neutralidad, en este sentido, no existe; solo existen decisiones asumidas y decisiones delegadas.
Pensar la ropa como escudo es, también, asumir que no todas las decisiones son inocentes. Elegir qué consumir, a quién comprarle, qué materiales usar o rechazar, qué cuerpos mostrar o invisibilizar, construye sentido. Cada sistema de moda —industrial, corporativo o independiente— viste una idea de mundo y propone una forma de vincularnos.
Desde mi lugar, entender esta dimensión implica mirar más allá de la imagen final. La artesanía, el tiempo, la mano, el proceso, el cruce con otras disciplinas del diseño y hasta el error también comunican. No son detalles, forman parte del mensaje. Una prenda pensada, cuidada y sostenida en el tiempo no solo cubre el cuerpo; también lo acompaña y lo protege simbólicamente.
Hay, además, un escudo en el tiempo. En usar una prenda muchas veces, en repararla, en no descartarla apenas deja de ser nueva. Cuidar lo que vestimos es una forma de cuidado más amplia: del trabajo, de los recursos y de los vínculos que existen detrás de cada objeto. Frente a la velocidad y al descarte, la permanencia también es una toma de posición.
La ropa construye identidad, visibilidad y pertenencia. Define quién entra y quién queda afuera. Por eso no es solo estética. Es cultura, economía, ideología y poder. Y cuando hablamos de cómo nos vestimos, en el fondo, estamos hablando de nosotros mismos, de cómo nos pensamos como individuos y de la sociedad que estamos construyendo.
Vestirse es un gesto cotidiano, pero no menor. En cada elección hay una forma de defensa, una afirmación y una manera de estar en el mundo. Por eso, vestirse nunca es neutro.
