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El negocio más grande del mundo contemporáneo

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Por María José Mazzocato. 

La violencia es el último refugio de la incompetencia moral.

Albert Camus.

Tenía cuatro años cuando vi por primera vez el terror en tiempo real. No era una película ni una serie. Era la televisión abierta, el silencio espeso en la casa y dos torres cayendo en Nueva York. El 11 de septiembre de 2001 no fue solo un atentado, fue una demostración más brutal de hasta dónde puede llegar el odio organizado. No hubo épica, no hubo causa noble, no hubo explicación posible. Solo muerte. Solo miedo. Solo terrorismo.

Y quiero decirlo con absoluta claridad desde el inicio: el terrorismo no tiene justificación alguna. Ninguna causa, religión, ideología o reclamo político legitima el asesinato deliberado de civiles. El terrorismo es una forma de violencia extrema, cobarde y criminal. Punto.

Dicho esto, hay algo que el mundo contemporáneo hace mal desde hace más de dos décadas, convertir al terrorismo en un producto. En una narrativa rentable. En una excusa útil. En el negocio más grande de nuestro tiempo.

Desde aquel 11 de septiembre, el terrorismo pasó a ser el eje alrededor del cual se reordenó el sistema internacional. Guerras, presupuestos de defensa infinitos, estados de excepción permanentes, vigilancia masiva, discursos securitistas y una idea profundamente peligrosa, que el terrorismo tiene un solo rostro, una sola religión y una sola geografía. Terrorismo islámico. Nada más. Nada menos.

Esa simplificación no solo es intelectualmente pobre, es políticamente irresponsable de partes de absolutamente todos.

Porque el terrorismo no es una religión. No es una cultura. No es una identidad colectiva. Es una estrategia de violencia utilizada por actores radicalizados para imponer miedo y desestabilización. Y la historia es contundente al respecto, hubo terrorismo de extrema izquierda, de extrema derecha, nacionalista, étnico, racista, supremacista, religioso y también terrorismo ejercido desde estructuras estatales. Negarlo no combate el terrorismo; lo distorsiona.

El problema de reducir todo a una sola etiqueta es doble. Por un lado, estigmatiza a comunidades enteras titulandolas de terroristas, dejandolas como principales víctimas del terrorismo. Por otro, invisibiliza otras amenazas reales que hoy crecen en silencio, como el terrorismo de extrema derecha, los atentados racistas, la violencia política organizada en nombre de la “defensa de Occidente”.

Mientras discutimos siempre al mismo enemigo, otros se fortalecen.

El terrorismo se volvió un negocio porque genera rédito político inmediato. El miedo ordena. El miedo disciplina. El miedo legitima decisiones que en otro contexto serían inaceptables. Se gobierna mejor desde el pánico que desde la reflexión. Y así, la agenda pública se llena de slogans, no de soluciones.

Pero que nadie confunda esta crítica, entender no es justificar, jamás se debería justificar actos de violencia indiscriminadamente a civiles, a víctimas de un mundo infranacional que los oprime. Analizar no es excusar. Explicar no es perdonar. Condenar el terrorismo implica también combatir las narrativas falsas que lo rodean y que terminan siendo funcionales a su reproducción, como comunicadores, periodistas o académicos que reducen el acto, reducen la noticia, la demonizan y se olvidan que de la verdad. ¿Por qué?  Por qué le es redituable para vender fake news.

Criticamos – con razón- la ausencia del Estado cuando ocurre un atentado. Pero rara vez nos preguntamos cómo construir Estados coherentes, presentes, legítimos, capaces de prevenir sin caer en la paranoia, de proteger sin perseguir, de garantizar seguridad sin romper el contrato social. No se trata de suavizar la respuesta, se trata de hacerla eficaz y ética al mismo tiempo.

El terrorismo no se derrota solo con armas. Se derrota con inteligencia, cooperación internacional, políticas públicas consistentes y una narrativa que no caiga en el facilismo del enemigo único. Cada vez que simplificamos, perdemos capacidad de respuesta. Cada vez que estigmatizamos, fortalecemos el resentimiento. Cada vez que convertimos el terror en espectáculo, le damos exactamente lo que busca.

A mis cuatro años vi caer torres. Hoy, como internacionalista, veo caer discursos. Veo cómo el mundo sigue repitiendo los mismos errores, creyendo que nombrar al enemigo alcanza. No alcanza. Nunca alcanzó.

El terrorismo debe ser combatido con firmeza absoluta y sin concesiones. Pero también con responsabilidad intelectual. Porque cuando el miedo se transforma en negocio, cuando la violencia se convierte en relato rentable, el terrorismo no solo mata personas: corroe democracias.

El terrorismo es inaceptable en todas sus formas. Combatirlo de verdad exige algo más que consignas: exige pensamiento crítico, memoria histórica y Estados que no gobiernen desde el miedo, sino desde la coherencia.

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