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Cambiar para que nada cambie, el bucle del día de la marmota

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Por Nadima Pecci.

Hace unos días presentamos, junto con la Fundación Federalismo y Libertad y Patricia Bullrich, el libro El acople tucumano. Ingeniería electoral de la vieja política. En ese momento todavía estaba abierta una pequeña posibilidad de que algunos puntos de la necesaria reforma política que les prometieron a los tucumanos se discutieran en la Legislatura.

Hoy sabemos que eso no va a ocurrir. Atrás quedaron la incitación a eliminarlos de la Constitución —o por lo menos a limitarlos seriamente—, la promesa de implementación de la BUE (Boleta Única Electrónica), la ficha limpia, etcétera.

A esta altura no deberíamos sorprendernos. Podría escribir otro libro con las promesas incumplidas del gobierno provincial (transparencia, ética pública, acceso a la información pública, etcétera), y otro más con las puestas en escena de las reformas que fueron y no fueron, con los espejismos de supuestos cambios para que nada cambie.

De la ley de lemas al acople

Cuando se impulsó la reforma de la Constitución actual, las ansias de atornillarse en el poder de Alperovich fueron camufladas por la necesidad de eliminar de la Constitución el sistema de lemas, que permitía que distintas listas de un mismo partido sumaran votos para cargos legislativos y que había sido incorporado en la Constitución de 1990. Por eso, la ley que declara la necesidad de la reforma (ley 7469) disponía expresamente la prohibición del sistema de “doble voto simultáneo y acumulativo” (lemas).

Pero claro, esto ponía en un brete al oficialismo —como ahora—, al que este sistema beneficiaba ampliamente, porque era solo la esclusa para la reelección de Alperovich, prohibida en ese momento.

Así se puso en marcha la maquinaria ingenieril del oficialismo e inventaron el “acople” para cambiar la Constitución —y cumplir el deseo reeleccionista del zar—, pero sin cambiar nada. O, mejor dicho, cambiando para peor.

Ficha limpia

Este fue un proceso vergonzante, ya que el fin de esta propuesta ciudadana es algo que naturalmente debería ocurrir: que las personas condenadas por corrupción y fraude al Estado no puedan ser candidatas ni ocupar cargos públicos.

Algo que no es más que sentido común. Es como si una empresa pusiera a un ladrón a manejar los fondos: en el ámbito privado resulta inconcebible.

Así fue que el oficialismo, ante la presión de la sociedad civil que promovió la iniciativa, decidió “hacer como que cambiaba”. Dijo que había “ficha limpia”, pero solo por decirlo, porque la ley que salió fue un engendro que burlaba la finalidad ínsita en la propuesta, disponiendo la prohibición de candidaturas únicamente para quienes resultaran condenados con condena firme. Algo que ya existía, pues quien tiene una condena penal firme por delitos contra el Estado ya se encuentra inhabilitado para ejercer cargos públicos. Otro show.

Voto electrónico

Incorporado en la Constitución de 2006, la Legislatura lleva casi veinte años de mora en la sanción de una norma que implemente este sistema.

Parecía que había llegado el momento. Los legisladores iban y venían de Salta —provincia que tiene este sistema desde 2009—, se montaron en la Legislatura numerosos debates y charlas, toda una puesta en escena que quedó en la nada, como siempre: parecer más que hacer.

Esto es solo un ejemplo de algunos temas relacionados con lo electoral, pero el mecanismo es siempre el mismo y nos recuerda al “día de la marmota”. Vivimos en un bucle de tramas y picardías de quienes nos gobiernan hace cuatro décadas.

La realidad es que los tucumanos no tendremos ni boleta única en papel, ni boleta única electrónica, ni ficha limpia, ni —mucho menos— límites reales a los acoples. Seguiremos votando con cientos de boletas, con las mismas caras, para que ganen siempre los mismos y se sienten a amagar, a fingir que cambian, para que nada cambie.

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