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LA VOZ DE LAS ANARQUISTAS

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Por Elina Ibarra.

Más allá de todos los pensadores que pueden ser considerados precursores del anarquismo, la gran fuente de inspiración que será causa de su aparición en el siglo XIX será la Revolución Francesa. Dentro de un contexto de gran desigualdad económica y política, con una población exhausta de hambre y guerra, el objetivo de este acontecimiento histórico puede hallarse resumido en los preceptos de su bandera: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”.

Pero, a diferencia de la teoría política liberal, el anarquismo no considera a estos principios como puntos de partida, ni postulados, ni expresiones del derecho natural, sino que son vistos como prácticas y habitualidades que se manifiestan en las relaciones sociales y económicas.

Para mostrar lo limitado de las transformaciones resultantes: se proclamaba la igualdad, pero esta era solo en términos formales, no materiales; se mantuvo el régimen de propiedad privada individual, sin garantizar el acceso a la tierra; se proclamaba la libertad, pero reinó el terror, con más de diez mil ejecuciones en nombre de la revolución, incluyendo entre ellas a revolucionarios que osaban cuestionar el nuevo orden; se proclamaba la igualdad, pero las mujeres, que fueron un factor fundamental para llevar adelante y sostener la revolución, quedaron excluidas de tomar la palabra en las asambleas deliberantes y comités, y se les prohibió el uso y portación de armas.

Sin embargo, las mujeres no cejaron en sus reclamos, formaron sus propios clubes, donde leían y debatían las leyes y reclamaban educación para las niñas, divorcio y derechos políticos. Olympe de Gouges, dramaturga y activista, que en nombre de la revolución escribiría en 1793 La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, sería una víctima más condenada a la guillotina. La declaración universal de los derechos de los hombres se refería exclusivamente a los varones, excluyendo de los mismos a las mujeres. En el mismo año de su ejecución se prohibieron los clubes femeninos. En 1794 se prohibió la presencia femenina en cualquier actividad política y, en 1795, se prohibió a las mujeres asistir a las asambleas políticas, ordenando que se retiraran a sus domicilios bajo orden de arresto si no cumplían lo prescrito.

Si tuviéramos que caracterizar el anarquismo, podemos decir que consiste en una corriente de pensamiento que esgrime una crítica radical, cuestionadora y deslegitimadora de las instituciones autoritarias y de toda falsa representación y dogmatismos. El cuestionamiento se funda en que tales instituciones (en apariencia surgidas para beneficio de la comunidad) son impuestas a través de un sistema normativo en el que los más afectados no participan. Tampoco resuelven las necesidades reales de la comunidad, sino que son causantes de una desigualdad que instala la verticalidad de la jerarquía, cristaliza privilegios; es decir, fundan toda una constelación de relaciones asimétricas que entrañan muchas veces violencia y pérdida de libertad.

El anarquismo ha producido una amplia teoría que se refiere a todas las esferas de la vida: la educación, la producción, la relación con la naturaleza, la violencia de la guerra y de la cárcel, etc. Pero también cuenta con divulgadores de estas teorías, muchas veces organizados, tanto en periódicos y publicaciones como en intervenciones en asambleas y manifestaciones públicas. A esto hay que agregar el activismo: quienes llevan a la práctica las ideas, aplicando a su propia forma de vida la igualdad reflexiva de “Ni amo, ni esclavo”.

En cuanto a las anarquistas, han realizado un profundo aporte en todos los niveles referidos. Primero, en relación con la teoría, no se han apartado del lineamiento general, pero al buscar profundizarlo y expandirlo, sumando una reivindicación más, el fin de la dominación por cuestión de género, han iniciado una línea de pensamiento y abierto un frente de discusión al interior mismo del movimiento anarquista. También echaron mano de la estrategia del activismo anarquista, la prensa, para dar difusión a sus demandas. Finalmente, el frente más complejo, y el que generó más controversia, fue el que además pretendieron que el ideario se realizara y que, de hecho, se pusiera fin a su situación de sometimiento: Ni amas, ni esclavas.

El objetivo de este trabajo no es solo rescatar, a través de una semblanza, el hacer de las anarquistas, particularmente en torno a La voz de la mujer, una publicación creada con el fin de dar a conocer los reclamos de autonomía de las mujeres del fin del siglo XIX en Argentina. Esta intención implica también señalar de qué manera la exigencia de estas mujeres en el cumplimiento del ideario libertario puso al desnudo las debilidades de sus mismos compañeros anarquistas, y también cómo lo reformularon, mostrando en qué consiste la especificidad de sus reclamos y su relación con el feminismo.

Virginia Bolten, mejor conocida por su famoso seudónimo Pepita Guerra, fue la fundadora de La voz de la mujer hacia el fin del siglo XIX en Argentina. El subtítulo de la publicación decía “Periódico comunista-anárquico”; esto quería decir que se encolumnaba detrás de las ideas de Piotr Kropotkin, para quien la desigualdad terminaría cuando se socializaran los medios de producción, la tierra y todos los recursos. Su teoría contaba con una gran influencia darwiniana, dada la formación científico-racionalista de Kropotkin. El periódico sale a la calle en el contexto de la oleada inmigratoria, que trajo consigo las literaturas de izquierda, socialistas y anarquistas.

De difícil financiación, la publicación señalaba en uno de sus copetes: “Aparece cuando puede y por subscripción voluntaria”. Este periódico solo contó con la edición de nueve números, que vieron la luz entre los años 1896 y 1897 en una Buenos Aires ya convulsionada por las primeras asociaciones obreras y sus reclamos sociales. Sus lectoras eran mujeres, inmigrantes, exiliadas, trabajadoras explotadas, madres, prostitutas, víctimas de un sistema opresor, donde la mujer carecía de emancipación y dependía de la tutela de un hombre.

En lenguaje emotivo, sencillo, frontal y claro se expresaba el ideario anarquista:

Volvimos nuestros ojos secos hacia nuestros niños: “¡Mamá, pan por Dios!”. Y entonces comprendimos por qué se cae…, por qué se mata…, por qué se roba… (léase, expropia).

Parte de la especificidad de su reclamo y de la reformulación del ideario estaba representada en la adaptación del eslogan “Ni dios, ni patrón, ni Estado”, que era el lema de las anarquistas. En cambio, la consigna de la publicación y, a su vez, bandera de las anarquistas cambia en apariencia sutilmente, pero de modo profundamente significativo. Las anarquistas dicen: “Ni dios, ni patrón, ni marido”. En lugar de “Estado”, dicen “marido”, porque este representa en sí mismo toda la institución estatal, en sus tres poderes: es quien hace las normas, por lo que ejerce el poder legislativo; es el que juzga si fueron respetadas, en representación del poder judicial; y es el que garantiza el orden, aplicando penas y ejecutando su propio reglamento, ya que el Estado (propiamente dicho) ha dejado relativamente desregulado el ámbito privado.

La mujer, dada su condición de sujeto carente de emancipación legal, su condición jurídica se caracterizaba por una subordinación al hombre (padre, marido o tutor) que limitaba su capacidad de obrar, ya que necesitaba permiso para actos jurídicos, como viajar, estudiar, comprar, vender o contraer matrimonio. Además, estaba excluida de la vida pública y, por ello, “condenada” al ámbito doméstico. Pero el matrimonio consagraba la minoría de edad perpetua de las mujeres, dado que en las condiciones en las que se daba la mujer semejaba a un contrato de propiedad, por lo que al casarse pasaba a ser casi literalmente propiedad privada del hombre.

Al interior mismo del anarquismo, muchas de las ideas de emancipación femenina fueron combatidas por simpatizantes que se autoproclamaban anarquistas, por lo que el planteo de las mujeres mostró o puso en evidencia algunas incongruencias entre los activistas. Al interior mismo de las casas de compañeros de ideas, las mujeres carecían de protagonismo o se veía naturalizado su rol de madres y de subordinación a la voluntad del esposo. Por ello, la lucha de las mujeres habría de ser doble, porque doble era la explotación a la que estaban sometidas:

una, la pública, la de la fábrica, la del capitalista y la de una sociedad pacata;

la otra, la privada, la de sus hombres, ya sean esposos, padres o hermanos, es decir, la que se daba en el seno mismo de sus hogares.

Si los hombres anarquistas luchaban por una sociedad más igualitaria, una lucha que se libraba puertas afuera, las mujeres anarquistas supieron trasladar esa lucha puertas adentro.

Por esto fueron acusadas de “sectarias” y, por ello, de debilitar o incluso boicotear el movimiento anarquista. Pero en realidad, su reclamo no implicaba una fragmentación de la lucha por la igualdad, sino una amplitud del mismo reclamo. La tarea llevada a cabo por las anarquistas, lejos de empobrecer o debilitar la acción, la volvía radical, la dotaba de coherencia, en busca de la libertad para todos.

Comprendimos que teníamos un enemigo poderoso en la sociedad actual y fue entonces también que, mirando a nuestro alrededor, vimos muchos de nuestros compañeros luchando contra tal sociedad; y como comprendimos que ese era también nuestro enemigo, decidimos ir con ellos en contra del común enemigo, mas como no queríamos depender de nadie, alzamos nosotras también un girón del rojo estandarte, salimos a la lucha… sin dios y sin jefe.
(Nuestros propósitos, en la publicación del 8 de enero de 1896)

Pero la lucha interna al anarquismo fue tal que muchas veces sus propios compañeros emplearon más esfuerzo en acallar las voces femeninas que se levantaban enarbolando el mismo ideario que en combatir al Estado. Así aparecieron las reacciones de los anarquistas, indicando que la emancipación de la mujer debía subordinarse a la del hombre y que no debían adelantarse al curso natural de la historia: “¡Qué emancipación femenina ni qué ocho cuartos! Venga la nuestra primero”.

Por expresiones como estas, Virginia Bolten comenzó a llamarlos cangrejos o escarabajos, porque miran para un lado pero caminan para otro. Consecuencia de esto fue que durante cien años estuvo esta publicación durmiendo silenciosamente, consagrada al olvido, tanto para las instituciones que combatían como para la historia del anarquismo, olvidada y acallada hasta por los propios anarquistas.

La tentación más frecuente es la de emparentar la lucha de las anarquistas con los feminismos surgidos en torno a la época y afianzados en el siglo XX. Pero lo cierto es que las anarquistas buscaban formar parte de un movimiento aún mayor, de una lucha que excede la cuestión de género: busca atacar y acabar con todas las formas de autoridad, dogmatismo y desigualdad, contra todo tipo de opresión y no solo contra la opresión femenina.

Pero les fue indicado un lugar que estaba muy lejos de lo esperado. Las mujeres anarquistas no aspiran a ocupar los cargos de los hombres en las fábricas, quieren el fin de la explotación, de que unos pocos vivan del trabajo de los muchos; tampoco quieren derecho a voto, sino que buscan poner fin al parasitismo de los Estados que viven como si fueran propietarios de los bienes que produce la sociedad, sin atender sus necesidades; tampoco quieren ser papas, quieren que la iglesia sea para quienes creen en ella y que no se entrometa en la vida de los que no son sus feligreses; tampoco pretenden que una mujer llegue a ser general del Ejército, buscan el fin de todas las guerras y que las fuerzas militares se disuelvan. El “feminismo” de las anarquistas no es meramente reformista, es radical en los cambios que propone.

Y esto efectivamente se dio así en la historia. Hubo oídos para sus reclamos solo luego de que algunas reivindicaciones fueran conseguidas por los reclamos sociales organizados. Pero, fundamentalmente, tuvieron que esperar a la posguerra, circunstancia en la que fueron llamadas a colaborar en la reconstrucción de una Europa arrasada por la violencia militar y política, y por la escasez de hombres.

El feminismo anarquista dista de ese feminismo porque lo que pretende es justamente romper con todo lazo autoritario y dogmático, no por su condición de mujeres, sino por su condición de ser humano libre y con igualdad de derecho. Lo que se buscaba no era la liberación femenina, sino la liberación en general que rompiera el yugo de las instituciones, tanto para hombres como para las mujeres.

Bajo el lema del “Amor Libre” —sin duda la bandera más incómoda para sus compañeros y la más radical, incluso hoy, cien años después— se oponían al régimen del matrimonio tanto estatal como religioso. Promovían, en cambio, las uniones libres y múltiples, para poner fin a la hipocresía de la doble moral que promovía la manceba fuera de casa o el prostíbulo como entretenimiento o desahogo del estilo que implica la vida familiar. Es decir que el amor libre solo vendría a blanquear la situación que ya de hecho existía en las prácticas aceptadas y celebradas por la sociedad machista, y de esa manera habilitar a las mujeres a prácticas similares o, al menos, que las liberara de la relación de pertenencia cosificadora de los hombres.

Pero estos reclamos no solo irritaron los oídos puritanos de los conservadores, sino también a muchos de sus compañeros anarquistas, a quienes incomodaban en demasía la radicalidad de los cambios reclamados por ellas. El lema enarbolado por estos “falsos libertarios” (tal y como los llamaba Virginia Bolten) era “Anarquía y Libertad, y las mujeres a fregar”, e insistían en que la emancipación de la mujer debía esperar a que se diera primero la emancipación de los hombres.

Los historiadores del anarquismo tienen una deuda. Si bien han dado cuenta de su existencia, lo han hecho de modo incompleto, sin hacer referencia a su relevancia ni analizar el contenido específico de su condición (por ejemplo, Max Nettlau, Abad de Santillán, Iaãcov Oved).

Así, contra los conservadores, contra la iglesia, contra la moral puritana, contra la policía, contra los patrones, contra los reformistas, e incluso contra sus mismos compañeros de vida y de lucha contra la explotación estatal y capitalista, las anarquistas que participaron de la publicación esgrimieron la palabra como arma —citando indirectamente a Emma Goldman— e hicieron de la prensa y de las asambleas públicas un escenario de argumentación y denuncia… Y ese espacio se llamó La voz de la mujer.

Y si bien hoy la mujer ya no ocupa el lugar de entonces en muchos aspectos, debemos decir que esta no es solamente una problemática del pasado, sino que muchos de aquellos reclamos siguen siendo plenamente vigentes, por lo que aquella lucha que comenzó hace más de un siglo continúa no solo plena de sentido, sino que es aún una tarea pendiente.

Debemos un agradecimiento a la Universidad de Quilmes por la publicación de los números de La voz de la mujer, Periódico comunista-anárquico, 1896–1897.

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