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Bajo la cama

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Por Walter Bernal.

Entre los años 2001 y 2005 nuestro país atravesó una de las crisis más profundas de su historia reciente. El aire estaba cargado de bronca y desconfianza. Era un país al borde del colapso.

Los bancos habían devorado los ahorros de toda una vida y la gente, descreída, guardaba el dinero en sus casas, escondido en los rincones más insólitos: bajo el colchón, dentro de una olla, en una caja de zapatos. Los más pudientes, en cajas fuertes. Nadie se salvó.

Los delincuentes lo sabían. Y, como aves de rapiña, aprovecharon la desesperación generalizada. El miedo se convirtió en su aliado. Así nació —o mejor dicho, se multiplicó— la industria del secuestro extorsivo exprés: rápido, brutal, efectivo. Un negocio oscuro alimentado por el miedo y el silencio.

De tantos hechos que sacudieron aquellos años, nos tocó investigar uno que, por suerte, logramos resolver en pocos días. Fue un caso que puso a prueba no solo nuestra experiencia, sino también la resistencia anímica en medio de un país que parecía derrumbarse.

Un llamado, entre la marea de denuncias que llegaban a la División Antisecuestro, llamó nuestra atención. Una jubilada había sido secuestrada en el barrio de La Boca.

Me asignaron el caso y, junto con la brigada, nos constituimos en el lugar. Era en la avenida Regimiento de los Patricios: un edificio viejo, de pasillos húmedos y paredes descascaradas.

En el departamento 3° A nos recibió la sobrina de la víctima. Estaba visiblemente alterada. Con las manos temblorosas nos relató el llamado telefónico que había recibido del secuestrador, quien, con una voz rara, deformada, apenas inteligible, le dejó un mensaje:

—Si quieren volver a ver a la vieja con vida, preparen la plata y no llamen a la policía. Los estamos vigilando.

Era viernes. Nunca lo olvidé. Ese día era el cumpleaños de mi hija.

La víctima se llamaba Mónica Escalante. Viuda, jubilada, de 68 años.

Interrogamos a los vecinos. Todos coincidían en lo mismo: una mujer de carácter fuerte, dominante, pero solidaria y querida en el edificio. No tenía grandes recursos. Apenas su pensión y el departamento donde vivía desde hacía más de cuarenta años.

Algo no encajaba.
¿Por qué alguien querría secuestrarla?

También entrevistamos al portero. Nadie conocía mejor la vida de los vecinos que él. Se llamaba Celso, paraguayo, soltero. Aseguró haberla visto salir esa mañana con su bolsa de mercado y se mostró consternado por lo sucedido.

Tomamos la denuncia en el lugar y regresamos a la dependencia. Se intervinieron los teléfonos y dejamos una consigna encubierta en las inmediaciones a la espera de un nuevo llamado.

Pero el fin de semana pasó en silencio. Sin pistas. Sin noticias.

El lunes decidimos volver al edificio para continuar con las averiguaciones. Eran las 14:30. El portero había desconectado el intercomunicador: estaba en su horario de descanso.

Esperamos unos minutos afuera hasta que llegó un vecino y nos permitió ingresar. Al preguntarle por Mónica —si la conocía, si sabía algo que pudiera ayudarnos— miró hacia ambos lados y, en voz baja, nos dijo:

—¿Por qué no le preguntan a Celso? Todas las noches entra al departamento de Mónica… y se va antes del amanecer.

El edificio tenía ocho pisos. Celso vivía en la terraza, en una pequeña vivienda destinada a la portería.

Nuestro olfato nos decía que algo no cerraba.

Subimos a la terraza y golpeamos su puerta. Tardó en atender. Cuando finalmente abrió, sentimos un fuerte olor nauseabundo, una mezcla de hedor y perfume barato.

Intentó cerrar rápidamente la puerta, pero el suboficial que me acompañaba la trabó con el pie e ingresó al departamento.

Algo andaba mal.

Celso estaba nervioso. Temblaba.

Lo miré y le pregunté, sin rodeos:

—¿Dónde está Mónica? ¿Qué hiciste con ella?

En ese momento el suboficial salió del interior de la habitación y me dijo:

—Ya está. Fue él. Está acá. Vení.

Entramos al dormitorio.

Debajo de la cama estaba el cuerpo de Mónica. Envuelto en frazadas, atado con cables. Solo sus pies quedaban al descubierto.

Celso se quebró. Se largó a llorar.

—Yo no quería matarla —dijo—. Ella andaba conmigo. El día anterior falté a la cita nocturna. A la tarde entró a mi casa mientras yo planchaba, empezó a increparme, a golpearme… y en un momento de locura me di vuelta y le pegué con la plancha en la cabeza.

Intentó deshacerse del cuerpo, pero no pudo sacarlo del edificio. Sabía que nosotros estábamos afuera.

Comunicamos el desenlace a la dependencia y a la Fiscalía. Pedimos colaboración a bomberos y a la morgue.

El caso quedó esclarecido en el lugar.

Mientras terminábamos el procedimiento, desde la central nos informaban de otro secuestro en proceso.

Y debíamos acudir de inmediato.

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