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La política contra sí misma

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Por Fernando Crivelli Posse.

“Las convicciones son enemigas más peligrosas de la verdad que las mentiras.”

—Fredrich Nietzsche.

El ego como límite de la política argentina

Los ideales construyen futuro; los dogmas lo clausuran. Cuando la política deja de discutir para defender identidades y poder, el ciudadano desaparece del centro y la sociedad se fragmenta sin rumbo compartido.

La política necesita ideas. Necesita convicciones, proyectos y, sobre todo, una dosis saludable de idealismo. Sin ese impulso inicial —esa visión de un futuro posible y deseable— no hay dirección, no hay horizonte compartido, no hay comunidad política. El idealismo, bien entendido, cumple una función esencial: ordena prioridades, moviliza voluntades y ofrece sentido. Es lo que permite que una sociedad se piense a sí misma más allá de la coyuntura.

Pero ese mismo motor puede convertirse en un obstáculo cuando se rigidiza. El problema no es el idealismo ni la doctrina; el problema aparece cuando se cruza una frontera sutil pero decisiva: la del dogma. En ese punto, la idea deja de ser una herramienta para interpretar y transformar la realidad y pasa a ser un fin en sí misma. Ya no se ajusta a los hechos; exige que los hechos se ajusten a ella.

En la Argentina contemporánea, este deslizamiento ocurre con frecuencia. Distintos espacios políticos —sin excepción— han mostrado una tendencia a encapsular sus principios hasta volverlos impermeables a la crítica. Lo que en un comienzo fue una lectura legítima del contexto termina transformándose en una estructura cerrada, donde disentir equivale a traicionar. Y cuando disentir se vuelve imposible, el debate también lo es.

En ese punto, el ego entra en escena como actor principal.

Sostener una idea frente a la evidencia contraria no es, en la mayoría de los casos, una cuestión estrictamente racional. Es una cuestión identitaria. Admitir un error implica asumir un costo personal: perder coherencia frente a los propios, ceder terreno frente al adversario, revisar la propia narrativa. En un clima político polarizado, donde la pertenencia pesa más que el argumento, ese costo se vuelve excesivo. Entonces se elige otro camino: se niega la evidencia, se relativizan los datos o se desacredita al interlocutor.

El resultado es una paradoja evidente. Dirigentes y militantes que reivindican la racionalidad terminan atrapados en posiciones contradictorias, sostenidas únicamente para no abandonar el marco ideológico inicial. La consistencia deja de estar en la relación entre ideas y realidad y pasa a estar en la fidelidad al grupo. No importa si una política funciona; importa que sea “propia”.

Ahí es donde el idealismo degenera en dogma.

Y cuando eso ocurre, el daño trasciende lo individual y se vuelve estructural. El espacio público se fragmenta. La posibilidad de construir consensos se diluye. La política deja de ser un ámbito de deliberación para convertirse en un campo de disputa permanente, donde el objetivo ya no es resolver problemas, sino imponer una visión.

En ese escenario, la lógica dominante es simple: poder por el poder mismo.

La discusión deja de girar en torno al bienestar ciudadano y pasa a centrarse en la preservación del propio espacio, de su identidad y de sus privilegios. La política se vacía de contenido sustantivo y se llena de gestos simbólicos, de consignas repetidas, de relatos cerrados. Se habla mucho, pero se escucha poco. Se actúa mucho, pero se evalúa casi nada.

Las consecuencias sociales son profundas. Cuando el dogma se impone, el tejido social comienza a deteriorarse. La confianza se erosiona, la cooperación se vuelve difícil y la cohesión se resquebraja. La sociedad se organiza en bloques que no dialogan entre sí, cada uno convencido de poseer la verdad completa y dispuesto a defenderla sin concesiones.

Para el ciudadano común, el efecto es claro: desánimo y desconexión.

Frente a una política que parece más preocupada por su propia interna que por los problemas concretos, el ciudadano se siente ajeno. Observa una disputa constante que no lo incluye, que no lo representa y que, en muchos casos, lo perjudica. La sensación de estar atrapado en una lógica de enfrentamiento permanente genera fatiga cívica. Y esa fatiga, con el tiempo, erosiona la participación y debilita la democracia.

No se trata de un problema menor. Una sociedad que pierde la capacidad de debatir con seriedad pierde también la capacidad de proyectarse. Sin debate genuino, no hay aprendizaje. Sin aprendizaje, no hay mejora. Y sin mejora, el futuro se vuelve una repetición del pasado, con ligeras variaciones.

La Argentina ha transitado este ciclo en múltiples ocasiones. Políticas que se presentan como soluciones definitivas son reemplazadas pocos años después por otras igualmente categóricas, sin una evaluación rigurosa de sus resultados. No hay continuidad porque no hay reconocimiento del error. Y sin ese reconocimiento, cualquier avance es frágil.

La salida no pasa por abandonar el idealismo. Todo lo contrario: pasa por recuperarlo en su forma más productiva.

Un idealismo sano no es aquel que se aferra ciegamente a una idea, sino aquel que está dispuesto a revisarla a la luz de la evidencia. Es el que entiende que las convicciones no son verdades absolutas, sino hipótesis que deben ser contrastadas con la realidad. Es el que busca construir, no imponer.

Eso exige un cambio incómodo pero necesario: desplazar al ego del centro de la escena.

Implica aceptar que equivocarse es parte del proceso político, no una señal de debilidad. Implica valorar más los resultados que las intenciones, más la evidencia que la identidad. Implica, en definitiva, volver a colocar al ciudadano —y no al dogma— en el eje de la discusión.

No es una tarea sencilla. En un sistema que suele premiar la certeza y castigar la duda, sostener una posición abierta requiere coraje. Pero es un riesgo indispensable si se pretende reconstruir un espacio público funcional.

La política, en su mejor versión, no es un ejercicio de reafirmación personal. Es una herramienta para mejorar la vida en común. Cuando se olvida de eso, cuando se encierra en sus propias certezas y se deja dominar por el ego, pierde su razón de ser.

Entre la convicción y el dogma hay una distancia corta, pero decisiva. En ese tramo se juega buena parte del futuro político argentino. Cruzarlo en la dirección correcta no garantiza el éxito, pero evita algo peor: la repetición indefinida de los mismos errores.

Continuará…

 

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