Por Rodri Fers.
y la Yapa del Algoritmo.
Entre el mesianismo tecnológico de Peter Thiel y la antropología del humanismo cristiano.
“Algo flota en la laguna”, decía Spinetta. Tengo esa misma sensación. Una inquietud me habita y solo puedo graficarla como esa neblina espesa que invade los pantanos, revelando un escenario lúgubre propio de un cuento de terror. Creo que todos coincidimos en que nos encontramos ante el fin de una era y el umbral de otra. “Movimientos tectónicas”, escribí en la primera entrega de FUGA este año refiriéndome a los cambios bruscos que sufrió el orden mundial a principios de este año. Es exactamente eso. Es cómo comprendemos este presente: qué haremos con este nuevo comienzo y dónde quedaremos parados.
La comprensión de los tiempos contemporáneos exige, de manera preliminar, una desarticulación de la superestructura cultural que los sostienen. Como bien señalaba Arturo Jauretche —en quien me baso para el título de esta nota—, cuando un país depende económicamente de otro (como el nuestro), se crea un sistema educativo y cultural diseñado para que sus ciudadanos no perciban su propia realidad. En la actualidad, esta “colonización pedagógica” ha mutado en una colonización algorítmica.
El liderazgo doméstico ya no se ejerce únicamente a través de la palabra en asambleas, reportajes o actos políticos, sino mediante la imposición de una racionalidad técnica que se presenta como universal e inevitable. Byung-Chul Han advierte que vivimos en un exceso de positividad y transparencia que nos conduce inevitablemente al cansancio. Ya no acatamos órdenes externas; ahora creemos gestionar nuestra propia libertad —aparente—, cayendo en la trampa de la autoexplotación. Jauretche, diría sencillamente que estamos ante un “empacho”. Un malestar del espíritu que deviene de “leer mucho sin digerir”. La información globalizada ha perdido la capacidad de ser sometida a la crítica de nuestro modo de pensar habitual, ese que nace del contacto con la realidad propia.
El lector o lectora, se preguntará el porqué de esta alusión. Es simple: en nuestro país se ha dado ingreso a los “sancochadores del pensamiento foráneo”, cuya misión es oscurecer el saber nacional mediante promesas errantes que solo conducen a la dilución de nuestra cultura en una globalización amorfa. Estamos ante una deslealtad de los sectores cultos o la “intelligentzia” según Jauretche; una élite que actúa como cómplice de la dominación mental, traicionando el futuro y a la Nación entero, que es, en última instancia, la perdurabilidad del pueblo.
Como líder de estos “jinetes de la deshumanización”, ubico a Peter Thiel. No por ser su exponente máximo, sino por ser quien ha articulado los discursos más profundos sobre el avance tecnológico. Si Jauretche identificaba en los “profetas del odio” del siglo XX a quienes abominaban de su suelo por considerarlo un residuo de la barbarie, en el siglo XXI nos enfrentamos a un nuevo profeta: el que predica la superación de lo humano a través de la tecnología. Thiel, figura central de Silicon Valley, elucubra un mesianismo tecnológico que guarda una alarmante analogía con los procesos de colonización pedagógica, al presentar soluciones externas como destinos ineludibles para los pueblos.
En sus recientes intervenciones filosóficas, Thiel ha desarrollado una interpretación singular del concepto del Anticristo, vinculándolo no a una figura de maldad caricaturesca, sino a la culminación de un «Estado mundial único» que impone la paz a cambio de la parálisis tecnológica. Ser humanista para él, es sinónimo de sabotear el progreso teconológico. Para él, la unificación global bajo agencias internacionales representa la detención del progreso, lo que asocia con la figura apocalíptica que precede al fin de los tiempos.
Jauretche afirmaba que los intelectuales prefieren estudiar el catálogo antes de mirar a su país; Thiel prefiere diseñar el futuro antes de cuidar el presente. Esta desconexión es la que produce a los modernos «profetas del odio»: aquellos que, en su afán por colonizar Marte o alcanzar la inmortalidad biológica, ven en las demandas de justicia social o soberanía popular un obstáculo molesto para la eficiencia del sistema.
Y aquí surge el contrapunto o, como diría el Chapulín Colorado: ¿Quién podrá defendernos?
Considero que, frente a la escatología del capital de Thiel, que propone una salvación mediante la superación técnica, el humanismo católico ofrece una resistencia ontológica basada en la primacía de la persona. Es, quizás, la única institución que se ha alzado con esa bandera con firmeza universal. Como advertía Jauretche, la intelligentzia suele estar con «la humanidad» en abstracto para liberarse de la obligación ética de estar con «lo humano» concreto: aquel hombre de carne y hueso que padece las transformaciones de la economía.
El liderazgo desde la perspectiva católica se aleja de la eficiencia algorítmica para centrarse en la esperanza, verdadero motor de los movimientos populares. Jauretche, en su carta a Sábato, corregía la visión del intelectual que atribuía el apoyo popular al «resentimiento»; por el contrario, afirmaba que «lo que movilizó las masas… fue la esperanza». El nuevo liderazgo debe ser uno de alegría e integración, no uno que secunde la psicopolítica del cansancio o la autoexplotación digital.
Mientras el tecnicismo de Thiel ve en el trabajo manual un arcaísmo, el humanismo defiende que el trabajo es la vía de realización de la persona. Debemos velar para que el algoritmo no convierta al trabajador en un “siervo de la gleba digital”. El liderazgo del «Anticristo» tecnológico, al buscar la Singularidad, termina por despreciar la finitud y la debilidad, elementos centrales de la mística cristiana. Jauretche denunciaba esa «dureza de corazón» de quienes, desde su ilustración, son incapaces de comprender la solidaridad del humilde.
En definitiva, frente a un mundo que pretende resolver «las ecuaciones de la historia por el camino de las aberraciones mentales”, el humanismo católico y la tradición nacional proponen volver al sentido común del criollo. Aquel que sabe que «el fuego debe calentar de abajo» y que la cultura debe ir precedida de pan, ropa y dignidad. Como lo expresó el argentino más importante de la historia: “El pueblo es el mayor tesoro de nuestra patria” (Papa Francisco, 30/09/2016).
