Por Susana Maidana.
El nacimiento de una idea
El propósito de estas páginas es indagar en los valores del humanismo clásico y preguntarse por su vigencia o caducidad en el mundo actual, cuyos conflictos reavivan discusiones que han atravesado al pensamiento filosófico desde tiempos remotos.
El humanismo moderno
El proceso de transformación de la sociedad feudal y la hegemonía de la burguesía se inicia hacia fines del siglo XV en las ciudades europeas y continúa de manera ininterrumpida hasta su florecimiento en el siglo XVIII.
En ese tránsito, el modo de producción feudal —basado en la industria artesanal y doméstica, la apropiación de la tierra por parte de los nobles, la escasez de mercados y una economía cerrada— fue reemplazándose por un sistema más dinámico. La transformación comenzó en la economía y continuó en la antropología, la ciencia y la cultura.
En Europa se extendió un proceso de debilitamiento de la nobleza a medida que surgían formas más racionales y productivas de explotación de la tierra, acompañadas por la introducción de nuevas herramientas y técnicas que favorecieron la producción y las ganancias.
Entre los siglos XV y XVI, durante el Renacimiento, se formularon nuevas categorías culturales, científicas y filosóficas que dejaron atrás las conceptualizaciones del paradigma medieval, basado en la filosofía aristotélico-tomista. Se pasó de una visión cualitativa de la naturaleza y jerárquica de la sociedad a una visión más dinámica del mundo y a una incipiente movilidad social.
Entre las notas del Renacimiento pueden señalarse la idea de una ciencia acumulativa y clasificatoria, la concepción del mundo como un gran organismo atravesado por fuerzas ocultas, la presencia de la magia como forma de dominarlas, la valoración del trabajo manual y un proceso creciente de secularización e individualización.
Es precisamente en el seno del Renacimiento donde aparece el humanismo clásico, con su afirmación de un nuevo modelo de hombre. A diferencia de las castas rígidas del feudalismo, se afirma ahora la idea de un individuo capaz de desarrollarse integralmente.
La Reforma religiosa también contribuyó a este proceso al acentuar el individualismo, al cuestionar el criterio de verdad de las Sagradas Escrituras y sostener que es el propio hombre quien debe determinar la verdad de los textos.
En ese mismo contexto comienzan a elaborarse las utopías políticas: relatos que imaginan ciudades organizadas racionalmente, donde se privilegia el trabajo, el conocimiento y las ciencias, y se cuestiona la ociosidad de la nobleza.
En el campo científico destacan figuras como Nicolás de Cusa, Paracelso, Copérnico, Bruno y Kepler, cuyas doctrinas fueron decisivas para el desarrollo del mecanicismo moderno, aunque todavía conservaban resabios herméticos y esotéricos.
En este escenario surge el humanismo como una corriente filosófica, educativa y filológica europea, situada en la península itálica en el siglo XIV. Según Petrarca, el término humanismo aludía a la filantropía y al estudio de las letras, con resonancias de la paideia, entendida como formación integral del hombre.
Con el paso del tiempo el término fue adquiriendo nuevos significados, pero siempre conservó una misma orientación: la afirmación del valor de la cultura humana frente al predominio de la escolástica y de la visión teocéntrica del mundo.
La invención de la imprenta jugó un papel decisivo en la difusión del humanismo, al permitir que el saber abandonara el ámbito cerrado de los monasterios y se expandiera socialmente. Frente al criterio de autoridad medieval comenzó a consolidarse el criterio personal del individuo, capaz de ofrecer perspectivas diversas sobre el mundo.
Entre las características del humanismo interesa destacar especialmente su núcleo más profundo: el cambio en la concepción del hombre. Ya no se lo piensa únicamente como una criatura creada a imagen y semejanza divina, sino como un ser capaz de crearse a sí mismo a partir de sus elecciones y proyectos.
Uno de los exponentes más representativos de esta concepción es Pico della Mirandola, quien en su Oración por la dignidad del hombre afirma:
“No te he dado una forma ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo tendrás la forma y la función que desees”.
El hombre de Pico se caracteriza por su libertad y por la posibilidad de proyectarse y modelar aquello que elige ser.
En este recorrido por la modernidad no puede omitirse la figura de René Descartes en la construcción de la subjetividad moderna.
Como afirma Descartes en la Segunda Meditación:
“Yo pienso, luego existo”.
La defensa de la dignidad humana también se manifiesta en el pensamiento político moderno, especialmente en John Locke, quien combate el fanatismo religioso y defiende la libertad de conciencia.
Para Locke, el gobierno civil existe para proteger derechos fundamentales como la vida, la libertad y la propiedad, pero no puede intervenir en las creencias religiosas de los individuos.
La Ilustración heredará esta concepción al promover el lema de pensar por uno mismo, sin coacciones externas.
Como señala Alain Touraine, la modernidad reemplaza la unidad de un mundo creado por Dios por la dualidad entre racionalización y subjetivación.
La modernidad colocó al hombre en el centro del mundo.
La pregunta que queda abierta es si todavía sabemos qué significa eso.
