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La geopolítica en llamas

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Por María José Mazocato.

La paz es imposible, la guerra improbable.”

Raymond Aron.

Durante décadas, quienes estudiamos las relaciones internacionales nos formamos bajo marcos teóricos relativamente claros. El realismo explicaba la competencia por el poder entre Estados; el liberalismo confiaba en la cooperación institucional y en el derecho internacional; el constructivismo analizaba la influencia de las ideas, las identidades y los discursos. Estas teorías, cada una con sus matices, permitieron interpretar gran parte de la política internacional del siglo XX y de los comienzos del XXI. Sin embargo, el escenario global actual parece desbordar esos marcos interpretativos. La geopolítica contemporánea está en llamas, atravesada por conflictos simultáneos, nuevas tecnologías militares y un orden internacional cada vez más frágil.

La sensación dominante es que las herramientas conceptuales tradicionales resultan insuficientes para comprender la complejidad del presente. No porque hayan dejado de ser útiles, sino porque el mundo actual combina dinámicas que antes estaban separadas: guerras convencionales, conflictos híbridos, confrontaciones tecnológicas, disputas energéticas y batallas informativas que se desarrollan de manera simultánea.

Uno de los elementos que explica este cambio profundo es la transformación tecnológica de la guerra. Desde finales del siglo XX se comenzó a hablar de la Revolución en los Asuntos Militares (RAM), un concepto que describe el impacto de las tecnologías avanzadas en el campo de batalla. Sistemas satelitales, inteligencia artificial, drones, misiles hipersónicos, ciberataques y redes de información en tiempo real han modificado radicalmente la manera en que se desarrollan los conflictos.

La guerra contemporánea ya no responde exclusivamente al modelo clásico de enfrentamiento entre ejércitos regulares en campos de batalla definidos. Hoy los conflictos combinan operaciones militares convencionales con acciones cibernéticas, ataques de precisión a larga distancia, campañas de desinformación y presión económica. El resultado es una guerra más difusa, más imprevisible y, paradójicamente, más difícil de resolver.

Un ejemplo evidente de esta nueva realidad es la guerra entre Rusia y Ucrania. Lo que comenzó en 2022 como una invasión convencional rápidamente se transformó en un conflicto híbrido de gran escala. Por un lado, se observan batallas tradicionales con artillería, blindados y control territorial. Pero, al mismo tiempo, el conflicto está atravesado por el uso masivo de drones, inteligencia satelital proporcionada por actores privados, ciberataques y una intensa guerra informativa.

Mientras tanto, otro foco de tensión se intensifica en Medio Oriente, una región que históricamente ha sido uno de los principales epicentros de la geopolítica mundial. Las tensiones entre Israel e Irán, sumadas a los conflictos en Gaza, Líbano y Siria, han reconfigurado el equilibrio regional. A diferencia de los conflictos tradicionales entre Estados, el escenario actual combina actores estatales con milicias, organizaciones armadas y alianzas regionales complejas.

En este contexto, uno de los puntos estratégicos más sensibles del planeta es el estrecho de Ormuz. Este estrecho marítimo conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico y constituye una de las rutas energéticas más importantes del mundo. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume a nivel global transita por estas aguas. Cualquier interrupción en esta vía marítima tendría consecuencias inmediatas sobre los mercados energéticos internacionales.

La relevancia geopolítica de Ormuz radica precisamente en su vulnerabilidad. Su estrechez geográfica lo convierte en un punto de estrangulamiento estratégico: basta con bloquearlo parcialmente para alterar el flujo energético mundial. En un contexto de creciente confrontación entre Irán, Estados Unidos, Israel y otros actores regionales, este estrecho se convierte en un espacio donde la geopolítica global puede escalar rápidamente.

Si el tránsito energético se viera interrumpido, el impacto no solo sería económico. También podría desencadenar una cadena de reacciones militares y diplomáticas que involucraría a múltiples potencias. En otras palabras, un conflicto localizado podría transformarse en una crisis internacional de gran escala.

Todo esto ocurre en un momento en el que el orden internacional muestra signos evidentes de desgaste. Durante décadas, el sistema internacional estuvo estructurado en torno a instituciones multilaterales, normas jurídicas y mecanismos de cooperación. Sin embargo, la proliferación de conflictos, el retorno de la competencia entre grandes potencias y la creciente fragmentación política sugieren que ese orden atraviesa una etapa de profunda transformación.

El politólogo español Rafael Calduch ha señalado que podríamos estar asistiendo a la crisis del orden internacional contemporáneo. Según su perspectiva, los sistemas internacionales no son eternos: nacen, se consolidan y eventualmente entran en crisis cuando las estructuras que los sostienen dejan de funcionar. En ese sentido, los conflictos actuales podrían ser síntomas de una transición histórica hacia una nueva configuración del poder mundial.

En este contexto, la geopolítica vuelve a ocupar un lugar central. Durante los años posteriores al final de la Guerra Fría, muchos analistas creyeron que la globalización económica y la interdependencia reducirían la importancia de la competencia territorial y estratégica. Sin embargo, los acontecimientos recientes muestran que el control del espacio, de las rutas energéticas, de los recursos naturales y de las tecnologías críticas sigue siendo un factor fundamental del poder internacional.

La geopolítica actual no se limita a la disputa por territorios. También incluye el control de las cadenas de suministro, de las infraestructuras digitales, de los minerales estratégicos y de las redes tecnológicas que sostienen la economía global. En este sentido, la guerra ya no se libra únicamente en el campo militar, sino también en el terreno económico, tecnológico, cultural y comunicacional.

Lo que sí parece evidente es que estamos entrando en una etapa de mayor inestabilidad geopolítica. Conflictos regionales interconectados, tecnologías militares disruptivas, disputas energéticas y rivalidades estratégicas están redefiniendo el mapa del poder mundial.

La geopolítica está, efectivamente, en llamas. Y comprender este momento histórico exige algo más que repetir teorías aprendidas. Requiere observar con atención las transformaciones del presente y reconocer que estamos ante un mundo en plena mutación, donde las reglas del pasado ya no alcanzan para explicar las tensiones del futuro.

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