Por Fabricio Falcucci.
“Por cada muro, un lamento en Jerusalén la dorada
y mil vidas malgastadas por cada mandamiento”
Así comienza Milonga del moro judío, de Jorge Drexler. No hay épica en esos versos. Hay una ecuación incómoda. Cada idea elevada, cada principio invocado, parece traducirse en cuerpos concretos. La guerra deja de ser un desborde para convertirse en un sistema que administra la muerte en nombre de valores.
“No hay una piedra en el mundo que valga lo que una vida”. La frase suena evidente, pero el conflicto se sostiene exactamente sobre su negación. Territorios, símbolos, relatos históricos pasan a valer más que las personas. Se discute quién tiene razón mientras lo irreparable ocurre. Ahí se invierte toda jerarquía ética. Lo abstracto pesa más que lo humano.
“No hay muerto que no me duela, no hay un bando ganador”. La ilusión de la victoria es uno de los pilares del conflicto. Sin ganadores no habría relato posible. Sin embargo, lo que queda no es triunfo sino daño acumulado. Sociedades atravesadas por la violencia, generaciones marcadas por la pérdida, futuros recortados. Incluso quien gana, pierde. Pierde en humanidad, en estabilidad, en horizonte.
Desde ese lugar, resulta difícil no mirar con inquietud ciertos movimientos. Argentina ha construido durante décadas una identidad internacional ligada al pacifismo, al derecho internacional y a la resolución negociada de los conflictos. No es una postura decorativa. Es una forma de situarse en el mundo. Por eso, cualquier gesto de alineamiento con lógicas bélicas, incluso en el plano simbólico, no es menor. Implica correrse de una tradición y asumir una racionalidad que históricamente se buscó evitar.
La Organización de las Naciones Unidas ha estimado que alrededor de 45 millones de personas podrían caer en situaciones de hambruna como consecuencia directa de los conflictos armados. La cifra no es solo un dato. Es la medida del impacto real sobre la vida común. La guerra no solo mata en el frente. Produce hambre, desorganiza economías, rompe redes sociales, desplaza poblaciones. Su impacto recae, sobre todo, en quienes no toman decisiones. En quienes simplemente intentan vivir.
“La guerra es muy mala escuela, no importa el disfraz que viste”. Puede llamarse defensa, liberación o justicia. El resultado se repite: empobrecimiento, fragmentación, retroceso. La guerra enseña a vivir peor. Normaliza la violencia y vuelve tolerable lo que en otros contextos sería inaceptable.
Ese aprendizaje no queda limitado al campo de batalla. Se expande. Aumentan los precios, se tensan las instituciones, se reorientan recursos hacia la destrucción en detrimento del desarrollo. La guerra reorganiza prioridades y desplaza lo esencial. La vida común queda en segundo plano.
“Perdonen que no me aliste bajo ninguna bandera”. No es indiferencia. Es una negativa a aceptar la lógica binaria que el conflicto impone. Es sostener una distancia crítica frente a la presión de elegir entre opciones que comparten la misma matriz de violencia.
En ese sentido, resulta significativo que países con tradiciones políticas diferentes, incluso opuestas en muchos aspectos, como España e Italia, hayan coincidido en rechazar la guerra. Esa convergencia no responde a una ideología común. Señala algo más profundo: la existencia de un límite, el de seguir aceptando la destrucción como herramienta legítima en el siglo XXI.
“Y a nadie le di permiso para matar en mi nombre”. Esa línea desarma uno de los mecanismos más persistentes de la guerra: la apropiación de identidades colectivas para justificar la violencia. Se mata en nombre de la patria, de la historia, de la fe. Pero esas abstracciones no sufren. No entierran a sus muertos. No cargan con el daño.
Un país con tradición pacifista debería ser especialmente consciente de esa trampa. Involucrarse en una guerra ajena, aunque sea de forma discursiva, no es un gesto neutro. Es validar una lógica nefasta.
“No hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido”. Toda guerra necesita esa convicción. Una certeza moral que legitime lo que se hace. Sin esa creencia, la violencia pierde sustento.
Por eso el problema no es solo la guerra. Es la facilidad con la que empieza a resultar aceptable. Cuando eso ocurre, el retroceso ya está en marcha. No solo en términos materiales.
Administrar la muerte no siempre implica disparar. A veces alcanza con acompañar. Y cuando eso sucede, lo que se pone en juego no es solo el presente. Es la posibilidad de sostener, todavía, una idea distinta de mundo.
