Por Macarena Sabio.
“La condición del hombre… es una condición de guerra de todos contra todos”
— Thomas Hobbes, El Leviatán
La guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán —en tregua al momento de escribirse este artículo— no es un conflicto más entre tantos ocurridos en esta región, ni tampoco solo una nueva crisis petrolera. Debe entenderse como la manifestación de una transformación más profunda en la estructura del sistema internacional, caracterizada por una reconfiguración del equilibrio de poder a escala global.
En este contexto, fenómenos que tradicionalmente eran analizados de manera diferenciada —como los conflictos regionales, la seguridad energética y la competencia entre grandes potencias— tienden a entrelazarse y a ser gestionados de forma simultánea e interdependiente.
A diferencia de etapas anteriores, como el orden unipolar posterior a la Guerra Fría, el escenario contemporáneo evidencia una mayor fragmentación y superposición de agendas estratégicas. Esto implica que los conflictos locales ya no pueden comprenderse únicamente en términos de dinámicas internas o regionales, sino como nodos dentro de una red más amplia de disputas sistémicas.
Asimismo, la centralidad de la seguridad energética introduce un elemento adicional de complejidad. Los recursos energéticos no solo poseen valor económico, sino también geopolítico. Su control y acceso se convierten en variables estratégicas que vinculan directamente las tensiones regionales con la competencia entre potencias globales.
En consecuencia, el análisis de estos procesos requiere abandonar enfoques sectoriales o fragmentados y adoptar una perspectiva integral, capaz de captar la creciente interdependencia entre seguridad, economía y poder en el sistema internacional contemporáneo.
Durante décadas, Medio Oriente fue narrado como un “problema”: un espacio periférico atravesado por guerras crónicas, inestabilidad política y disputas religiosas. Esa mirada no solo era simplificadora; también cumplía una función tranquilizadora para Occidente: permitía pensar que el desorden estaba “allá afuera”.
Hoy esa comodidad intelectual se vuelve insostenible. Medio Oriente ya no es un margen turbulento del sistema internacional, sino un punto de condensación donde se define algo mucho más incómodo: quién tiene la capacidad real de organizar el mundo.
La cuestión de fondo no es solo geopolítica, sino filosófica. Lo que está en juego es la idea misma de “orden”. Durante buena parte del siglo XX —y especialmente tras el fin de la Guerra Fría— el orden internacional se sostuvo sobre una premisa tácita: existía un centro capaz de imponer reglas, aun cuando las violara. Ese centro fue Estados Unidos.
Pero lo que hoy se observa en Medio Oriente no es simplemente la irrupción de nuevos actores, sino la erosión de esa capacidad de ordenar. No hay sustitución clara: hay superposición, fricción, ambigüedad.
En este contexto, la presencia creciente de China no debe leerse solo como una expansión de poder material, sino como una forma distinta de habitar el orden internacional. A diferencia de la tradición occidental, que tendió a pensar el orden como algo normativo, universalizable y, en última instancia, justificable, China opera con una lógica más pragmática, casi silenciosa: no busca necesariamente “ordenar” el mundo en términos ideológicos, sino asegurar condiciones de estabilidad funcional para su propio despliegue.
Esto introduce una tensión filosófica de fondo: ¿el siglo XXI estará regido por un proyecto que pretende dar sentido al mundo o por uno que simplemente lo administra?
Medio Oriente es el laboratorio donde esta pregunta se vuelve concreta. Allí confluyen rutas energéticas, disputas militares, rivalidades históricas y la intervención —cada vez menos decisiva— de Estados Unidos. Pero también es el espacio donde se ensaya algo más inquietante: un mundo sin árbitro claro.
Un mundo donde múltiples potencias intervienen, negocian y compiten sin que ninguna pueda imponer un marco definitivo.
Desde esta perspectiva, afirmar que en Medio Oriente se decide si el siglo XXI será “chino” o un “epílogo estadounidense” es quedarse a mitad de camino. Tal vez lo verdaderamente disruptivo sea aceptar una tercera posibilidad: que no haya siglo de nadie.
Que estemos entrando en una era donde el poder ya no se traduce en hegemonía, y donde el orden —tal como lo conocimos— deja de ser una promesa para convertirse en una ilusión retrospectiva.
En ese sentido, Medio Oriente no es el centro porque allí se resuelva quién gana, sino porque allí se evidencia que tal vez ya no haya una victoria posible en los términos clásicos.
Y esa es una idea mucho más incómoda —y filosóficamente más radical— que cualquier disputa entre potencias.
