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Breve tratado sobre la energía alimenticia

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Por Florencia Sanz. 

¿Cómo se explica que los seres humanos renuncien a una vida genuina para entregarse, sin más, a funcionar dentro de una lógica que los vuelve previsibles, dóciles, repetitivos? Jornadas marcadas por horarios, filas interminables —hasta para pagar—, tiempo, fuerza y talento entregados a cambio de papeles que prometen sostener una vida que, en muchos casos, apenas se sobrevive.

No hace falta volver sobre las grandes explicaciones filosóficas. Ya se ha dicho mucho. Quizás convenga mirar algo más cercano, más cotidiano. Algo que hacemos todos los días: comer.

“Somos lo que comemos” es una frase repetida hasta el cansancio, pero rara vez pensada en su dimensión más concreta. No se trata solo de nutrientes o calorías, sino de la calidad —y la procedencia— de aquello que ingerimos. Animales criados en condiciones de encierro, adiestrados para crecer en volumen antes que en vitalidad; alimentos intervenidos, transportados, almacenados, despojados progresivamente de su frescura.

No es descabellado pensar que esa cadena también deja huella en quienes la consumen.

Cuerpos cansados, rutinas automatizadas, vidas que se deslizan entre obligaciones y traslados, como si todo estuviera coreografiado de antemano. Una repetición que, más que sostener, anestesia.

Tal vez haya algo de simetría en eso.

Una sociedad que acepta controles, encierros y recompensas, del mismo modo en que los alimentos que consume han sido producidos: bajo lógica de dominio, optimización y rendimiento. No como experiencia, sino como resultado.

Pero hay otra posibilidad.

El contacto directo con lo que se consume —conocer su origen, asumir su proceso, incluso su costo— transforma la relación. No se trata de romantizar ni de imponer un modelo, sino de recuperar una dimensión que ha sido desplazada: la conciencia.

Elegir qué comer también es, en algún punto, elegir cómo vivir.

Hay alimentos que fortalecen, otros que adormecen. Algunos que conectan con el entorno, otros que lo borran. No todo es intercambiable, aunque el sistema insista en que lo es.

Volver a las fuentes —en el sentido más amplio— no es un gesto nostálgico, sino una forma de interrumpir la inercia.

No se trata de pureza ni de extremos, sino de atención.

De preguntarse, incluso en lo más cotidiano, qué tipo de vida estamos alimentando.

Porque, en definitiva, no se trata solo de sobrevivir.

Se trata de no volverse indistinguible de aquello que nos domestica.

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