Por Juan Schmitt.
“Lo que llamamos realidad es solo un efecto de superficie.”
— Jean Baudrillard.
Hubo un tiempo en que creímos haber entendido cómo se organizaba el pensamiento. Lo imaginamos como un árbol: raíces firmes, un tronco central, ramas que se abrían en direcciones previsibles. Saber era ascender, ordenar, jerarquizar. Todo debía tener un origen, un desarrollo, una conclusión. La verdad se concebía como algo estable, situada en la cima de esa estructura.
Después vino la ruptura. Gilles Deleuze y Félix Guattari propusieron otra figura: el rizoma. Ya no había centro ni jerarquía. El conocimiento podía comenzar en cualquier punto, extenderse en múltiples direcciones, conectarse sin obedecer a un orden previo. Era una forma de pensar contra la estructura, contra la verticalidad del sentido, contra la idea misma de que el pensamiento debía responder a un principio.
Pero quizá hoy esa imagen ya no alcanza.
Porque lo que vemos no es solo una red que conecta, sino una trama más compleja, más silenciosa, más difícil de percibir. Una superficie que ya no se deja ver como tal porque opera por debajo, alterando aquello que toca.
El conocimiento ya no se comporta como un rizoma. Se parece más a un micelio.
El micelio no es visible. Es la red subterránea de los hongos, una estructura viva que se extiende bajo la tierra conectando organismos, intercambiando nutrientes, redistribuyendo energía. No solo comunica: transforma. No solo transporta: metaboliza. Lo que pasa por él nunca es lo mismo cuando sale.
Tal vez el pensamiento contemporáneo funcione de esa manera.
Las ideas ya no circulan intactas; se deforman, se mezclan, se recombinan. Lo que leemos no es lo que alguien escribió, sino lo que atravesó una serie de filtros invisibles: algoritmos, recortes, interpretaciones, repeticiones. En ese desplazamiento, como advierte Byung-Chul Han, la abundancia de información no produce necesariamente más verdad, sino una saturación que debilita la posibilidad misma de pensar. La transparencia no ilumina: puede, en su exceso, anular la distancia crítica.
Pero hay algo más inquietante.
El micelio no distingue entre lo que nutre y lo que descompone. Puede sostener la vida o acelerar la putrefacción. Puede alimentar un bosque entero o expandirse como una infección.
El conocimiento también.
Durante mucho tiempo creímos que el problema era la falta de información. Hoy el problema es otro: no sabemos qué parte de lo que circula nos está alimentando y qué parte nos está degradando. En este sentido, la noción de “ecología de la información” que propone Yuk Hui invita a pensar el conocimiento no como acumulación, sino como un entorno que puede ser cuidado o deteriorado.
Y sin embargo seguimos pensando en términos de red, como si conectar fuera suficiente. Como si toda circulación fuera valiosa. Como si el hecho de que algo se expanda garantizara su sentido.
Quizá ahí esté el error.
Porque lo que crece no siempre ilumina.
Lo que se multiplica no siempre enriquece.
Lo que se comparte no siempre piensa.
Tal vez el conocimiento ya no se construye en la superficie, donde creemos verlo, sino en esa capa subterránea donde todo se mezcla sin que podamos distinguir con claridad qué permanece y qué se pierde. Un espacio en el que, como señaló Michel Foucault, el saber no puede separarse de las condiciones que lo producen, de los dispositivos que lo organizan, de las relaciones de poder que lo atraviesan.
Y entonces la pregunta deja de ser cómo acceder a la información.
Pasa a ser otra.
Más incómoda.
Más urgente.
En medio de esta red que no vemos,
¿estamos aprendiendo…
o simplemente nos estamos descomponiendo juntos?
