Más que humanos

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Por Rodrigo Fernando Soriano.

La humanidad magnífica y herida.

Primera vez que tengo dudas sobre si escribir o no sobre un tema determinado. Nunca me gustó abundar. Por el contrario, me reconozco desde la novedad, desde la mirada polémica, desde lo que no se habló, desde lo que entiendo que puede generar al menos algo de incomodidad al lector. Justamente esto fue lo que me alentó a escribir -nuevamente- sobre Inteligencia Artificial: porque en realidad no voy a escribir sobre inteligencia artificial. 

Esta semana nos volvieron a inundar con artículos sobre la última encíclica papal, la primera de León XIV, titulada Magnifica Humanitas o “Magnifica Humanidad” para los hispanohablantes. La obra es hermosa; 110 páginas de un valor filosófico de disidencia que, de no tener a un Papa como autor, sería un bestseller. Lo digo en serio. 

De hecho, el mundo en redes habló toda la semana sobre esto: el mundo católico y no católico. Incluso los que se posicionan por fuera de la Iglesia lo reconocieron como el primer acto significativo contra el progreso desmedido. Bueno, casi todos: la mayor crítica fue en nuestro país, desde el sector “proge” que todavía conserva algunos adeptos nostálgicos de principios de la década pasada, empeñados en forzar constantemente la interpretación del artículo 2 de la Constitución Nacional.

Sucedió que todas las notas de opinión que leí, incluso de grandes portales, estaban redactadas con IA. Pero esa IA de la proposición adversativa. La asquerosa y repugnante. Justamente lo que la encíclica explica: la aceleración, la perfectibilidad y el rechazo por el error que nos lleva a llevar adelante nuestra vida diaria sin imprimir un mínimo de intelecto humano en nuestras creaciones. El afán de tener la novedad, la primera opinión sin dejar que una idea decante, pero a la vez perfecta, es lo que nos hace dejar de lado la humanidad que nos constituye. Mucha razón tiene el proverbio de Dolina: “La gente quiere haber leído y no leer”.

Puedo hasta afirmar, y sin temor a equivocarme, que presentar a León XIV como alguien que se posiciona contra la Inteligencia Artificial fue una estrategia de “gancho” para atraer lectores, porque la encíclica no es un documento que deba interpretarse como contraria a la IA. Más bien es una defensa de la humanidad frente a todo progreso que, bajo el lenguaje de la eficiencia, la productividad y la optimización, olvida que el ser humano no es un producto defectuoso a mejorar, sino una realidad magnífica, aunque herida, que debe ser custodiada. Aquí comienza, en rigor, mi columna. 

La Iglesia entendió el momento. Es llamativo, porque de trata de una institución que se le criticó -entre muchas otras críticas-, caminar por detrás de la evolución del hombre. Llegar tarde siempre. O, como critica Yuval Noah Harari, carecer de mecanismos eficaces de autocorrección. Esa lógica cambió. La vieja distinción entre derecha e izquierda no alcanza para explicar este conflicto. Siguen existiendo las mismas, pero el eje se desplazó: aceleración tecnocrática o deliberación humanista; eficiencia sin límites o progreso con custodia; innovar para dominar o innovar para generar comunidad entendida desde el bien común. La Iglesia parece ocupar hoy un lugar que cierta izquierda abandonó, el de una crítica moral al poder económico, técnico y colonial cuando se presenta bajo el nombre seductor de progreso.

Por eso es un error interpretar la Encíclica de manera aislada. La única lectura tiene que ser sistemática, primordialmente, por la institución que la emite, y también por los últimos documentos que publicó desde hace un año. La denuncia de deshumanización del progreso técnico fue lo que preocupó a Francisco en sus últimos días. De hecho, fue una de mis primeras entrega para esta revista. Francisco ya había advertido contra el paradigma tecnocráctico, la que se convierte en un poder autónomo. Cuando deja de servir y empieza a dominar. 

Uno de los hitos principales del pontificado de Francisco en este campo es la iniciativa llamada Rome Call for AI Ethics –Llamado de Roma por la Ética en la IA-, y posteriormente del Dicasterio para la doctrina de la Fe, la Cultura y la Educación, llamada Antiqua et Nova, es decir, la antigua y nueva sabiduría. Un documento que aborda los nuevos problemas desde las bases, desde lo antiguo y lo comprobado. 

Por eso la encíclica continúa en esa línea, porque la pregunta rectora que intenta responder no es si usamos o no la tecnología; esa disyuntiva es totalmente inútil. Así lo reconoce. Lo que se pregunta es bajo qué imagen del ser humano la usamos.

En sí, León XIV construye su tesis con base en dos historias. La elección de elegir historias para explicar me parece genial. El ser humano evolucionó a partir de relatos. Nos gustan; de niños nos sentimos tranquilos y seguros si nos cuentan una historia. Y la elección de estas historias me parece un gran acierto: La de la Torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén, que con Nehemías, se reconstruye pieza por pieza, como una “labor de responsabilidad compartida”. Presenta una marcada influencia agustiniana, ya que en numerosos pasajes -conté al menos 5- refiere a la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre. La Torre de Babel para el Papa representa a la Ciudad del hombre, construida desde el orgullo de dominarlo todo. Lo que somos criados bajo las enseñanzas católicas sabemos que esta alegoría servía para graficarnos la soberbia humana, y las ansias de poder. Pero acá se la toma distinto, porque el peligro real es la homogeneización extrema. 

Respecto de este tema, inmediatamente me vino a la cabeza el auge del Esperanto creado en 1887 creado por Zamenhof. Recordemos, era un idioma neutral y universal para fomentar la paz y la comunicación entre los pueblos. La encíclica echa por tierra esta idea, porque justamente su mensaje es descartar cualquier tipo de homogenización. La IA corre el riesgo de constituirse como un nuevo Esperanto algorítmico: una promesa de lenguaje común que, bajo la apariencia de comunicación universal, puede terminar borrando la diferencia humana.

Nos concibe como únicos e irrepetibles. Antes de hablar de humano, nosotros precedemos de un concepto que nos constituye: “Ser”. Claro, es el “Ser” Humano lo que nos define. Y el concepto Ser no vale por su utilidad, productividad, rendimiento ni eficiencia, sino que se explica ontólogicamente desde la dignidad. La poseemos por el mero hecho de existir. Somos en dignidad. La encíclica identifica como ideología adversaria aquella que atribuye mayor valor a quienes son más eficientes o productivos. Se contrapone a la estética fascista que inunda las redes sociales: la que llena de culpa a quien no hace series interminables de burpees a las cinco de la mañana, sumerge la cara en agua con hielo, y se desprende de cualquier tipo de placer, reduciendo a las mujeres como “distracciones” para su objetivo. Todo lo Incel.

Así, surge el concepto más hermoso y significativo de la encíclica: la custodia. Etimológicamente significa ejercer la acción de vigilar, proteger o salvaguardar algo valioso. Al referirse al acto de “Custodiar lo humano”, todo se transforma en algo superior: da valor al ser humano, cuida lo que parece extinguirse, protege lo que se ataca con el progreso técnico, y por sobre toda las cosas, realiza un acto de disidencia. Hacer disidencia no es simplemente dar una opinión distinta, sino defender lo que creemos que vale la pena defender; valorar aquello que nos constituye. 

El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa. Dirigirnos al otro con humildad. Y así lo propone cuando nos dice que la Iglesia no tiene la palabra definitiva pero reconoce la importancia de prestar atención a la investigación científica y de fomentar diálogos serio y leal entre los académicos. Dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad, la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad; son los principios que recupera de la Rerum Novarum y la doctrina social de la Iglesia. No es al azar la elección de nombre “León”. Redefine lo que entendemos por justicia social. 

También recupera a la Declaración Universal de los Derechos Humanos como una de las expresiones más altas de la conciencia humana: una traducción histórica de la dignidad intrínseca que la comunidad internacional está llamada a tutelar y promover. Los derechos humanos son inviolables porque son inherentes a la persona humana y a su dignidad. Habría que reenviarle este mensaje a cierto personaje de nuestro país.

Y eso que nos constituye, volviendo a lo antes dicho, se hace “edificando”. Por eso la Torre de Babel es tan presente en la encíclica. Edificar no supone únicamente construir o progresar. Da una noción que va mucho más allá, que es cimentar de forma firme. Trazar el “no” negociable para el progreso. Ese acto, es pura disidencia. Disidencia al progreso desmedido por parte del privado, a los lenguajes de poder, al imperialismo que no lo adjetiva como “neo-imperialismo”; es el mismo que encontró otras técnicas para dominar. A “desarmar” la IA, en el sentido de no usarla para técnicas de guerra, para construir paz. Edificar es construir con sentido humano. Presupone paciencia, comunidad, memoria, límite, orientación al bien. Por eso exclama: “El tiempo es superior al espacio”. Magnífico. 

Custodiar lo humano también supone un piso mínimo que no podemos perder. Se preocupa en dejar bien en claro que nadie pretende correrse del progreso técnico. Lo acompaña y le imprime humanidad digna. Proteger aquello sin lo cual el cambio se vuelve destrucción. Es asumir que sólo podemos ser más que humanos si primero no dejamos de ser humanos.

Esta nota se titula así: “Más que humanos”, porque es la frase más potente de la encíclica a mi modo de ver. En realidad es una estrategia argumentativa que se llama “retorsión”. Usa el argumento ex contrario para justificarse. El progreso de la técnica nos quiere hacer más que humano: permite competencias físicas con el uso permitido de drogas, que supere la propia biología del humano; expandir la inteligencia con la creación de un sistema de algoritmos sofisticados. León XIV dice que tenemos que ser más que humanos para trascenderse a sí mismo. Cita a Santo Tomás de Aquino, en este proceso de elevación y transformación que sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana, porque hay una distancia infinita entre nuestra naturaleza y la vida de Dios. Aceptemos, entonces, otra idea de trascendencia: una que nos reconoce finitos, humildes y necesitados del otro. Trascender es errar, pero para crecer; para un algoritmo el error es algo que hay que corregir, para una persona puede ser el inicio de un cambio profundo. 

Custodiar lo humano también es custodiar la palabra, el testimonio, la memoria, el dato, la prueba, el rostro del otro. No para caer en una ingenuidad antigua, ni para creer que alguna vez vivimos en un mundo puro, sin mentira ni manipulación. Tenemos que recordar que debe existir una mínima fidelidad a la verdad. Sin ella no hay justicia, ni democracia, ni humanidad compartida. La técnica sirve para multiplicar las voces, no para decidir por nosotros qué vale la pena decir. Puede ordenar la información, y no asumir el peso moral de la moral. Ese peso sigue siendo nuestro.

La Iglesia se colocó como la institución disidente en custodia de lo humano. Para los católicos y los no católicos. Se contrapone a los privados, y aquellos que manejan el lenguaje de poder que usan la comunidad para sus propios intereses. Es la que invita que seamos “más que humanos”; que busquemos trascender. Así será. 

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