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El ruido que piensa por nosotros

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Por Marcelo Velasco.

Montesquieu dejó escrita una frase que hoy parece venir desde otro planeta: nunca había tenido una pena que una hora de lectura no hubiera disipado. En su formulación original, la idea era todavía más profunda: el estudio había sido para él “el soberano remedio” contra los disgustos de la vida.

La frase suele circular como una postal amable para bibliotecas, ferias del libro o discursos escolares. Pero tal vez sea mucho más que eso. Tal vez sea una advertencia para nuestra época.

Porque no es que sufrimos por falta de información, sino por exceso de estímulo. No estamos desinformados por ausencia de datos, sino, muchas veces, por intoxicación de fragmentos. Nos llega todo: denuncias, audios, capturas, operaciones, placas, videos recortados, hilos explicativos, indignaciones prefabricadas, respuestas inmediatas, culpables instantáneos… pero que algo llegue rápido no significa que nos permita entender.

Vivimos informados y, al mismo tiempo, ansiosos. Pero esta ansiedad pública no es solamente una sensación individual multiplicada por millones de pantallas. Es una forma de organización del debate. Los medios aprendieron a monetizarlo, las redes aprendieron a distribuirlo y nosotros aprendimos a confundir esa agitación con participación ciudadana. Creemos estar atentos, pero muchas veces estamos simplemente alterados.

Cada día aparece un tema que exige una posición inmediata. No alcanza con saber: hay que reaccionar. No alcanza con leer: hay que opinar. No alcanza con dudar: hay que ubicarse de un lado o del otro. La pausa —para reflexionar— se volvió sospechosa. La tonalidad, tibieza. La prudencia, complicidad. Y el silencio, cobardía. En ese clima, leer se vuelve un acto casi indisciplinado, sin valor.

Leer, de verdad, no es deslizar el dedo sobre una pantalla ni consumir titulares hasta que todos parezcan decir lo mismo. Leer es demorarse. Es aceptar que una frase puede necesitar contexto, que un expediente no cabe en una placa, que una ley no se explica con una consigna, que una declaración jurada no se entiende sin fechas, bienes, deudas, rectificaciones y organismos de control. Leer es admitir que el mundo no siempre entra en la velocidad de nuestra bronca.

Actualmente existe un ecosistema informativo cada vez más atravesado por redes sociales, videos, creadores de contenido e inteligencia artificial; es decir, nos informamos mientras hacemos otras cosas en línea.

Pero eso no significa que la tecnología nos genere nostalgia. No se trata de idealizar el diario de papel ni de creer que lo de antes era profundo o una virtud. El problema no es el soporte —repito—, el problema es el tipo de atención que estamos entregando.

Una sociedad puede cambiar de medios sin perder pensamiento. Lo grave es cambiar pensamiento por reflejo o por la frase “opino igual”.

La ansiedad pública funciona así: primero nos acelera, después nos simplifica y, finalmente, nos disciplina. Nos acelera porque nos obliga a responder antes de comprender. Nos simplifica porque reduce los hechos. Y nos disciplina porque castiga cualquier intento de opinión diferente.

El resultado es una ciudadanía exhausta, saturada. Y ahí aparece la lectura como una línea de escape: no como una evasión, no como refugio cómodo para quienes pueden mirar el mundo desde lejos. Leer no es escaparse de la realidad. Es escaparse de la forma más pobre de la realidad: aquella que nos llega editada para que reaccionemos antes de pensar.

Leer una sentencia, una ley, una declaración jurada, una investigación seria o incluso una buena novela exige algo que el presente desprecia: tiempo interior. Ese tiempo no es improductivo. Es el lugar donde se forma el juicio. Sin lectura, la opinión se vuelve eco.

Sin pausa, la indignación se vuelve reflejo. Y sin contexto, la verdad se vuelve apenas una impresión.

Esto vale especialmente para el derecho. Vivimos rodeados de palabras jurídicas usadas como armas emocionales: denuncia, imputación, corrupción, sobreseimiento, enriquecimiento ilícito, presunción de inocencia, transparencia, casta, privilegio. Cada palabra entra al debate público cargada de sentido, pero muchas veces vaciada de precisión. Se usa para pegar, no para comprender.

Entonces una denuncia se convierte en condena si afecta al adversario. Una rectificación se convierte en trámite menor si involucra al propio espacio. Una garantía constitucional se defiende cuando protege a los nuestros y se ridiculiza cuando alcanza a alguien que detestamos.

Eso no es justicia. Es ansiedad con vocabulario legal.

Por eso la lectura importa: porque leer obliga a separar lo que la ansiedad mezcla. Una cosa es una sospecha. Otra, una prueba. Una cosa es una omisión administrativa. Otra, un delito. Una cosa es la responsabilidad penal. Otra, la responsabilidad política. Una cosa es exigir explicaciones. Otra, pedir linchamiento. El pensamiento democrático depende de esas distinciones.

La ansiedad pública quiere todo junto y todo ya. Quiere culpables antes que procesos, consignas antes que argumentos, escándalos antes que instituciones. No busca comprender el poder: busca consumirlo como espectáculo.

Por eso Montesquieu no debería aparecer aquí como una cita decorativa, sino como una provocación. ¿Qué significa hoy que una hora de lectura pueda aliviar una angustia?

No significa que leer cure la incertidumbre. No significa que un libro pueda resolver la pobreza, la corrupción, la violencia o el deterioro institucional. Sería ingenuo reducir los problemas públicos a una recomendación de lectura. Significa otra cosa: que la lectura puede devolvernos una forma menos servil de estar en el mundo, porque servil es repetir frases ajenas como si fueran propias. Servil es defender garantías solo cuando conviene.

En definitiva, servil es llamar pensamiento objetivo a mi prejuicio, pero redactado cordialmente. Por ello, leer interrumpe esa servidumbre.

Una hora de lectura no elimina la angustia pública, pero puede desarmar su mecanismo. Nos obliga a respirar antes de compartir. A preguntar antes de acusar. A distinguir antes de obedecer. A sospechar no solo del poder, sino también de nuestra propia necesidad de tener razón demasiado rápido. Esa es, quizás, la forma más incómoda de libertad: no dejar que otros administren nuestra ansiedad.

Hoy se habla mucho de libertad, pero poco de atención. Y sin atención no hay libertad real. Una persona que no puede detenerse, que no puede leer más de dos párrafos sin ansiedad, que necesita una conclusión inmediata para cada conflicto, que solo tolera ideas empaquetadas en frases breves, no está plenamente libre: solo está disponible.

Leer es recuperar soberanía sobre la propia atención. En ese sentido, una hora de lectura puede ser más importante que cien posteos. Tal vez por eso leer alivia. No porque nos saque del conflicto, sino porque nos devuelve al conflicto con mejores herramientas. Nos permite volver al mundo menos confundidos, menos manipulables, menos dispuestos a confundir ruido con verdad.

Montesquieu hablaba de una pena personal. Nosotros podríamos hablar de una pena colectiva: la de una sociedad que sabe demasiado y comprende demasiado poco; que opina todo el tiempo, pero escucha cada vez menos; que exige transparencia, pero no siempre lee los documentos; que denuncia la manipulación, pero se deja manipular por la primera emoción disponible.

Frente a eso, leer no es un lujo. Es una defensa. Una hora de lectura no arregla el mundo.

Pero puede impedir que el mundo piense por nosotros.

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