Por Leandro Bruni.
Las elecciones legislativas de medio término suelen funcionar como un plebiscito: la ciudadanía responde si aprueba o desaprueba la gestión del gobierno que transita la mitad de su mandato. Esta lógica no solo aplica al escenario nacional, sino también a nivel provincial e incluso local. En definitiva, lo que está en juego es lo que los politólogos denominan accountability: si la rendición de cuentas es positiva, el oficialismo debería salir fortalecido.
La dificultad, como sucede con toda regla general, es trasladarla del plano teórico al práctico. Los procesos electorales no están determinados de antemano; cada estrategia debe definir cuál es el “terreno de campaña” más favorable para su candidato, y diseñar su comunicación en función de ello. No todas las elecciones legislativas son plebiscitarias en sentido estricto. A veces, el terreno de la campaña no es evaluar la gestión, sino elegir entre la continuidad de lo nuevo o el regreso de lo viejo.
Si las imágenes que hoy muestran la mayoría de los estudios de opinión pública se mantienen en los próximos seis meses, el gobierno de Javier Milei podría esperar un buen desempeño en los comicios nacionales. Si se tratara de una elección plebiscitaria, su principal activo electoral sería la percepción de una mayoría del electorado en torno a la reducción de la inflación y cierta estabilización económica tras casi dos años de gestión. En cambio, si la elección se enmarca como una disputa entre el regreso del kirchnerismo y la continuidad del actual rumbo, el fuerte rechazo a las figuras más visibles de la oposición, la escasa adhesión a sus candidaturas y la falta de claridad sobre el rumbo que proponen podrían inclinar la balanza a favor del oficialismo.
Aun en caso de un triunfo, es necesario que tanto ganadores como perdedores mantengan la cautela de cara a 2027. La experiencia reciente de la política argentina ofrece razones para ello. Si se analizan los nueve resultados de elecciones legislativas nacionales entre 1987 y 2021, se observa una leve tendencia (55,6%) según la cual quien gana las legislativas, también gana la presidencial siguiente. Sin embargo, desde 2009 la tendencia se invierte: quien gana las legislativas, pierde las presidenciales. Mientras que cinco de los seis comicios legislativos posteriores a 1983 anticiparon correctamente al futuro presidente, ninguno de los cuatro posteriores a 2007 logró hacerlo. El punto culminante de esta nueva lógica puede verse en el ciclo 2019–2021–2023: en cada una de esas elecciones, el electorado eligió algo diferente entre las legislativas y las ejecutivas. La nueva tendencia electoral argentina es clara: el voto rechazo.
En este contexto, las elecciones legislativas de 2025 deben leerse menos como un pronóstico lineal hacia 2027 y más como una fotografía del presente: una instancia donde el oficialismo puede reforzar su legitimidad, pero también donde la oposición tiene la oportunidad de reorganizarse y disputar el sentido del rumbo futuro. En una sociedad cada vez más volátil y menos alineada partidariamente, las victorias intermedias no garantizan triunfos futuros. Comprender esta dinámica será clave para quienes aspiran a construir mayorías sostenibles más allá del corto plazo.