Por Daniel Posse.
María Luisa bajó del tren. Esperó desde el andén reconocer el pasado, pero no hizo demasiado esfuerzo porque todo estaba igual; era como si el tiempo no hubiera transcurrido. El pasado era presente, inamovible y eterno. Salió despacio de la estación y encontró las primeras casas: seguro eran de los empleados. Estaban intactas, con sus galerías de tejas pintadas de rosa viejo, con sus jardines a toda primavera. Las fachadas demostraban que no había diferencia entre la campiña francesa y Santa Ana. Parecía mentira que su padre hubiera construido ese lugar, ese pedazo de paraíso en esa tierra olvidada por Dios, acosada por el calor, la humedad del trópico y los enjambres de moscas.
El regreso fue más placentero de lo que esperaba. Desde hacía tiempo su familia no vivía allí. Después de la muerte de su padre, ninguno quiso volver de Francia. Al ver que todo estaba intacto, sintió la seguridad de que el espíritu de su progenitor cuidaba que todo siguiera igual. Continuó caminando. Al girar en una esquina se encontró con el parque; los árboles plantados por su padre parecían saludarla. Por un momento creyó ver en ellos el gesto de un acto de rendición de honores a la heredera.
Cruzó por entre la arboleda hasta llegar al lago; buscó debajo del puente de madera blanco, tratando de ver los juegos y los gestos de su padrino Argentino Roca. Los recuerdos de las siestas en su infancia la llenaron de nostalgia y sus ojos se volvieron llorosos. Salió del parque y se enfrentó con el Ingenio. La enorme mole, producto de la inteligencia humana, lanzaba humo y cachaza; la melaza texturaba el aire. Parecía estar fornicando con la barbarie para construir esa porción del edén. Estaba ahí frente a sus ojos, gris rojizo, pero inalterable, como un Atlas que sostenía ese mundo.
Detuvo su andar, extasiada; cerró los ojos para mirar hacia adentro, hacia la memoria. Los abrió y contempló la chimenea. Sentía ser parte de un rito en el que se rendía culto a un tótem gigantesco, nexo con algún dios; nexo con su sangre, con su alma. Era el nudo de las vidas, donde convergían jugo y caña para parir azúcar. Esa mutación vital justificaba cada acto de ese mundo, incluyendo el infierno de las calderas y el pequeño mundo de las colonias, en las que una suerte de purgatorio se propagaba hasta en los sueños. Le pareció una atrocidad, pero como buena creyente aceptaba a ciegas que no hay paraíso sin infierno. Dio una vuelta por las casas de los obreros; por un instante tuvo la sensación de estar viendo las celdas de una gigantesca colmena. En la niñez, todas esas calles le daban la impresión de pertenecer a un inmenso laberinto que su padre hurtó a algún personaje mítico.
Apareció la casa. Cuando surgió ante su mirada, un sabor rancio le inundó la boca. Tuvo una sensación agridulce que brotó de la nada. Ahí recordó de nuevo sus juegos y el canto de su madre en las mañanas. De pie en el portal se llenó de desolación; entonces notó que faltaba algo. Miró hacia ambos costados del umbral y sintió la ausencia de los leones, esos inmensos felinos de bronce que custodiaban la entrada.
La angustia se apoderó de su pecho, oprimiéndolo hasta que le costó respirar. Los recuerdos se agolparon violentamente en su cabeza; eran como estacas que se clavaban en sus sienes. Empezó a ver todo devastado a su alrededor. La fábrica era solo un montículo de hierros retorcidos y oxidados, donde los ladrillos se sembraban deshechos, haciendo de la calle un gran patio de escombros. Las casas se transformaron en cuevas donde la miseria anidaba a llantos. El parque solo era un cerco abarrotado de malezas y pasiones oscuras. El grito nació desde las entrañas como un alud de rugidos ásperos. Ese eco feroz, pero impotente, se expandió como una peste. Se sintió mareada y cayó.
Las enfermeras corrieron, la levantaron, y una dijo:
—Creo que debería estar encerrada y no deambular por el hospital; está loca, puede ser peligrosa.
Los gritos del miro- De Sueños y Azar- Editorial América 2004
