InicioCuentoInesperado

Inesperado

Publicado el

Por Daniel Posse.

— ¿Quién es?

—Soy Demetrio.

Rosa Ventura abrió la puerta sin titubear. El sol del mediodía caía a plomo en la calle, mientras adentro el péndulo del reloj grande de la sala golpeaba las doce con una gravedad metálica. Sin embargo, al verlo recortado contra el umbral, algo en él se desdibujó. Era su vecino de al lado, el hombre siempre dispuesto a colaborar, el que saludaba cada mañana con una amabilidad impecable. Pero ahora, al encontrarse casi frente a frente, el iris azul de Demetrio se materializó frío, distante, envuelto en un halo de dureza mineral. Rosa no comprendió por qué la piel se le erizó de golpe. Su mente se convulsionó como un enjambre de aguijones que se dispararan en simultáneo contra su propio ser, pero el miedo la obligó a permanecer inmóvil, atrapada en el marco de la entrada.

La mano de él, áspera y cargada con un olor rancio a sudor, le tapó la boca antes de que pudiera reaccionar. En la garganta de Rosa ni siquiera llegó a gestarse el alarido. Demetrio la empujó con la brutalidad de su peso. Cuando la puerta se cerró sola, arrastrada por una ráfaga de viento que lamió el pasillo, él le desgarró el vestido, trepando por su anatomía con una determinación milimétrica y salvaje. Con una sola mano le envolvió el cuello; apretó los dedos con fuerza de tornillo hasta que los ojos de la mujer se desorbitaron y el aire dejó de entrar en sus pulmones.

El hombretón de casi un metro noventa, blanco, atiborrado de vello espeso y surcado por venas azuladas que latían bajo la presión, se detuvo un instante a contemplar el cuerpo inerte. Se sintió colosal, más grande de lo que jamás se había imaginado. La piel morena de Rosa contrastaba de forma dramática con su propia palidez enfermiza. Con parsimonia, le quitó los jirones del vestido y el portasenos, acariciando por un breve segundo los senos, menos oscuros que el resto de los miembros fijos. Bajó la mirada hacia el vientre, pero no se atrevió a tocar la bombacha. Desvestirla por completo le pareció un sacrilegio insoportable para su propia y desquiciada moral.

El día apenas avanzaba hacia la siesta cuando Demetrio, con movimientos casi litúrgicos, le cerró los párpados y le cubrió la cabeza con un mantel floreado. Luego, inclinó su pesado torso, acercó las mandíbulas hacia uno de los muslos inmóviles y mordió. El bocado enorme, crudo y sangriento, le inundó la boca de una calidez espesa. Lejos de detenerlo, el sabor del hierro aceleró las dentelladas. Un apetito voraz, ancestral y ciego lo impulsó a desgarrar la carne con frenesí hasta que los dientes chocaron secos contra el hueso.

Afuera, la calle seguía exactamente igual. El sol continuaba entibiando las veredas y el eco del barrio transcurría sin alterarse, porque lo inesperado solo había sido un instante. Una chispa atroz que, para Rosa, se transformó en la eternidad.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

La desidia

Por José Mariano. «Que las cosas sigan así, esa es la catástrofe.» — Walter Benjamin ¿Por qué...

Verba sunt res

Por Daniel Posse. Las palabras son las cosas El Ente Cultural de Tucumán: Entre la Realidad...

Pobreza planificada

Por Enrico Colombres.  «La verdadera justicia consiste en la creación de igualaciones de libertad como...

La metamorfosis del outsider

Por Ignacio Chasco Olaizábal. “Quien lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él...

Más noticias

La desidia

Por José Mariano. «Que las cosas sigan así, esa es la catástrofe.» — Walter Benjamin ¿Por qué...

Verba sunt res

Por Daniel Posse. Las palabras son las cosas El Ente Cultural de Tucumán: Entre la Realidad...

Pobreza planificada

Por Enrico Colombres.  «La verdadera justicia consiste en la creación de igualaciones de libertad como...