Por José Mariano.
«Que las cosas sigan así, esa es la catástrofe.»
— Walter Benjamin
¿Por qué convivimos con lo que sabemos que está mal? ¿Cuándo dejamos de esperar que las cosas funcionen? ¿En qué momento el deterioro comenzó a parecernos inevitable?
Decir que no nos importa nada sería fácil. También sería injusto. Muchas veces, la indiferencia es apenas la forma visible del cansancio. Trabajamos, nos trasladamos, sostenemos una casa, cuidamos a nuestros hijos, tratamos de conservar los afectos y llegamos al final del día con pocas fuerzas. Para una parte de la población, esta descripción resulta familiar. Hay otra parte que vive rodeada de urgencias y escasez, sin disponer siquiera de su propio tiempo. Apenas logra sobrevivir.
Y ocuparse del mundo común requiere tiempo. Hay que advertir el problema, comprenderlo, encontrar la manera de reclamar y aceptar que todo el esfuerzo puede terminar en nada. La vida pública exige una disponibilidad que la vida cotidiana consume. Detenerse a pensar lo que nos sucede se ha convertido en un lujo.
En ese desgaste aprendemos la desidia. No tiene aulas ni maestros. Se compone de pequeñas derrotas. El teléfono que nadie atiende enseña a no llamar. Un mail que nadie contesta enseña a no escribir. El expediente que circula sin llegar a ninguna parte enseña que nadie asumirá la responsabilidad. Cualquier reclamo ignorado confirma que nuestra intervención carece de consecuencias.
El Estado ocupa un lugar decisivo en este aprendizaje, aunque ningún ciudadano se forma en un solo ámbito. También educan el trabajo, la escuela, la familia, el mercado, los medios y las redes. El cansancio reduce el tiempo dedicado a los demás. La incertidumbre encierra la atención en el presente. Las instituciones desalientan y las redes convierten muchas veces la participación en una reacción instantánea. La repetición termina haciendo el resto.
Nadie necesita ordenarnos que abandonemos el espacio público. Basta con organizar la vida de manera que ocuparnos de él resulte casi imposible. El deterioro agota y el agotamiento permite que el deterioro continúe. Reconocemos lo que está mal, nos indignamos y después resolvemos individualmente, como podemos, aquello que debería tener una respuesta colectiva.
La industria del entretenimiento entra en ese circuito. Ya no ocupa una parte del tiempo libre. Cubre cada intervalo con una sucesión interminable de estímulos. Donde podría aparecer un poco de silencio, aparece una pantalla.
Quien busca distraerse después de una jornada agotadora no necesita una condena. Necesita alivio. El entretenimiento ofrece compañía y un escape momentáneo. Precisamente por eso funciona. El cansancio nos lleva a la pantalla, la pantalla ocupa el tiempo del descanso y al día siguiente regresamos a una vida que nos deja todavía menos energía. Es un escape que ayuda a soportar el presente. Pero no conduce fuera de él.
La desidia alcanza su forma más profunda cuando dejamos de imaginar que algo puede cambiar. Podemos anticipar nuevas tecnologías, gobiernos y consumos, pero nos cuesta pensar una vida organizada de otra manera. El futuro admite novedades, aunque parece haber perdido la posibilidad de algo verdaderamente nuevo. Ya no funciona como promesa ni como territorio en disputa. Se ha convertido en una palabra que preferimos evitar.
Ese fantasma atraviesa nuestra época. La dificultad para proyectar, la ansiedad y la ironía frente a cualquier esperanza forman parte de un mismo clima. El desencanto adquirió el prestigio de la lucidez. Quien todavía cree que algo puede cambiar parece ingenuo. Quien se adapta parece haber comprendido el mundo. El presente se vuelve insoportable y el futuro, inimaginable. Entre ambos crece la desidia.
Este clima resulta conveniente para cualquier gobierno. El poder puede convivir con la furia, la burla y la denuncia mientras permanezcan dispersas. Una sociedad puede hablar todo el día de sus problemas y perder la capacidad de intervenir sobre ellos. La propia crítica entra en el circuito del entretenimiento. Circula, provoca reacciones, ofrece un desahogo y desaparece bajo la indignación siguiente.
Así se reproduce la desidia. Convierte los problemas comunes en desgracias privadas. Cada familia busca su seguridad, cada trabajador intenta conservar su empleo y cada ciudadano salva lo que todavía tiene a su alcance. El espacio compartido queda abandonado porque nadie se reconoce con fuerzas suficientes para transformarlo.
Esta desidia no es una esencia ni un defecto moral de los pueblos. Es una conducta producida por el cansancio, el aislamiento, las derrotas acumuladas y la pérdida de toda expectativa. Hemos aprendido a tolerar el deterioro, a desconfiar de nuestra capacidad y a vivir cada problema como una batalla personal. Continuamos porque detenerse exige tiempo, reclamar exige fuerzas e imaginar algo diferente exige recuperar una relación con el futuro.
La desidia triunfa cuando soportamos un presente que sabemos injusto y consideramos imposible cualquier vida diferente. Comienza a perder su eficacia cuando volvemos a imaginar que el mundo común también puede pertenecernos.
Esto es Fuga.
Edición 62.
