Por Hugo Robles Lama.

Bocadillos
Dardinac, que carga con la fatiga del oficio como quien arrastra una gabardina mojada, simplemente no puede entenderlo. Le resulta inconcebible esa devoción casi religiosa que Ache le profesa a los cómics: para un detective hecho y derecho, todo ese artificio de héroes de papel, globos de texto y bestias que hablan no es más que una pérdida de tiempo, un universo ridículo y ajeno. Claro que la venta de los derechos para la novela gráfica y la serie animada cambió las cosas, pero no por arte de magia ni por revelación estética, sino por la vulgar y contundente aritmética de los números. Un acuerdo financiero formidable, de esos donde la acumulación de ceros en el cheque tiene la propiedad de disolver cualquier escrúpulo sobre la alta cultura, los géneros menores o la dignidad artística. Sin embargo, hay un fantasma que a Dardinac le sigue rondando la cabeza, una espina que jamás pudo arrancarle a su memoria: aquella maldita reseña que Ache incrustó en medio de una de sus novelas, justo antes de dar el portazo final:
Will Eisner sabía que la verdadera tragedia no necesita gritos, sino melodía. Por eso llamó Ópera a esa secuencia de tinta china donde un tipo en camiseta de tirantes atiende el teléfono en un departamento cualquiera de Nueva York. Son las notas musicales las que flotan en el aire antes del desastre, un contrapunto absurdo mientras el timbre repica. «Sí, soy su marido», dice, y en tres viñetas el mundo se le viene abajo. El trazo grueso de Eisner captura la angustia en los nudillos que se clavan en las sienes, en el frenesí de ponerse la chaqueta a medio vestir, en la carrera desesperada bajando las escaleras hacia la noche.
Ahí empieza la segunda escena, el contrapunto melancólico. El tipo va en el asiento trasero de un taxi. El chofer maneja sin apuro, silbando una tonada que flota en forma de corcheas sobre el tráfico, ajeno por completo al fantasma que lleva atrás. El taxi frena de golpe frente a la puerta de Urgencias del Hospital Bleeker. Hay un cartel que exige Zona de Silencio, pero la ciudad es un rugido de onomatopeyas. El hombre entra. Luego la luna llena domina la fachada durante una espera interminable, hasta que las puertas se abren y el tipo sale caminando despacio, derrotado, con la cabeza gacha. La vida de su mujer se apagó adentro, pero afuera la ciudad sigue girando con una crueldad indiferente.
El tramo final es puro dolor urbano. El hombre camina entre marquesinas de cine para adultos, muchedumbres anónimas y el estruendo de un tren elevado bajo el que aulla una patrulla. Busca refugio en la penumbra de Eddie’s Bar. Se sienta solo a una mesa, apoyando la barbilla en la mano, contemplando una jarra de cerveza intacta. Al fondo, el barman pone una moneda en la sinfonola. De la máquina vuelven a brotar esas mismas notas musicales con las que empezó todo, cerrando el telón de una ópera en tres actos donde la música de la ciudad continúa, implacable, mucho después de que se acabe el amor.
Ache debe hacerse los exámenes rutinarios para un hombre de su edad.
La noche anterior se le coló en el sueño una chica de pantalla, una de esas chicas de hoy que se ganan la vida hablándole a la nada. En el sueño, ella explicaba la teoría del color fisiológico de Goethe y él era el tipo detrás de la cámara, sosteniendo el pulso. Pero había un truco, una pequeña trampa de la memoria: el cuarto que devolvía el visor no era el cuarto donde estaban parados. En la pantalla, la influencer, con un español neutro y aséptico que parecía venido de ninguna parte, le pedía al espectador que cerrara los ojos para experimentar la luz de Fausto, ese rojo que solo existe detrás de los párpados. Del otro lado del lente, la realidad era bastante más cruenta: la casa donde grababan ese pequeño disparate era el salón de Ache, en pleno Beirut, mientras en la habitación continua dormían, al abrigo de las bombas o del milagro, su mujer y sus hijos.
La mujer de voz sensual y español neutro se le acerca, desnuda.
Todo entra en interferencia. En la inauguración de una exposición, vuelan los catálogos de Justo, ese curador y crítico independiente que ahora le habla a una platea fantasmal, a una concurrencia indefinida que apenas adivinamos entre sombras y toses, a destiempo. De golpe, Justo descubre a Ache entre el público; lo mira fijo y, mientras gesticula para una pista de audio que va por otro lado, le habla solo a él con una segunda voz, íntima, casi clandestina. Ache embiste el cuerpo de la influencer con un pulso atávico, primitivo. Mientras tanto, Justo pontifica sobre los distintos tipos de costura en la encuadernación. En la pantalla, la mujer del acento neutro sigue ahí, con los ojos cerrados. El curador se entusiasma ahora con un separador de libros metálico, uno de esos que terminan en una borla llamativa, francamente ineludible. La influencer se viste, abre de par en par las ventanas y se echa perfume. En la pantalla continúa con los ojos cerrados, pero ahora se le superpone una frase, un letrero lapidario: “Ver de nuevo”. La voz de Justo se vuelve una sola, me mira fijo, casi con ternura, y de pronto todo se transforma en aplausos.
Ache se ve a sí mismo, llorando entre los escombros de su casa en Beirut.
Dardo le acerca un pañuelo blanco. Ache se seca las lágrimas, en silencio. Dardo se queda mirando la máquina de escribir. Ache, vencido, permite que el detective lo acompañe a tomarse las muestras.
No son solo las viñetas y los textos de relevo los que separan a Dardinac de Dardo: entre uno y otro hay, sencillamente, un abismo de bocadillos de diferencia.
