Por Gabriela Suárez.
La historia de una ciudad que nunca estuvo completamente perdida y de un explorador que consiguió algo más poderoso que encontrarla: consiguió contarle al mundo cómo debía recordarla.
Durante mucho tiempo, una escena pareció formar parte de la memoria universal: julio de 1911, los Andes peruanos, un explorador estadounidense avanzando entre la vegetación hasta encontrarse, casi por azar, con una extraordinaria ciudad de piedra. Su nombre era Hiram Bingham y aquella ciudad sería conocida mundialmente como Machu Picchu.
La imagen era perfecta. Una ciudad perdida. Una civilización desaparecida. Un explorador extranjero que descorría el velo de la selva y revelaba ante Occidente uno de los grandes misterios de América.
Pero la historia, cuando se la observa de cerca, rara vez es tan perfecta.
Machu Picchu no fue descubierta por Bingham en el sentido literal. Cuando llegó en 1911, pobladores de la región ya conocían el lugar. Entre ellos estaba Agustín Lizárraga, agricultor cusqueño que había visitado las ruinas en 1902, acompañado por Enrique Palma y Gavino Sánchez. Una inscripción encontrada en una de las estructuras llevaba el nombre “Lizárraga 1902”. La propia fotografía tomada por Bingham durante su primera visita conserva esa evidencia. (Agencia Andina)
La cuestión no es, entonces, simplemente quién puso primero los pies allí. La verdadera pregunta es otra: ¿quién consiguió convertirse en el descubridor ante los ojos del mundo?
Y allí comienza una historia mucho más compleja.
Bingham no fue un personaje irrelevante. Sería injusto reducir su trayectoria a la de un impostor. Sus expediciones contribuyeron enormemente a que Machu Picchu ingresara en la investigación arqueológica internacional. Sus fotografías, publicaciones y contactos con instituciones como Yale y la National Geographic Society hicieron que un sitio prácticamente desconocido para la opinión pública internacional adquiriera una dimensión mundial.
El problema aparece cuando se observa cómo evolucionó su propio relato.
En sus primeros registros, Bingham sabía que otros peruanos habían llegado antes. Incluso llegó a identificar a Lizárraga como el descubridor en sus anotaciones de 1911. Años después, en Inca Land, todavía mencionaba que Lizárraga había dejado su nombre en las piedras de Machu Picchu.
Pero en su relato posterior, particularmente en Lost City of the Incas (1948), aquella presencia quedó considerablemente desplazada. La narración del explorador adquirió una estructura mucho más cercana al mito del descubrimiento personal. Investigaciones históricas han documentado esa transformación entre sus primeras anotaciones y sus publicaciones posteriores.
La contradicción resulta fascinante porque no depende únicamente de testimonios ajenos.
Está en sus propios documentos.
Existe una ironía extraordinaria en esta historia.
Bingham fotografió la inscripción de Lizárraga.
La fotografía permaneció.
El relato cambió.
En una imagen tomada el 24 de julio de 1911, en el Templo de las Tres Ventanas, puede distinguirse la inscripción atribuida a Agustín Lizárraga: “A. Lizárraga 1902”. La evidencia fotográfica forma parte actualmente de los registros históricos relacionados con la expedición de Bingham.
Posteriormente, Bingham ordenó eliminar los grafitis y firmas que encontraba en las paredes. En sus publicaciones describió la eliminación de aquellas marcas dejadas por visitantes peruanos. La inscripción de Lizárraga fue borrada físicamente, pero su fotografía permaneció como una especie de testigo silencioso.
Es una imagen que resume buena parte del problema histórico: la piedra podía ser modificada; el documento, no tan fácilmente.
Una de las partes más conocidas de esta historia involucra a Alfred M. Bingham, hijo de Hiram.
La historiadora peruana Mariana Mould de Pease ha señalado que Alfred, al trabajar sobre la vida de su padre, encontró documentación que reforzaba una cuestión incómoda: el propio Hiram Bingham había registrado que Agustín Lizárraga era el descubridor de Machu Picchu.
Pero aquí conviene hacer una distinción importante: no fue simplemente que “el hijo descubrió que su padre había mentido” y todo quedó resuelto. La evidencia es más compleja y proviene de diarios, fotografías, publicaciones, testimonios y documentos que permiten reconstruir cómo fue cambiando el relato.
La historia no necesita una escena de confesión.
La documentación habla por sí misma.
Quizás la respuesta más honesta sea: depende de qué entendamos por “descubrir”.
Si descubrimiento significa ser la primera persona moderna en llegar físicamente a las ruinas, Bingham no fue el primero. Lizárraga estuvo allí en 1902 y probablemente otros pobladores locales conocían el lugar antes que él.
Si significa llevar el sitio al conocimiento de la comunidad científica internacional, Bingham desempeñó un papel extraordinariamente importante.
Pero existe una tercera dimensión: quién tuvo la autoridad para convertir su versión en la historia oficial.
Y aquí aparece una cuestión fundamental para cualquier estudiante de Historia, Antropología, Comunicación o Ciencias Sociales: la historia no está compuesta solamente por acontecimientos. También está compuesta por documentos, instituciones, publicaciones, fotografías y relaciones de poder.
Durante décadas, el nombre de Bingham quedó asociado a Machu Picchu porque él poseía algo que los habitantes locales difícilmente podían poseer en las mismas condiciones: acceso a universidades, revistas internacionales, financiamiento, redes académicas y capacidad para publicar su versión.
La diferencia no estaba necesariamente en quién conocía el lugar.
Estaba en quién podía hacer que el mundo escuchara su relato.
Y aquí es donde resulta necesario detenerse.
Hablar de Machu Picchu solamente como “el descubrimiento de Bingham” termina colocando a un explorador del siglo XX en el centro de una historia que comenzó siglos antes.
Machu Picchu pertenece a la extraordinaria tradición de la civilización inca, una sociedad que construyó redes agrícolas, caminos, centros ceremoniales y espacios urbanos en uno de los territorios geográficamente más complejos del continente americano.
La arquitectura de sus construcciones no es únicamente monumental. Es también una expresión de conocimiento: adaptación al terreno, manejo del agua, agricultura en terrazas, planificación y comprensión del paisaje.
Por eso, llamar a Machu Picchu simplemente una “ciudad perdida” puede resultar engañoso.
No era una ciudad sin historia esperando a que alguien la encontrara.
Era parte de una civilización que había desarrollado su propio orden político, religioso, económico y territorial.
La palabra “perdida” describe mucho más la relación que tuvo Occidente con el sitio que la relación que tuvieron necesariamente las comunidades andinas con su propio territorio.
Tal vez la mayor paradoja de esta historia sea que Bingham consiguió exactamente aquello que ningún descubridor puede controlar por completo: entrar en la memoria colectiva.
Hoy millones de personas conocen el nombre de Machu Picchu. Las fotografías de Bingham contribuyeron decisivamente a ese reconocimiento internacional.
Pero mientras más documentos aparecen, más complejo se vuelve el relato.
La fotografía de Lizárraga permanece.
Los diarios permanecen.
Los mapas permanecen.
Las publicaciones permanecen.
Y también permanece la propia Machu Picchu.
Piedra sobre piedra, continúa recordando que las civilizaciones no necesitan ser descubiertas para haber existido.
Quizás por eso la historia de Machu Picchu no debería contarse como la historia de un estadounidense que encontró una ciudad perdida.
Debería contarse como la historia de una civilización que construyó un lugar extraordinario, de comunidades que conservaron el conocimiento de su existencia y de un explorador que consiguió darle una dimensión mundial, pero cuyo relato terminó siendo revisado por las mismas evidencias que dejó detrás de sí.
Porque descubrir un lugar y conseguir que el mundo crea que uno lo descubrió son dos acontecimientos diferentes.
Y en Machu Picchu, la distancia entre ambos cambió para siempre la manera en que el mundo recuerda al Imperio inca.
