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El momento del ofertorio

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Por Mirta Pérez Mammana.

—Dale Chacho, andá. ¡Qué lento sos! 

La voz del padre Gregorio despierta al muchacho que dormita en la sacristía. 

—Ya voy, ya voy —contesta bufando.  

Se levanta, camina despacio, exagerando su cojera; lo hace a propósito porque sabe que su lentitud enoja al cura. Llega hasta el pasillo central y comienza a pasar la canasta entre los pocos fieles que hay diseminados en los bancos.  

Las nueve de la mañana para un domingo de julio es muy temprano. A la gente del pueblo le cuesta salir de sus casas. Los caminos de tierra tienen escarcha y nubes espesas se levantan desde las zanjas. 

Pero ninguna de estas razones pudo convencer al párroco. Puso un cartel en la puerta: LA MISA DOMINICAL SE CELEBRA A LAS 9 HORAS.  

El padre Fermín ama las pastas de la fonda del pueblo vecino que queda a 40 kilómetros.  

                                                                                                                                      

—Chachito, entendeme… También para mí es domingo —responde cada vez que le reclama por la poca gente y la limosna miserable que recoge. 

Doña Berta, la única integrante del coro que sigue viniendo, comienza a cantar. 

Por Mirta Pérez Mammana

El padre Gregorio apoya sus brazos sobre el estómago prominente que le levanta la sotana y entrecierra los ojos para fijar la vista con atención y seguir los movimientos del chico. Sabe que tiene que vigilarlo para que no vuelva a tentarse y algunas monedas vayan a parar a su bolsillo. A pesar de esas mañas, le sigue dando esta tarea porque su delgadez extrema debajo de la túnica blanca, atada con un cordón a su cintura y la dificultad para caminar, inspiran compasión. 

—Padre, no confíe en ese pibe, es muy pícaro y mentiroso —le advierte el viejo portero de la parroquia.                                                                                    

Manuel lo conoce bien; siente un odio especial por Chacho porque se mete en todos lados sin pedir permiso y entra con las zapatillas embarradas justo después de que él termina de baldear.                                                                                            

Hace una semana atrás, lo encontró revisando sus revistas y eso que estaban escondidas en el último estante secreto del armario debajo de una fila de carpetas en desuso. Esas imágenes encendidas, las guardaba en la secretaría de la parroquia porque tenía miedo de la mala reacción de su mujer. ¡Si llegara a descubrirlas!  

—¿Qué hacés, pibe? Eso no es tuyo — le imprecó Manuel                                                                                   

Chacho volvió a ponerlas donde estaban, mientras lo miraba con una sonrisa burlona.                                                                                                                                    

Desde ese día, Chacho lo extorsionaba con divulgar su secreto si no cumplía con sus pedidos: algunos cigarrillos, una copita del vino de misa. Por ahora eran pavadas, pero tenía que estar alerta.

Manuel se consideraba un buen hombre, muy católico, buen padre y mejor abuelo, pero, desde hacía tiempo, el mal genio de Catalina se había vuelto insoportable y, ante cualquier requerimiento marital, le respondía con insultos y burlas. Por eso, las revistas se convirtieron en su recreo permitido. 

Chacho comienza a recorrer banco por banco por el pasillo central. En el primero, está Don Guillermo, el dueño de la única fábrica del pueblo, vestido con saco y corbata. Como lo hace siempre, saca ampulosamente un manojo de monedas y, levantando el brazo para que todos vean su generosidad, las deja caer, haciéndolas tintinear.  

En el segundo banco, el barbero del pueblo reza con sus dedos entrelazados mirando fijamente hacia el altar mayor. Todos lo conocen como un hombre muy ahorrativo.                                                                                                                                        

Cuando Chacho, sacude la canasta, el hombre lo mira haciéndose el sorprendido, comienza a tocarse los bolsillos de la campera, del pantalón y, con el mismo gesto de cada domingo, se golpea la frente, excusándose, porque se ha olvidado la billetera sobre la mesa.  

—Flor de amarrete —masculla entre dientes el cura Gregorio, que ha estirado el cuello para verlo mejor. 

En el quinto banco, están sentadas la señora Lucia y sus hijas. Chacho les sonríe porque las mellizas Roldán son las más lindas del pueblo. Se queda embelesado mirándolas y, cuando una de las hermanas roza su mano al poner la limosna, un estremecimiento le recorre el cuerpo y siente que el calor sube hasta sus mejillas que enrojecen repentinamente.  Están siempre tan perfumadas que hasta los billetes que ponen en la canasta huelen bien. 

El cura Gregorio carraspea ruidosamente; entonces, el monaguillo se despabila y continúa su marcha. Ante cada banco, espera y no se mueve hasta ver la mano del feligrés sobre la canasta. El padre Gregorio ríe satisfecho. 

En el último lugar, lejos de los otros fieles, Ramona trata de pasar desapercibida. Tiene vergüenza de que la vean así, con un pullover arratonado, pantalones inmensos y zapatillas rotas de tanto uso. Ya no tiene más el tapado de paño azul, última prenda de mejores épocas, que la cubría hasta las rodillas. Lo dejó en la casa de empeño para comprar la medicación de su esposo. Ya hace cinco meses, que lo echaron de la fábrica. Cuando comenzó con problemas en los pulmones, una tos pertinaz y un cansancio imposible de ocultar, sus propios compañeros, temerosos al contagio, lo denunciaron.                                                                                            

En la mano ya tiene preparada la limosna.                                                                              

Chacho la mira conmovido y con respeto. Sabe que esas monedas son todo lo que tiene, pero no se atreve a decirle que deje, que no hace falta porque podría ofenderla. La conoce bien. Ramona es orgullosa y, además, le confesó que, con su dádiva, quiere agradarle a Dios. Su marido necesita un milagro y ella está dispuesta a cualquier sacrificio para lograrlo. 

El cura Gregorio lo llama para que le entregue la canasta. 

—Listo por hoy, padre, me voy a jugar a la pelota. 

—No, muchachito, usted se queda hasta que termine la misa. 

Chacho, resignado, baja la cabeza y camina a sentarse junto a Ramona. ¡Cómo le gustaría que su mamá se le pareciera un poquito! “Tu madre tiene mariposas en la panza”, le dijo un día el párroco. 

Son diez hermanos de padres desconocidos que sobreviven pidiendo limosna, haciendo trabajitos sucios para tipos que andan en cosas raras… 

Por eso, cuando el cura Gregorio lo encontró tirado en una zanja, llorando a gritos, con la ropa desgarrada y los pantalones bajos, fue para Chacho el comienzo de una nueva vida.  Lo levantó y, tomándolo en sus brazos, lo llevó al hospital. Ahí, mientras lo curaban, Chacho se aferró a su mano y, por primera vez, sintió que alguien lo miraba con preocupación, que alguien veía el dolor y el horror en sus ojos.   

—Lléveme con usted, Padre. Lléveme con usted a vivir en la parroquia, que quiero ser cura, rezar, y portarme bien— le suplicó el niño entre lágrimas.

Y el Padre consintió. Su familia vive en esta iglesia, desde hace nueve años. Chacho sabe que es bravo, mentiroso, que, cada tanto, se la rebusca para darse algunos gustos, pero, también, tiene la íntima convicción de que sólo se va a ir de allí cuando sea “un hombre de bien”, como dice el cura Gregorio. 

 

– integrante de los Talleres Cuentacuentos de Daniel Petasne.

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