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El familiar

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Por Daniel Posse.

La cola del perro se movía feliz, pero irrumpía de un lado al otro como si fuera un látigo indómito e imprevisible; larga, fuerte, sólida, iba al trote del animal en un compás desenfrenado donde parecía que hasta el mismo ser no lograba controlarla, y en ese viaje fértil arremetía de forma salvaje entre los muebles del chalet. Las empleadas domésticas corrían detrás de los destrozos con una rapidez y velocidad que parecían agarrar en el aire los retazos de los adornos que volaban, al rebotar en el piso de granito en damero; poco a poco los ornamentos de porcelana iban desapareciendo. Clodomiro miró al cachorro y el perro le devolvió la mirada con una expresión llena de afecto; luego él se dirigió hacia la puerta principal, se sentó en un sillón y tomó el enorme libro de tapas de cuero. El cachorro de Gran Danés rompió el silencio de la sala con un estrepitoso tropiezo cuando sus enormes patas, aún demasiado grandes para su cuerpo, se enredaron en la alfombra; Clodomiro levantó la vista del libro justo a tiempo para ver cómo el animal lograba estabilizarse sobre sus extremidades de fideo. El cachorro se congeló a los pies del sillón y clavó sus ojos almendrados en los de su amo; sus párpados inferiores, ligeramente caídos, le daban una mirada de profunda melancolía, como si acabara de cometer el peor crimen del mundo.

 — ¿Qué pasó, Magnus? ¿Otra vez peleando con el piso? —preguntó Clodomiro con tono suave. Al escuchar la voz de su dueño, la frente del cachorro se llenó de arrugas ultraexpresivas; ladeó la cabeza hacia la derecha, levantando una de sus grandes orejas caídas en un gesto de pura confusión, como si intentara descifrar cada sílaba. Sus belfos colgantes se entreabrieron y la punta de su lengua rosada quedó al descubierto hacia un lado, dándole un aspecto sumamente tierno y cómico. Clodomiro estiró una mano y comenzó a rascarle detrás de las orejas; el efecto fue instantáneo: el cachorro cerró los ojos con deleite y comenzó a menear no solo la cola, sino absolutamente todo el torso, balanceándose como un resorte feliz mientras buscaba el calor de su amo. Él lo acarició de nuevo; afuera la lluvia se descargó con una violencia que aturdía. Desde que el cachorro había llegado como un regalo que venía desde la misma Europa, lo había aceptado porque seguro era el único ejemplar en todo el noroeste y quizás en todo el país; le gustaba presumir de tener cosas exclusivas, como ese latifundio donde incluía el título de propiedad a todos los que lo habitaban. Pero María Luisa —su hija— no estaba, a ella seguro le hubiera encantado el animal; no podía dejarlo salir hasta que no pudiera sentirse en pertenencia con el jardín y el afuera. Pero era cierto que el animal parecía no dejar de crecer, al extremo de que ni siquiera su crecimiento iba acorde con el dominio de su cuerpo; saber eso es lo que lo llevaba a tolerar las travesuras y sus torpezas. Pero el animal aumentaba su fuerza y el caos, y él no podía tomar una decisión; el amor que sentía por ese animal iba creciendo en él acorde al tamaño del mismo, pero temía dejarlo salir. Santa Ana no dejaba de ser un lugar inhóspito y primitivo; el peso de las fábulas se esparcía como una peste en las mentes pequeñas. Él entendía que era el precio que pagaba por ser el amo, pero eso no lo afectaba demasiado.

El día arremetió con la luminosidad de los días de septiembre; el desayuno en la mesa grande del comedor era silencioso y austero. No tenía ganas de ir a las oficinas del ingenio, prefería quedarse en casa y desde allí atender los asuntos de la cosecha y la administración, pero ese día en especial esperaba a Lucas Córdoba; él podía darse ese lujo, el de recibir como de entrecasa al gobernador. Escuchó la campanilla de la puerta y entendió que ya era hora; Lucas entró y sin demasiados protocolos se sentó con él, pues la política siempre terminaba enlazándose con el poder real del azúcar. Luego de tomar café pasaron a su estudio, donde siguieron un coñac y unos puros en ese instante en que el cachorro irrumpió, y Lucas, lleno de terror, se puso de pie mientras los ladridos retumbaron en la casa. Pero la voz de Clodomiro silenció a Magnus y luego dijo: —Es solo un cachorro, pero como es un gran danés, el tamaño atemoriza; es todavía muy torpe, por eso no lo dejo salir de la casa. Cuando crezca quizás se tranquilice. Lucas Córdoba se volvió a sentar, se rascó la barbilla y respondió:       —No creo que deje de ser así, se le nota que posee mucha energía; además lo vas a tener que sacar de la casa porque no te va a dejar ni un mueble sano y aquí dentro, corrés el riesgo de que se transforme en un familiar. 

Durante los meses siguientes, el crecimiento de Magnus se convirtió en una anomalía monstruosa que alteró la dinámica del chalet. El juego dio paso a una fuerza destructiva e involuntaria; los belfos caídos comenzaron a secretar una saliva espesa que arruinaba los tapizados, y sus garras filosas tajearon las maderas nobles de las puertas en su afán por seguir los pasos de su amo. Clodomiro contemplaba con una mezcla de fascinación y espanto cómo el afecto del animal se volvía peligroso, manifestado en topetazos que hacían tambalear a las empleadas y gruñidos graves que ya no sonaban a juego, sino a una territorialidad salvaje. La presión de las miradas de los peones afuera y el estrépito constante puertas adentro terminaron por agotar la paciencia del terrateniente, quien vio en el aislamiento la única forma de conservar su preciada exclusividad sin destruir su propio hogar.

El perro siguió creciendo y, cuando adoptó el tamaño de un caballo medio petiso, la fuerza del animal y su torpeza lo volvieron casi inmanejable; entonces lo llevó al sótano, allí le mandó a hacer una perrera, además de que el espacio era muy grande y podía moverse. Quizás el encierro lo volvió un poco feroz, con una apariencia de bestia; entonces Clodomiro, en las noches, le abría las puertas de los túneles que surcaban la casa y la conectaban con la fábrica y con las colonias, así el perro recorría esas distancias y se cansaba. Pero de forma analógica, en el mismo fundo y en otros crecía la leyenda y el mito de su supuesto pacto con el demonio a cambio de riqueza; fue en ese andamiaje de historias repetidas, alimentadas por el miedo, que Magnus logró salir un par de veces en medio de la noche de los túneles y recorrió caminos y cañaverales hasta que llegó a las calles del mismo pueblo. En esos eventos es que más de uno lo vio arrastrando su larga cadena, con los ojos brillosos; lo demás lo hizo el terror y la imaginación ardua de los habitantes de Santa Ana para que el mito quedara grabado en los fuegos y las casas como un eco eterno, resignificado, por momentos adusto, por momentos generoso.

Igual las andanzas de Magnus fueron creciendo y los ecos se diversificaron a un extremo tal que en cada ingenio empezó a existir uno, hasta la noche en que el perro, en medio de la oscuridad y con luna llena, se encontró con José, un santiagueño pelador de caña, y en medio del camino hacia la colonia trece se vieron mirada a mirada. La lucha fue una pelea intensa, donde el perro quiso jugar y el obrero del surco entendió que el animal buscaba su alma; por eso, entre mordidas y golpes, el cuchillo del trabajador partió el lomo del animal como si fuera un madero pródigo. El miedo y el espanto del humano lo hicieron huir sin mirar atrás; el perro, malherido, volvió a los túneles y al sótano, donde al final dejó de respirar. Clodomiro fue el que lo encontró; el cuerpo del perro amaneció rojo de sangre y frío. Allí mismo lo hizo enterrar con una solemnidad y con un duelo como si fuera un familiar. La analogía se hizo cuerpo y las destrezas dejaron que el mito madurara; tal vez para Clodomiro sí existió un pacto, uno donde el afecto inesperado por ese animal lo llevó a un duelo profundo, donde la paradoja es que, mientras el dolor se iba disipando, también lo hacía su imperio de cañas y azúcar, o por lo menos su poder. Pareció que tanto se repitió lo del pacto, y tantos lo creían, que la muerte del perro le hubiera quitado la protección divina o demoníaca a su fundo; no mucho después él se fue de este mundo y, a los pocos años, no quedó un solo Hileret en esas tierras.

 

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