Por Marcela Zadoff.
“El poder surge cuando las personas actúan juntas.”
— Hannah Arendt
Somos ciudadanos y hemos sido educados en la resolución de problemas y en la mejora continua. En tal calidad, el desafío que nos convoca es vivir mejor, en las ciudades que habitamos. En primer lugar, es preciso elaborar un diagnóstico y pensar alternativas posibles para solucionar los problemas de la ciudad.
Definamos ciudad inteligente como, antes que nada, una ciudad que se piensa a sí misma. La inteligencia urbana depende no sólo de la tecnología instalada, sino además de la capacidad de una ciudad para usar información de manera coherente. Rob Kitchin lo sintetiza en una línea: “las ciudades generan datos continuamente; la cuestión es cómo convertirlos en conocimiento útil”. Esa conversión —del dato al criterio— es el centro del concepto.
La smart city plantea organizarnos en un ecosistema donde infraestructura, servicios y ciudadanía funcionan de manera articulada. Giffinger y Pichler lo expresan claramente: “una ciudad inteligente combina sostenibilidad, calidad de vida y gobernanza participativa”. Es una forma de organización pública que busca que la ciudad funcione mejor, con menos desperdicio y más sentido.
En nuestras manos está la posibilidad de aplicar la inteligencia urbana como herramienta para ordenar lo que ya existe, para conectar áreas del Estado que históricamente trabajaron como islas y para devolverle a la ciudadanía la percepción de que la ciudad responde, escucha y aprende. Para ello tenemos que ser ciudadanos comprometidos con lo que nos sucede a diario y nuestro canal de comunicación puede ser un adecuado uso de las redes sociales. Pantallas más gigantes que la de los cines por su poder de réplica, pueden hacer que la ilegalidad deje de ser picardía, el delito circo impune, la droga un show de ricos y famosos en plataformas de video. Que nadie muera esperando la ambulancia, que el transporte llegue a tiempo, que el trámite sea simple…
Descentralización municipal: cerca del vecino para simplificar la gestión
La teoría de gobernanza policéntrica muestra que la inteligencia urbana depende de la capacidad de distribuir funciones. Elinor Ostrom lo resume así: “las estructuras policéntricas permiten soluciones más adaptadas a los problemas locales”.
La descentralización municipal convierte a la ciudad en una red de nodos: centros barriales, oficinas móviles, unidades territoriales, plataformas digitales que conectan directamente con el municipio. La metáfora es simple: una ciudad descentralizada respira mejor. No porque tenga más tecnología, sino porque reparte su capacidad de respuesta y acerca la gestión al territorio.
Inclusión: cuando la ciudad inteligente se vuelve una ciudad posible
La accesibilidad es un componente estructural de la inteligencia urbana. ONUHábitat lo formula sin rodeos: “una ciudad no es inteligente si no es inclusiva”. Pregonamos la inclusión pero acciones concretas deben ser legisladas: menúes en braille, semáforos sonoros, las rampas en cada esquina y en especial la escucha de las necesidades de personas con capacidades diferentes, porque ellos son quienes más saben de las carencias y de las posibles soluciones. Reiteramos entonces el valor de espacios de verdadera escucha y participación activa de los ciudadanos. Podemos sumar las ventajas de la inteligencia artificial a todas las cuestiones planteadas.
La inteligencia urbana como política pública
La ciudad inteligente es, ante todo, un sistema de gestión. Anthony Townsend lo afirma con estas palabras: “una smart city usa la tecnología para gobernarse mejor”. La clave es la articulación entre expertos, funcionarios y legisladores.
Los especialistas aportan expertise; los políticos definen prioridades; los legisladores crean marcos normativos. Cuando estos tres niveles se alinean, la tecnología deja de ser un accesorio y se convierte en política pública. Como todas las mesas se afirman sobre cuatro patas, la ciudadanía tiene que tomar el compromiso activo y plantear un espacio de diálogo concreto. En Córdoba tenemos un Concejo Deliberante que ostenta un cartel de “casa del pueblo” (literal) donde el cafecito es gratis pero los despachos de los concejales, en general, no son accesibles. Salvo honrosas excepciones, firmo esta nota en la convicción de asumir el desafío de convocar a los ciudadanos. ¿Por qué esta nota y no una queja belicosa y rebelde? Porque la idea es tener para todos una ciudad que optimice sus recursos en la calidad de los servicios que presta y que abonamos mediante tasas, creadas a tal fin.
Mesas técnicas permanentes: donde la ciudad se piensa
La gobernanza inteligente requiere continuidad. En la voz de Michael Batty: “las ciudades son sistemas complejos; su planificación exige procesos iterativos”. Las mesas técnicas permanentes permiten discutir problemas estructurales, evaluar alternativas y diseñar políticas antes de que lleguen al recinto legislativo. Sería ideal contar con mesas técnicas en el enorme acceso al Concejo Deliberante, una app que promueva la comunicación y que la escucha no sea registrada en la máquina de escribir invisible del Jefe Gorgori, en la torpe Springfield.
La traducción técnica: del lenguaje de los sensores al lenguaje de la política
La tecnología urbana es compleja. La política necesita claridad. Bruno Latour lo resume en una línea: “la política comienza cuando la complejidad se vuelve comprensible”. La traducción técnica es el puente que permite que los datos se transformen en decisiones. Es claro que la maraña de trámites municipales desalienta cualquier iniciativa. El caso emblemático de Villa Allende con sus portones lo demuestra.
Pilotos de bajo costo: la evidencia que convence
La evidencia es el lenguaje de la inteligencia urbana. Los pilotos permiten demostrar impacto en semanas: luminarias inteligentes, monitoreo de fugas, optimización de recorridos, trazabilidad de reclamos. La OCDE lo sintetiza así: “las políticas basadas en evidencia generan mayor legitimidad pública”.
Legislar con evidencia: un cambio cultural
La smart city introduce una lógica distinta: legislar con datos. La política argentina, acostumbrada a la urgencia, encuentra aquí una oportunidad para incorporar una cultura de decisiones verificables. La evidencia no reemplaza la política, pero la ordena. El eje es el ciudadano, viviendo confortable en la ciudad accesible, transitable, segura, limpia… y no quiero llorar, quiero que la lógica impere, fuera de todo ego, resolviendo acorde a los derechos de los ciudadanos que nuestras cartas orgánicas garantizan.
Capacitación para funcionarios y legisladores
La formación es el puente entre tecnología y gobernanza. La CAF sostiene que “la capacidad institucional es el principal predictor del éxito de una ciudad inteligente”. Capacitar equipos legislativos y técnicos no es un complemento: es una condición. Debería ser obligatoria, si no como requisito previo para ser candidato, como tarea durante los cuatro años de desempeño.
Participación ciudadana: la legitimidad de la inteligencia urbana
La participación no es un adorno: es un componente estructural. Sherry Arnstein lo dijo hace décadas: “la participación es poder”. La ciudad inteligente necesita plataformas transparentes, datos abiertos y mecanismos de consulta que conviertan la voz ciudadana en insumo de gestión.
Dónde se estudia en Argentina para trabajar en smart cities
La formación en ciudades inteligentes surge de la convergencia entre urbanismo, ingeniería, políticas públicas y ciencia de datos. La UNLP, la UNC, la UNR y la UTN aportan perfiles técnicos y de gestión. La UTDT, UdeSA y el ITBA fortalecen la mirada analítica y de innovación. La Fundación Sadosky, Arsat, ENACOM y el INAP complementan con programas de gobierno digital y evidencia.
La inteligencia artificial como motor silencioso de la ciudad inteligente
La IA es el componente que permite que la ciudad aprenda. Batty lo resume así: “la inteligencia artificial es la extensión lógica de la planificación basada en datos”. La IA anticipa problemas, optimiza recursos, mejora servicios, ordena datos y democratiza la participación.
Conclusión: una inteligencia urbana posible
La construcción de ciudades inteligentes en Argentina no depende de un salto tecnológico extraordinario, sino de la capacidad de articular saberes, ordenar prioridades y sostener políticas públicas en el tiempo. La inteligencia urbana no es una utopía futurista: es una posibilidad concreta, y está al alcance de quienes decidan trabajar juntos.
Bibliografía
- Arnstein, Sherry — A Ladder of Citizen Participation — 1969.
- Batty, Michael — The New Science of Cities — 2013.
- Batty, Michael — Inventing Future Cities — 2018.
- CAF — Ciudades con Futuro — 2018.
- Giffinger, Rudolf; Pichler-Milanović, Nataša — Smart Cities: Ranking of European Medium-Sized Cities — 2007.
- Kitchin, Rob — The Data Revolution — 2014.
- Latour, Bruno — Politics of Nature — 2004.
- OCDE — Evidence-Based Policy Making — 2019.
- ONU-Hábitat — World Cities Report — 2020.
- Ostrom, Elinor — Governing the Commons — 1990.
- Townsend, Anthony — Smart Cities: Big Data, Civic Hackers, and the Quest for a New Utopia — 2013.
