Por Hugo Robles Lama.
Nudos
“—Mire esa red —dice el hombre.
No sé si habla de la escultura o de la pantalla.
Estamos sentados frente a una fotografía ampliada de la escultura “El desengaño”. El hombre señala el mármol con la punta de un lápiz mordido. Tiene el aspecto de alguien que lleva mucho tiempo leyendo balances financieros y muy poco tiempo mirando esculturas.
—Siete años —dice— Siete años para pulir esos nudos.
Asiento.
La red parece suspendida en el aire, igual que siempre. La piedra imita una cuerda y la cuerda imita una trampa. Da la impresión de que el hombre atrapado puede escapar en cualquier momento, aunque lleva dos siglos intentándolo.
—Hoy la habría comprado un fondo de inversión —dice.
No respondo.
Afuera comienza a oscurecer. Las luces de los edificios se van encendiendo una tras otra, como si alguien estuviera verificando el funcionamiento de una enorme consola de control.
—Antes un escultor se pasaba media vida construyendo una red de mármol —continúa— Ahora una empresa compra otra, después otra más y al final nadie sabe dónde termina una y empieza la siguiente.
Mira la fotografía.
—La diferencia es que aquel tipo quería liberar al hombre.
Pienso en Queirolo solo en su taller, cubierto de polvo blanco, luchando contra la piedra que amenaza con romperse a cada golpe. Después pienso en los directorios, en los abogados, en las presentaciones para accionistas y en las adquisiciones multimillonarias. También ellos trabajan sobre una red.
Solo que nadie intenta escapar de ella.
La noche cae por completo.
En la imagen, el pequeño ángel sigue señalando el camino de la verdad con la paciencia infinita de las figuras alegóricas. Frente a él, un hombre permanece atrapado entre los nudos. No parece desesperado. Tampoco resignado. Tiene el gesto cansado de quien ha comprendido algo demasiado tarde.
—¿Y quién hace de ángel ahora? —pregunto.
El hombre suelta una risa breve.
—Nadie.
Se levanta, apaga la pantalla y la habitación queda en penumbra.
—Ahora la red se explica sola.
Durante unos segundos no vemos nada.
Después aparecen los reflejos azulados de los teléfonos, los monitores y los anuncios luminosos que llegan desde la calle. Son cientos de pequeñas luces flotando en la oscuridad.
La escultura ha desaparecido.
La red, en cambio, sigue allí. Más grande. Más perfecta.
Y tal vez por eso más difícil de ver”.
Una mano, mi mano, junta las tarjetas sobre la mesa de madera.
Sumergido en el penúltimo tramo del guion, dejo caer la ficha número 24. Las secuencias del diálogo entre los dos hombres se acumulan en desorden junto a las demás notas.
Levanto la vista hacia el centro de la habitación. Allí, iluminada mezquina, apenas por un tira de leds de luz cálida, se despliega la maqueta: la réplica en miniatura de la Buenos Aires clandestina de “La ciudad ausente” de Ricardo Piglia. Los cables invisibles del teléfono, los hilos de cobre que conectan los circuitos de la Máquina de contar historias, y los diminutos tranvías inmóviles que cruzan la escenografía de cartón y metal.
Me acerco a la maqueta para ajustar uno de los pequeños hilos que imitan el cableado eléctrico de la ciudad. Rozó la figura de plomo del hombre atrapado en la red de la ficha anterior.
Es entonces cuando me doy cuenta.
La red que acabo de escribir en el guion no está en la fotografía de Queirolo. Tampoco en los servidores del fondo de inversión. La red son los cables de cobre que acabo de soldar entre los edificios en miniatura.
Paso los dedos por la réplica del edificio desde el que acabo de hacer hablar a mis dos personajes. Las luces de la maqueta tintinean exactamente con el mismo ritmo azulado que describí en la última línea del borrador, ese nudo ciego donde se estrangula el sentido hasta ahogar toda posibilidad de resolución y de fuga.
Suprimo:
“No estoy escribiendo una escena. Estoy construyendo el mapa donde alguien más, en una habitación idéntica a esta, lee mis tarjetas”.
