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Liliana Massara: Cuando no solo se trata de ver y escuchar, sino de contar nuestros paisajes

Publicado el

por Daniel Posse.

La magia de leer y de valorar nuestras historias no está hecha solo de quienes escriben, sino también de quienes remarcan el acervo.

Mi ventana da hacia el este, un poco hacia el sur. La mañana se ha vuelto nítida. Buenos Aires ruge en un día luminoso de invierno. Unos días antes me había dicho:
—Llamá a la mañana; a la tarde veo amigos, escucho a mis nietos, cafeteo con afectos, divago en el mundo de los libros y sus hacedores.

Le hice caso, y del otro lado se escucha una voz tenue pero intensa, con un acento mixturado entre lo tucumano y lo santiagueño.

D.P. — Cuando escuchás tu nombre, desde el afuera y desde el adentro, ¿qué se te representa y define?

L.M. —
Desde el afuera, sobre todo en este presente, se representa el amor a mi nieto más chico, santiagueño él. Hace poco, este niño, escuchándome hablar con mi hija —su madre— sobre la madurez de mis años, que no siento poseer para nada pero que se vinieron tan pronto, me dijo: “Abu Li, tenés cara de escritora”. Impactó en mi estima y, más dispuesta y contenta por su observación, decidí continuar con mis obsesiones literarias acerca del lenguaje y de la creación.

Ese fue el afuera mágico, único, porque fue rotundamente auténtico, colmándome de felicidad. Los otros “afuera” los selecciono en trocitos de voces y miradas de amigas y amigos que considero cercanos, predispuestos a contenerme con esta personalidad a cuestas; lectores de mis poemas y narraciones, seguidores críticos, maestros —algunos de ellos— que me guían para seguir y que escucho con atención y humildad. Ese afuera abre mi camino a nuevas maneras de pensar y de poner en movimiento ideas. Ese afuera moviliza mi estado dinámico.

Desde el adentro, y sobre todo desde el nefasto Covid —por el que perdí a una entrañable amiga—, me he inclinado a pensar en lo que considero “lo sagrado”: el silencio y el don contemplativo en el que estoy incursionando logran que escuche mi nombre menos vacío que antes; siento que se va llenando de saberes nuevos y mejores. También me doy oportunidades de creer que mi interior selecciona y sustenta mis maneras de proceder en la sociedad, más conectada, menos aislada, estableciendo el don de la empatía y la autenticidad, no de la hipocresía —que hay mucha en estos tiempos de alta visibilidad y de redes—.

Adentro de mí hay una Liliana que sabe del dolor, que tuvo fisuras, huecos, pero que hoy fortaleció su mundo interior y considera que no fracasó; que fue al Norte y al Sur cuando debió ir. Me represento como un sujeto que desea continuar aprendiendo para sí, que apetece la casa familiar con su entorno más íntimo y que encuentra en el arte y en la escritura su guarida, donde se lee mucho cada día y se escribe con verdadero sentimiento, con entrega. La escritura llegó para quedarse conmigo.

D.P. — Hablemos de tus propios paisajes, de esos que te forjaron. ¿Cómo fue el tránsito en ese Frías natal y tu llegada a la Universidad en S.M.T.?

L.M. —
Frías fue la maravilla de la niñez. Una infancia sufrida en el jardín de infantes, pues me elegían para recitar en los actos y, alentada por mi madre, lo hacía, pero sentía mucha vergüenza. La escuela primaria tiene la fragancia del don del magisterio en cuatro maestras que llevo selladas en mi corazón. Tiene también el condimento del desencanto del primer amor en séptimo grado y la gloria de un secundario mágico donde, además de recitar, pude hacer teatro vocacional con mi querido profesor de Literatura, oriundo de Catamarca: Juan Eloy Ortiz. Creo que por él vine a Tucumán a estudiar Letras.

Llegué a San Miguel con muchas inseguridades, miedo de no lograr ser lo que había sido como alumna en el secundario en Frías. Sin embargo, hoy puedo vislumbrar a mis ángeles protectores. Pude vincularme con un grupo de amigas y sus familias que me quisieron como a una hija. Nos cuidaban mucho. Durante el Operativo Independencia y luego la dictadura del ’76, pudimos salir ilesas, a pesar de que desaparecieron algunas compañeras de las que nunca supimos nada y otros amigos de Frías que no volvieron. De los que volvieron, uno fue un ser humano extraordinario que me sostuvo cuando mi madre, joven aún, decidió partir al paraíso.

Me recibí. Comencé en el nivel secundario y en el ’88 pude ingresar como auxiliar a la cátedra de Literatura Argentina I, donde hice mi recorrido docente hasta jubilarme. También debo aclarar que la misma materia la dicté en la Facultad de Humanidades de Jujuy, provincia que quiero profundamente, y con colegas con mutuo respeto; con algunos continúo en contacto como amiga y como colega en una Maestría que allí, actualmente, se dicta.

D.P. — ¿Quisiste estudiar Letras porque te interesaba en sí todo lo que ello implica, o porque el germen de la escritura comenzaba a manifestarse?

L.M. —
El germen de la escritura estuvo en mí desde muy temprano. Estaba en segundo año del secundario cuando comencé a animarme a dar mis poemas al profesor de Literatura para que los leyera y corrigiera. En mi casa, con ambos padres inmigrantes italianos, se leía mucho. Fueron autodidactas.

Yo, de vez en cuando, sacaba libros prohibidos por mi madre; era mi gran travesura leerlos y disfrutarlos. Algunos los entendí recién de adulta. Mi abuelo paterno era un lector de la vida. Me apasionaba sentarme a su lado, en un banquito de madera, y escucharlo cada noche que lo visitaba, después de que me llamaba: “Viene qui, figlia mia”, y yo era todo oído y corazón. Aristóteles, Platón, mitología griega… tanto saber. Y durante el día, comerciante. Creo que él tenía un don docente que heredé.

Luego, la experiencia con profesores —sobre todo dos, de Lengua y de Literatura— me condujo al camino de las letras y de la escritura.

D.P. — Hablemos de la Liliana Massara académica. ¿Por qué no nos contás un poco tu recorrido y tu derrotero, si sentís que lo hay?

L.M. —
Debo decir que me conquistó la Literatura Argentina porque tuve como profesor a Francisco Juliá —Pancho para sus amigos—, además muy buen cuentista y un ser humano especial, solidario, respetuoso. Sus clases eran diálogos atiborrados de papeles sobre su escritorio, relacionando contextos culturales con nuestra literatura. Yo quería ser una docente parecida en muchos aspectos a él.

Además, si tenías dudas o no sabías cómo resolver ciertas situaciones relacionadas con lo académico, recurrías a él y sus sugerencias ayudaban. Estoy convencida de que la decisión de ser docente, y específicamente de Literatura Argentina, fue una de mis elecciones más acertadas; así como fue acertado aceptar ser parte del cuerpo académico en Jujuy.

Mi carrera se desarrolló según todos los protocolos académicos, hasta que decidí poner punto final a ese tipo de labor y quedarme en el área de la investigación y la creación, salvo la aceptación de algún curso de posgrado que dicto cada tanto.

D.P. — Si pudieras establecer cuáles fueron tus aprendizajes como docente e investigadora, ¿cuáles serían y por qué?

L.M. —
Como docente, tuve la virtud de poder afianzar ciertos conocimientos teóricos y conectarlos con los textos literarios de un modo claro y preciso. Siempre busqué que mis clases fueran didácticas, que los alumnos salieran de la hora que compartíamos con más seguridad que con dudas. Y si las había, siempre estaba el momento de compartir una charla que yo nunca les negaba.

En cuanto a la investigación, me permitió leer con mayor profundidad la literatura en todos sus géneros, soltar la mano y desarrollar amplitud interpretativa a la hora de escribir algún ensayo.

D.P. — Hablemos de autores. Nómbrame tres que te marcaron y por qué.

L.M. —
Son varios, pero dado que me pedís tres, haré lo posible por seleccionar:

  1. Julio Cortázar, por su dominio tan natural del fantástico literario.
  2. Manuel Puig, por su descontracturada manera de representar a la clase media y el manejo de la oralidad.
  3. Silvina Ocampo. Recuerdo que me atrapó con sus cuentos llenos de pasiones crueles y de vidas plagadas de tormentos. Invenciones del recuerdo me parece inolvidable.

D.P. — ¿Cómo fue navegar entre los egos académicos y de los autores?

L.M. —
En muchas oportunidades sentí ciertos modos de exclusión de determinados lugares y actividades; algunos tratos no gratos, pero había que seguir como diera lugar. He “navegado” en silencio, con respeto por el otro, pero, a veces, con incertidumbre y tristeza. Tendría que haber comenzado a leer filosofía estoica mucho más temprano para zafar de ciertos egos y/o desplantes que nunca entendí.

Debo decir que, en ese medio, también hubo colegas que me ayudaron y acompañaron cuando lo necesité.

Con respecto a los autores con los que me vinculé por diferentes razones —como la organización de Congresos y Jornadas—, no tuve malas experiencias; no recuerdo descortesías de su parte. Los más engreídos pasaron por mi lado “sin pena ni gloria” o, subjetivamente, comencé a leerlos menos.

Los investigadores y escritores con los que me conecté en la etapa de formación para doctorarme mostraron siempre muy buena predisposición conmigo. Si me quejara, sería deshonesta.

D.P. — ¿Cuál es tu opinión sobre la poesía y la prosa que se escribe en Tucumán y el NOA en este momento?

L.M. —
Debo aclarar que soy muy exigente conmigo misma. Tengo capacidad autocrítica y me exijo mucho. Además, recurro a maestros que, con sincera opinión, pueden sugerirme mis aciertos y señalarme errores. Eso no quita que haya lectores a quienes les gusten mis textos y otros a quienes no; es obvio y lógico. Si has dominado tu “ego”, que no te llamen, no te inviten o no te lean no debe afectarte, y si tenés dos lectores, hay que sentirse feliz; lo decía un tremendo escritor como Juan Forn.

Pienso que, en el campo de la creación narrativa, las producciones en San Miguel de Tucumán y en la región literaria del NOA son insuficientes. Hay que buscar estrategias de empuje para reposicionarlas. Casi no hay novelas, o las hay muy pocas. Digamos lo que es: escribir es difícil, pero escribir novelas lo es mucho más. También lo es la poesía, pero en el NOA es un género que nos representa y que tiene proyección. En cambio, el cuento y la novela tienen que reconquistar un prestigio que tuvieron décadas anteriores, en el siglo XX.

Considero que hay mucha poesía que corre por el río: alguna muy buena, otra no tanto y otra, mala; lo mismo pasa con la prosa. Creo, en parte, que esto obedece a la necesidad de estar siempre visible, pensando, cuando se escribe, que hay que publicar. No. Primero hay que pensar en cómo batallar con el lenguaje y mirar lo que se escribe para analizar hasta qué punto lo que llevo hecho es valioso, entendiendo que nadie tiene “potestad” sobre el lenguaje, y que acercarse a tenerla significa trabajar mucho.

Hacer un poco de silencio en las redes y hundirse en la isla para navegar con las palabras y conseguir provocar, lograr fuerzas de atracción o de rechazo en el lector, pero nunca la indiferencia. Creo que de eso se trata, y no está ocurriendo seguido en cuanto a calidad, sí en cantidad.

D.P. — ¿Cómo hiciste para conjugar tu rol de madre, académica y escritora sin perder la razón en el camino?

L.M. —
Hoy miro para atrás y he comenzado a valorarme. A veces no entiendo cómo pude hacer tanto, estar sola en mis proyectos y tener que criar y contener a tres hijos, de los que siento orgullo. Confieso que he llorado muchas veces encerrada en mi habitación, preguntándome si estaba haciendo bien las cosas, y que, en ocasiones, muy en contra de mis conceptos y creencias, tuve que acudir a terapia.

La escritora estuvo mucho tiempo en las sombras. Lo hacía a escondidas, robándole algún tiempito a la docencia. Ahora despegué, porque escribo cuanto quiero. Me doy todo el tiempo que creo necesario para pulir, y así van saliendo las impurezas de la escritura… al menos eso creo.

D.P. — ¿Por qué elegiste luchar por el estudio, la difusión y el reconocimiento de la literatura del NOA?

L.M. —
La propuesta surgió como una materia optativa junto con quien era titular de la cátedra en ese entonces, la Dra. Nilda Flawiá. Tantos escritores eximios como Tizón, Aparicio, Hernández, Foguet; o bien poetas como Ariadna Chaves, Elvira Juárez, Inés Aráoz, Arturo Álvarez Sosa, y tantos otros, no estaban en los programas. Nos pareció que había que hacer justicia por ellos y por sus creaciones.

Así comenzó, y yo le puse cuerpo, empuje y continuidad a ese proyecto. En un momento organicé un formulario para que los colegas opinaran sobre la creación en Tucumán y en el NOA; algunos contestaron, otros no. Los sentí indiferentes. Eran otras épocas. Hoy no ocurre: hay un despertar que obedece también a las editoriales independientes, que se mueven y agilizan el mercado, y permiten que los nombres de los escritores circulen más.

Actualmente ha mejorado el nivel y la audiencia en las presentaciones de libros de Tucumán y de la zona.

D.P. — Estuviste de funcionaria un tiempo. Fuiste directora de Letras de la provincia de Tucumán. ¿Cómo fue hacer ese trabajo? Según vos, ¿cuáles son los obstáculos con los que te enfrentaste?

L.M. —
Obviamente, la falta de recursos económicos. Soñaba con hacer mucho por la literatura. Tenía muchas ideas, pero no hay magia… aunque algunas cosas salieron por arte de esa magia. Tuve un equipo excelente. Creyeron en mí, en mis inquietudes y en mis modos de trabajar. Terminábamos alguna práctica cultural y yo ya quería otra. La Dirección puso sus hombros y colaboró con sus ideas, pero las leyes son las leyes y hay que adecuarse a ellas.

Fue una decisión política la de no permitir que los docentes jubilados de las universidades nacionales fueran funcionarios del Estado provincial, salvo que aceptaran serlo ad honorem. Entonces decidí retirarme y, junto con esa decisión, llegó cierta tristeza porque no solo me gustaba hacer lo que hacía, sino que además no estaba sola: un equipo me sostenía.

D.P. — En tu camino sos reconocida por tu trayectoria, tu sapiencia y tu talento, pero sin abandonar las formas corteses y tu humildad. ¿En algún momento perdés los estribos? ¿Qué te lleva de nuevo al eje?

L.M. —
Vos decís que soy reconocida. Puede ser. En algunas ocasiones lo he sentido, porque hay colegas que me buscan para diferentes trabajos y tareas de índole literaria. Siempre he tratado de ser amable, cortés y respetuosa con mis colegas amigos, y también con los que no lo son tanto.

Admito que soy un tanto apasionada para hacer, para trabajar y para opinar. Pero si se me han salido los estribos, sé pedir inmediatas disculpas. Hoy tengo muy buenas relaciones; otros, incluso, festejaban mis salidas apasionadas. Es gente que recuerdo con cariño.

D.P. — Hablemos de tu escritura. ¿En qué género te iniciaste, en cuál te sentís más a gusto? ¿Cómo definirías tu escritura en cada uno de los géneros en los que producís?

L.M. —
Me inicié en el cuento. Gané un segundo premio estando en quinto año del secundario. Luego, con otro cuento por los 500 años de la Conquista, obtuve también un segundo premio en Santiago del Estero. Después hubo un impasse, y fui a la poesía, que continúo cultivando. En 2010 me integré al grupo de la Asociación Dr. David Lagmanovich, y comenzó mi desafío con el microrrelato.

La poesía es atrapante, pero siento que narrar es, para mí, un desafío mayor. Pretendo más de mí misma en relación con el lenguaje y los procesos de la narración.

Mi escritura es corporal; la soledad del cuerpo es parte determinante en ella. Pongo a la intemperie la vida misma, canalizo a través del tiempo que fluye o que se estanca. Mi escritura es proclive a lo metafísico, de orden existencial: la identidad, el paso del tiempo, la memoria, el espacio natural, las esperas, los abandonos.

La potencia que siento en mi piel va a la poesía para decir mucho de lo que se calla, como un grito sin gritar, como refugio donde las palabras que elijo, generalmente, duelen, lastiman; son metáforas de algunas cicatrices. Busco el don de la musicalidad tanto en la poesía como en el microrrelato. Percibo que la realidad lastima mucho más que la escritura, aunque a veces esta, al abordarla, entrampa las salidas.

En los cuentos me llegan historias de otros que observo y relato. Tiendo a la desolación, al desamparo, a lo que inquieta. Tal vez escribo lo que busco y no encuentro.

D.P. — Hablemos de tus libros publicados. ¿Cómo reseñarías, de forma breve, cada uno de ellos?

L.M. —
Cuadernos de Penélope (2021) son narraciones breves que cuentan las transformaciones del mundo —celulares, computadoras—, también el pensamiento mágico, las metamorfosis y una Penélope que suelta amarras y se va sin tejer ni esperar a Homero, sino que decide comenzar otra vida sin hacer caso a los mandatos.

Esto que regresa (2024) está integrado por muchas mujeres que enfrentan la vida de modos diferentes, donde lo cotidiano deja sus fisuras; la infancia tiene una luz propia; la aparición del pasado, que se cree sepultado, regresa para descubrir identidades desconocidas.

En ambos busco, dentro del proceso mismo de escritura, tanto la presencia de la narratividad como de la poesía.

D.P. — ¿En qué proyectos nuevos estás y de qué se trata tu nuevo libro?

L.M. —
Estoy escribiendo un tercer libro de microrrelatos y otro de cuentos breves. En ambos voy por la ambigüedad, lo que perturba; cierta eroticidad que el cuerpo no reprime, sino que la nombra; además, la incertidumbre que provoca esta realidad tan cruel y deshumanizada, y las tensiones con el tiempo, donde los sujetos no olvidan pero tampoco recuerdan.

D.P. — ¿Podrías compartir algo de tu escritura y producción?

L.M. —

Insolación —del libro Esto que regresa

El lugar de los encuentros era como un centro energético que los mareaba. Veían castillos fastuosos como reminiscencias europeas. Su juventud furtiva los abrazaba en la terraza del edificio con los ojos en el cielo, y un aire de delirios parecía arrastrarlos al futuro; los tumbaba en la loza ardiente de las siestas norteñas; desparramaba su locura, los expulsaba apasionados a las manos del artista pintando en su tela dos cuerpos insolados.

Un poema breve (prefiero escribir poemas breves) que podría convertirse en un microrrelato:

Tiempo de relojes

Errores de cálculos.
Destiempo del universo.
Sagrados mandatos incomprensibles.
Giran las horas,
proclaman su carrera hacia la noche.
Una estación habita sus esperas.
Se detiene en el andén,
mira el tren que llega.
Tal vez ya sea tarde.
Inquieta, se trepa.

D.P. — En esos procesos creativos, ¿desde cuál territorio navegás? ¿El amor y el desamor, el desarraigo te inmovilizan o te impulsan?

L.M. —
Diferentes significaciones del desamor, del desarraigo del presente, las transformaciones del mundo actual, los miedos y lo incierto me movilizan y me impulsan a escribir.

D.P. — ¿Cómo ves la política y la cultura desde lo oficial y desde lo independiente?

L.M. —
Con respecto a la política, no quiero desalentarme y construyo un pensamiento positivo para que vuelva un gobierno nacional representado por gente con cordura, coherencia y predisposición a la igualdad de los ciudadanos en las necesidades básicas: educación pública, salud pública y cuidado de los jubilados.

Temo por un país que pierda su argentinidad y su sentido de Patria, porque amarla no es venderla al mejor postor extranjero. Que los políticos construyan una política sana, no enferma y sin cura.

En educación también estamos naufragando. Internet es un espacio de posibilidades, pero no genera el milagro de abarcar determinado tipo de conocimientos ni de desarrollar el pensamiento crítico. La escuela tiene que mirar el campo cognitivo y revaluar cambios. El automatismo de algunas mentes me inquieta mucho.

La cultura también resiste. Tenemos un país tan rico en disciplinas artísticas, pero con tanta desprotección y desarticulación que la desigualdad de oportunidades se hace evidente. El mercado cultural debería fortalecer y mantener los logros, y reactivar los puentes entre las regiones culturales que forman parte de nuestra identidad, tan singular en sus geografías y, por ello, tan diversa.

Habría que organizar un Ministerio de Cultura que apoye con convicción y criterios bien definidos lo cultural, porque allí está el sentido fundamental de la cohesión de la sociedad, desde donde las identidades se fortalecen y conjugan. Considero que la cultura es un factor muy significativo que actualmente está devaluado por el gobierno y en franco deterioro.

Resistir es la consigna: no amilanarnos. Continuar haciendo aunque cueste y haya vallas en el camino. Buscar ideas, seguir buscando posibilidades para ponerlas en práctica; insistir como se pueda, pero no quedarnos quietos. Pensar y hacer.

La despedida se vuelve simple, porque los dos estamos seguros de que el cafeteo será un encuentro próximo. Allí hablaremos de otras cuestiones que también serán viscerales e intrascendentes, pero que para los dos significan.

El silencio llega; detrás, la ventana va despojándose del sol del mediodía. FUGA entregó su puerta, y nosotros solo nos atrevimos.

 

27 COMENTARIOS

  1. Bellísima y necesaria entrevista! Cada palabra que nos regala Liliana emociona, apasiona, moviliza y nos hace amarla aún más!!
    Felicidades a Daniel y Lili!

  2. Un diálogo que es, en sí mismo, un mapa de vida y de letras. La voz de Liliana Massara recuerda que la literatura no es solo obra, sino también territorio, memoria y resistencia. En sus palabras se siente el pulso de una región que escribe desde la experiencia, el desarraigo y la pasión por el lenguaje. Esta entrevista no solo acerca a la autora, también rescata un pedazo fundamental de la cultura del NOA que sigue latiendo más allá de modas y olvidos.

  3. Muy bella la entrevista, hoy tuve la posibilidad de conocer a Daniel, un poeta que escribe con el alma y hace sentir cada palabra como si fuera propia

  4. Emoción y nostalgia al leer esta entrevista.La voz de Liliana Masara nos invita a valorar a escritores de nuestra literatura Regional como Tizón, Hernández,…
    Liliana tan suave e inteligente..fue mi profesora de Literatura Argentina en la Licenciatura y me llevo de la mano a senderos maravillosos.
    Gracias Daniel por traer este tesoro.

  5. La prestigiosa Liliana Massara en primera persona hace un despliegue imponente de su historia de vida contándonos como llego a alcanzar ese caudal inagotable de sabiduría toda, de la mano de los grandes maestros q la acompañaron en su vida….
    Con cada frase, anécdotas y experiencias de vida nos recuerda que si bien su Frías natal (Santiago) son su esencia misma….es más nuestra que nunca y para siempre porq su brillo y su presencia (bella por cierto) se despliega infinito en nuestro Tucumán querido….tal cual lo canta esa vieja y conocida canción….
    Te saludo con total admiración….mi querido Daniel Posse‼️😘

  6. Me quedo con una de sus frases “Resistir es la consigna”
    Gracias Dani por compartir no solo lo que hace en el mundo de la cultura Liliana sino también sus sentimientos.

  7. Muy buena entrevista, Daniel. Massara es un valor indiscutible de las letras tucumanas, y esta intimidad que desgrana en la entrevista es un regalo extra para quienes leímos su obra y seguimos de cerca su trayectoria. Ella no puede decirlo, pero hyy que agregar que es un ser humano pleno de calidez y cordialidad. Y una amistad que me honra, debo agregar.

  8. Muy buena entrevista, Daniel. Massara es un valor indiscutible de las letras tucumanas, y esta intimidad que desgrana en la entrevista es un regalo extra para quienes leímos su obra y seguimos de cerca su trayectoria. Ella no puede decirlo, pero hay que agregar que es un ser humano pleno de calidez y cordialidad. Y una amistad que me honra, debo agregar.

  9. Excelente entrevista! Liliana es una persona de gran capacidad, pero tambien se destaca por su humildad y don de gentes. Felicitaciones a ambos!

  10. Me gustó mucho la entrevista, no conocía a Liliana Masara.
    Muy bien retratada , espero poder conoce mas de su obra literaria. Felicitaciones, fue muy bueno leerlos.

  11. Sin ser del palo, me gustó cuando habla de sus recuerdos del Tucumán de los 70/80. Se nota que es una escritora de esas trayectorias «limpias» y profundas. Gracias Daniel por acercarnos a esta gente tan valiosa.

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