Interrupción

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Por José Mariano. 

“La crítica no es una negación del mundo, es la interrupción que lo hace pensable.”

Walter Benjamin.

Hay palabras que surgen de una urgencia, no de una moda. Interrupción es una de ellas. No pertenece al lenguaje de la productividad ni al de las campañas; no promete eficacia ni rendimiento. Pertenece al gesto humano que se resiste a la velocidad del mundo. Y es, tal vez, una forma de auténtica libertad.

Hoy nadie puede dudar de que vivimos en un tiempo donde la política se ha convertido en espectáculo. Las pantallas no informan, con suerte entretienen. Los debates ya no buscan argumentos, sino simplemente reacciones. Los candidatos no ofrecen ideas, sino escenas. Todo se transforma en contenido, en meme, en tendencia, en performance. Y los medios —cada vez más dependientes de la lógica del entretenimiento— se convierten en escenografía de ese teatro que confunde la representación con la realidad.

La política argentina vive en un espiral de promesas recicladas. Las ciudades se llenan de obras que nunca se terminan, calles cortadas sin aviso, plazas abiertas a medias, proyectos que comienzan y se disuelven. Lo inconcluso ya no sorprende, forma parte de nuestra cultura. Aprendimos a convivir con la interrupción no como posibilidad, sino como fracaso. El país parece condenado a repetir su propio borrador.

Pero hay otra interrupción posible, una que no nace del abandono, sino del pensamiento. En una época gobernada por la continuidad —del trabajo, de la información, del espectáculo—, interrumpir no es detener, es revelar. Es permitir que el sentido aparezca. Como si, al frenar la inercia, emergiera algo que siempre estuvo ahí, pero que el movimiento constante nos impedía ver.

Walter Benjamin comprendió que el progreso no era una flecha, sino una tormenta. El siglo XX desmintió el mito del progreso ascendente. En sus Tesis sobre la historia, escribió que el acto verdaderamente revolucionario no consiste en acelerar el tiempo, sino en interrumpirlo, detener el tren del progreso que avanza dejando ruinas a su paso. El pensamiento, para Benjamin, es ese relámpago que ilumina el desastre.

Desde esa perspectiva, Fuga no intenta seguir la actualidad, intenta suspenderla. Cada editorial fue un gesto benjaminiano, una pausa en el flujo para mirar lo que la velocidad deja atrás. Porque el presente, cuando no se interrumpe, se convierte en un mecanismo de olvido.

Michel Foucault mostró cómo el poder moderno ya no se ejerce desde arriba, sino desde adentro. Se filtra en los cuerpos, en los hábitos, en los discursos. Byung-Chul Han llevó esa intuición más lejos, vivimos bajo una psicopolítica que no reprime, sino que estimula. Se nos invita a producir, a opinar, a compartir, a “ser nosotros mismos”, y en esa aparente libertad nos disciplinamos solos. La sociedad del rendimiento no necesita censura, basta con la hiperactividad. El sujeto agotado no piensa, porque pensar interrumpe.

Por eso la interrupción es una práctica de libertad.

Pero esa libertad no puede pensarse sin la presencia del otro. Toda emancipación que no incluya la otredad se vuelve mero aislamiento.
En tiempos donde la palabra libertad ha sido secuestrada, convertida en eslogan o en marca, recuperarla implica resistir su vaciamiento. No se trata de una libertad que excluye, sino de una que se abre, la que nace del encuentro, no del dominio.
Decir no al flujo, no a la sobreexposición, no a la exigencia de rendimiento, es recuperar una zona de autonomía. Fuga nació en esa grieta, no como negación del mundo, sino como afirmación de otra temporalidad, donde la palabra pueda pensarse antes de pronunciarse.

Heidegger advirtió que el pensamiento moderno fue capturado por la técnica. El hombre ya no piensa, calcula. El mundo se volvió una reserva de recursos y el tiempo, un instrumento de gestión. El verbo dominante pasó a ser “optimizar”. Pero el pensamiento auténtico, decía Heidegger, comienza donde el cálculo se interrumpe. Pensar es demorarse ante lo que se presenta, dejar que el ser —o el sentido, podríamos decir hoy— hable.

La lógica de la técnica busca continuidad; la lógica del pensamiento, interrupción. De ahí la paradoja contemporánea: cuanto más conectados estamos, menos comprendemos. La interrupción, entonces, es una forma de reparación, recupera la posibilidad de experiencia.

Neil Postman advirtió que moriríamos entretenidos. No por censura, sino por exceso de estímulos. Guy Debord lo había anticipado, el espectáculo no es una colección de imágenes, sino una relación social mediada por imágenes. En esa estructura, la conciencia se convierte en audiencia. Todo es visible, pero nada se ve.

La política del espectáculo reemplazó el ágora por el set televisivo. Las ideas se miden por reacciones, los liderazgos por reproducciones. El pensamiento dejó de buscar lo verdadero para buscar lo viral. Y en ese pasaje, la democracia se vuelve entretenimiento de sí misma.

Frente a ese vértigo, la crítica no grita: interrumpe.

En Clairvoyance, René Magritte se autorretrata pintando un pájaro mientras observa un huevo. No pinta lo que ve, sino lo que puede llegar a ser. Esa distancia entre la mirada y la imagen es el espacio de la interrupción, el lugar donde el pensamiento reemplaza la reproducción por la creación. Frente a un presente que solo repite sus propias formas —sus gestos políticos, sus consignas vacías, sus noticias recicladas—, Fuga elige el gesto de Magritte, mirar el huevo y ver el vuelo. No conformarse con el dato, sino buscar el sentido que todavía no existe.

Hannah Arendt decía que la acción —la única forma de vida verdaderamente política— es la que introduce lo nuevo en el mundo. Pero para que algo nuevo nazca, primero hay que detener el ciclo de lo mismo. Interrumpir no es retirarse, es crear las condiciones de lo inédito.

La continuidad sin sentido es la forma más sofisticada del estancamiento. Nada se detiene, pero nada cambia. En un país que vive entre la urgencia y la improvisación, Fuga elige el tiempo largo del pensamiento. Cada texto es una forma de demora frente a la velocidad del ruido. Porque toda conciencia comienza cuando algo se interrumpe.

Treinta números después, lo que celebramos no es la continuidad, sino las interrupciones. Cada semana fue una detención en la maquinaria del presente; cada palabra, un intento de reparar la conciencia desgastada por el espectáculo.

Si el siglo XIX creyó en el progreso y el XX en la revolución, el XXI deberá aprender a creer en la interrupción: no en la espera pasiva, sino en la pausa creadora.

Haber sostenido, durante treinta semanas, un espacio donde el pensamiento interrumpe el ruido ya es, en este país, una forma de resistencia. No es una victoria, es una insistencia.

 

 

Bienvenidos a la Edición 30. 

Esto es Fuga.

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