Por Gabriela Suárez.
Yace del vacío,
del hueco que dejó una palabra que nunca llegó a decirse,
de la voz que aprendió a callar
porque el mundo no sabía escucharla.
Nace del cuerpo que tembló tantas veces
que ahora tiembla en cada trazo,
en cada nota,
en cada verso.
El arte brota
del corazón remendado con hilos de memoria,
de la mirada que supo perderlo todo
y, aun así,
seguía buscando belleza entre las ruinas.
Porque las personas rotas
no crean desde la abundancia,
crean desde la falta.
Desde el silencio,
desde el borde.
Desde ese lugar donde la tristeza se convierte en tinta
y la herida se vuelve lenguaje.
Son almas que sangran despacio,
que aprendieron que llorar también es pintar,
que escribir también es sobrevivir.
Y que cuando el dolor se nombra
ya no duele igual.
El arte nace allí
en la última grieta antes del abismo,
cuando todo parece perder sentido
y, de pronto,
una chispa,
una pequeña luz,
se atreve a quedarse.
Nace de quienes se levantan con las manos vacías
y construyen universos con su llanto.
De quienes fueron silenciadas
y un día se descubren diciendo todo
sin pronunciar una sola palabra.
Porque el arte es un latido.
Es la prueba de que algo sigue vivo
dentro de quienes un día creyeron
que ya no podían más.
Y allí, en ese rincón secreto,
donde la herida se abre y no se esconde,
el arte respira.
Sana.
Y vuelve a nombrarte.

Buenísimoooo
Excelente Gabriela, un placer leerte.