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La tiranía de lo innecesario

Publicado el

Por Fabricio Falcucci.

Cuando el poder se arrodilló ante la libertad.

Alejandro y su búsqueda incansable

Alejandro Magno (356–323 a. C.), rey de Macedonia, no fue solo uno de los más grandes conquistadores de la historia. Hijo de Filipo II, fue discípulo del mismísimo Aristóteles, quien le inculcó que el conocimiento era el bien más alto y que la razón debía guiar el poder. Desde joven se formó en las artes del saber, la política y la guerra. Estratega brillante, visionario político y conquistador incansable, su destino, sin embargo, no fue el del filósofo, sino el del líder que debía actuar.

A los veinte años asumió el trono de Macedonia y comenzó una expansión militar sin precedentes. En poco más de una década, su imperio se extendió desde Grecia hasta Egipto y la India. Pero, a medida que las fronteras de su imperio crecían, también lo hacía su inquietud interior. Alejandro no solo buscaba vencer, sino comprender.

Tenía por costumbre, en cada región conquistada, visitar al hombre más sabio del lugar. Lo hacía escoltado por su guardia imperial, no por mera ostentación, sino impulsado por el deseo profundo de hallar, entre los pensadores y ascetas, aquello que las victorias no lograban darle: una forma de paz, o quizá de sentido.

Andá pa’ allá, bobo

Fue así como, al llegar a Corinto, una ciudad-estado clave en la Grecia continental, oyó hablar de un filósofo singular: Diógenes de Sínope. Diógenes era el más extremo de los cínicos, un hombre que vivía sin posesiones, dentro de un cántaro, vestido apenas con su libertad.

Intrigado, Alejandro fue a conocerlo. Lo encontró tomando el sol, sereno y completamente desinteresado de todo lo que el mundo llamaba poder. El joven rey, acostumbrado a que todos se inclinaran ante su presencia, se acercó respetuosamente y pronunció las palabras que siempre abrían todas las puertas:

—Soy Alejandro, el rey. Pídeme lo que desees.

Diógenes, sin inmutarse ni moverse, lo miró y respondió con una calma desconcertante:

—Apártate, que me tapas el sol.

La anécdota, inmortalizada por Plutarco, fue mucho más que una insolencia. Fue una revelación. En ese instante, el conquistador más poderoso de la tierra comprendió que existía una forma de soberanía que no se lograba por la fuerza. Alejandro podía dominar ejércitos, fundar ciudades, imponer leyes; pero no podía otorgar lo que Diógenes ya poseía: la libertad interior y el dominio sobre uno mismo.

Este encuentro breve, pero eterno, mostró el contraste radical entre dos formas de grandeza, compuestas por el poder exterior y la sabiduría interior. El rey, nacido para mandar y conquistar el mundo, reconoció la existencia de reinos internos que ni el más grande de los hombres puede someter.

La filosofía del perro. Una crítica radical a la apariencia

Diógenes de Sínope llevó la enseñanza de que la virtud basta para la felicidad —heredada de Sócrates a través de Antístenes— de la teoría a la existencia. Él no buscaba teorizar sobre la libertad, sino vivirla. Si Sócrates había interrogado a los hombres en las plazas, Diógenes los provocó desde el margen, mostrando con su vida lo que el pensamiento convencional no podía articular.

El término que da origen a “cínico” es kynikós, que significa “perruno”. Los seguidores de esta corriente adoptaron al perro como emblema de su filosofía. En él encontraron un modelo de autenticidad: no finge, no oculta su naturaleza, no se avergüenza de su cuerpo ni de sus impulsos. Vive conforme a lo que es, sin someter su conducta al juicio ajeno. Para los cínicos, esta era la verdadera sabiduría: vivir de acuerdo con la naturaleza sin máscaras ni apariencias.

Diógenes aprendió de los perros la franqueza, la resistencia y la libertad. Admiraba su capacidad de dormir en cualquier sitio, comer lo que hubiera, no temer a nadie y defender con coraje lo que consideraban suyo. Observaba que los hombres, en cambio, se rodeaban de comodidades y leyes, esclavos de costumbres que los alejaban de su propia verdad. Su “perrunidad” no era degradación, sino una forma de dignidad natural.

Frente a una sociedad dominada por la apariencia, él veía en el perro un espejo sin engaño, un ser que no se disfraza ni se vende, que se contenta con poco y responde solo a su instinto vital. Su existencia fue una puesta en práctica de esta lección. Vivía al aire libre, en un tonel, ajeno a los convencionalismos de la polis.

Su despojo no era desprecio al mundo, sino fidelidad a una idea de pureza: reducir la vida a lo esencial para conservar la libertad en medio de la abundancia inútil. Cada gesto suyo —dormir al sol, pedir limosna, hablar con ironía— era una lección contra la vanidad humana. Decía que el hombre se vuelve esclavo cuando necesita demasiado, porque cada necesidad inventada se convierte en un amo. En esa austeridad, Diógenes encontró una alegría más profunda, una plenitud nacida de la independencia.

Cuando Alejandro le ofreció cumplir cualquier deseo, el filósofo fue fiel a su sabiduría perruna y no pidió nada. Le bastaba el sol.

El alma serena

El gesto de Diógenes no murió con él. Su figura, burlona y luminosa, se convirtió en la semilla filosófica del estoicismo. Lo que en el cínico fue provocación vital, en los estoicos se transformó en disciplina interior: de su rebeldía nació una ética de la serenidad.

Epicteto, nacido esclavo, llevó al extremo la lección cínica al comprender que la libertad no depende de las circunstancias, sino de la actitud con que se las enfrenta. Enseñaba que nada externo puede esclavizar al hombre si este conserva el gobierno de su mente. La verdadera cadena, decía, no es la del cuerpo, sino la del deseo.

Séneca, el consejero de emperadores, tradujo esa enseñanza en una ética práctica: “Quien se basta a sí mismo nunca es pobre”. Para él, la riqueza y la pobreza no eran condiciones materiales, sino estados del alma. La virtud consistía en no depender de lo que el azar otorga ni lamentar lo que este quita. En esa independencia moral vio la única forma de invulnerabilidad posible.

Finalmente, en Marco Aurelio, emperador y filósofo, la herencia de Diógenes alcanzó su expresión más serena. Educado en el poder, comprendió que la calma era la forma más alta de dominio. Escribió en sus Meditaciones: “Tú tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos; entiende esto y encontrarás la fuerza”. En esas palabras late, transfigurada, la lección del filósofo que había pedido a Alejandro que se apartara del sol.

Los estoicos heredaron del cinismo la austeridad, pero la llenaron de equilibrio. Diógenes había hecho de la pobreza un acto de rebelión; los estoicos la convirtieron en un método de libertad. La virtud dejó de ser rechazo del mundo para ser aceptación lúcida de su orden. El sabio, para el estoico, no huye del mundo como Diógenes, sino que permanece en él sin dejarse arrastrar. Acepta la fortuna y el infortunio con igual serenidad, porque sabe que lo único verdaderamente suyo es su voluntad.

Diógenes había demostrado con su vida lo que los estoicos expresarían con sus palabras: que quien domina su interior no puede ser dominado por nada. Su tonel fue el primer templo del alma libre; su insolencia, el preludio de una sabiduría que enseñaría a resistir sin odio, a perder sin miedo, a vivir sin depender.

¿Necesitamos lo que creemos necesitar?

Hoy, estas lecciones siguen siendo profundamente incómodas porque señalan aquello que preferimos ignorar. Vivimos en un mundo obsesionado con la apariencia, donde lo estético se impone como valor supremo y el éxito se mide por la visibilidad y la aprobación. Cada imagen, acumulación o gesto calculado busca impresionar a otros, mientras la plenitud permanece fuera de alcance. La sociedad contemporánea celebra la posesión de cosas, títulos y poder, concediendo autoridad a quien impone su criterio, aunque carezca de virtud. Somos herederos del espíritu de Alejandro, afanados en conquistar afuera y acumular lo que se ve.

Aquí se impone una reflexión ineludible. Nada de lo que acapara el mundo garantiza libertad ni sentido. Nos han convencido de que la acumulación de bienes, títulos o poder es el pasaporte a la felicidad, pero la vida de Diógenes prueba lo contrario. El rey necesita un ejército y el filósofo solo un rayo de sol. Esta independencia total es la máxima riqueza, pues lo que no se posee no se puede perder. La búsqueda frenética de lo exterior nos distancia de la única conquista que realmente importa: nuestro propio dominio.

El filósofo del barril, en contraste, ofrece una crítica radical al modelo actual. Su vida despojada muestra que la verdadera riqueza no se acumula ni se exhibe. Mientras otros compiten por ocupar lugares de privilegio, nos recuerda que quien domina su interior y su juicio no necesita convencer a nadie. Es aquí donde emerge nuestra segunda reflexión ineludible: el poder sin claridad del espíritu es vanidad, y la riqueza sin medida es prisión. La vanidad se disfraza de autoridad; el poder sin virtud es solo un espectáculo vacío. Y cuando la riqueza se convierte en el fin último y no en un medio, genera más dependencia que la pobreza. La obsesión por mantener y aumentar lo que se posee nos convierte en carceleros de nuestras propias vidas, esclavos de las leyes que creamos para proteger nuestra abundancia inútil.

Alejandro Magno murió joven, rodeado de riquezas, ejércitos y soledad. Diógenes murió viejo, desnudo de bienes, pero dueño absoluto de sí mismo. Uno buscó someter al mundo; el otro, someter su propia mente. El gesto de Diógenes nos interpela y nos humilla, porque mientras nos afanamos en conquistar y demostrar, él ya había conquistado lo único que importa y no podía perderse.

La sabiduría del cínico desnuda, sin embargo, una verdad aún más dolorosa, y que constituye nuestra tercera reflexión ineludible: el mayor robo de la modernidad es convencernos de que necesitamos todo lo que no necesitamos. Esta tiranía de lo necesario es el motor de nuestra insatisfacción permanente. Nos bombardean con deseos fabricados, transformando la vida en una carrera interminable por adquirir lo superfluo, desviándonos de la simplicidad de la naturaleza que tanto admiraba Diógenes. Al desearlo todo, entregamos nuestra soberanía a las fuerzas externas que nos dictan qué ser y qué tener.

Aun así, hay gestos que ninguna época logra domesticar. Uno de ellos sigue vivo: Diógenes levantando la mirada hacia el sol, sin miedo, sin artificio, sin pedir permiso. Esa luz que no puede tapar nadie nos desafía hoy tanto como en la Atenas de los cínicos. Nos recuerda que la verdadera soberanía no se compra ni se conquista, y que la libertad sigue estando al alcance de quienes se atreven a renunciar a lo que sobra, a callar la multitud y a mirar de frente lo esencial.

 

19 COMENTARIOS

  1. Qué lindo texto !! Hermoso día para recordar a Alejandro Magno ! 👑
    Yo puedo percibir que hay dos formas opuestas de entender la grandeza y la libertad , por un lado la grandeza interior y por otro lado la exterior donde nos muestra cómo la sociedad moderna repite el error de Alejandro, al perseguir éxito, apariencia y consumo, creyendo que eso da sentido a la vida por eso rescata la lección de Diógenes que decía que la verdadera riqueza está en necesitar poco, en no ser esclavo del deseo.
    Y nos deja el mensaje de que la libertad interior es la conquista más grande, y que quien logra gobernarse a sí mismo alcanza una forma de poder que ninguna riqueza ni autoridad pueden igualar!!! Que lo de adentro es mucho más poderoso y valioso que el poder externo y vacío.
    Aveces nos confundimos y pensamos que el éxito está en las relaciones sociales , en cuanto nos respete el otro y nos terminamos olvidando lo valioso e importante que es lograr ese éxito interno! De sentirnos felices con nosotros mismos, de no importarnos lo que digan los demás , que nada sea más importante que tener esa paz interior y de saber que el valor que tengo como persona lo llevo por dentro no fingiendo ser poderoso por fuera sin tener en mi alma y mi corazón esa grandeza de serme fiel a mí mismo! Esa es mi reflexión 💞

  2. Hermosos textos y una reflexión increíble .estamos atravesando como sociedad una esclavitud moderna donde la intimidad, el desarrollo personal fueron excluidos como objetivos principales . Hoy la prioridad se enfoca en mostrar absolutamente todo e incluso dibujar una fachada de nuestra persona que llegamos hasta olvidar quienes somos .muchas profesor

  3. Me gustó mucho el texto porque hace pensar en que la verdadera libertad no está en tener poder ni cosas materiales, sino en estar en paz con uno mismo. La historia de Alejandro y Diógenes deja una enseñanza que sigue siendo muy actual

  4. Muy buena pluma. Espero los sábados para tomar un buen café y leer tu artículo que me ayuda a reflexionar sobre tema interesantes y cultivarme a la vez. Felicitaciones por el artículo

  5. ​Estimado profesor Falcucci:
    ​Excelente columna. 👏Me parece magistral cómo utiliza la anécdota de Alejandro y Diógenes para desnudar la relación entre poder y desposesión. Es un recordatorio atemporal de que la verdadera libertad es una variable interna, no externa.
    ​Desde mi reciente graduación como diplomada en Política y Gobierno, encuentro que la nota es particularmente relevante para el análisis de la gestión pública moderna.
    ​Mi única crítica (o quizás, mi invitación a la reflexión) es la siguiente: ¿No existe una ‘tiranía’ en la otra dirección? ¿Es posible aplicar la ‘libertad cínica’ de Diógenes en el ejercicio del poder real sin caer en la abdicación de la responsabilidad?
    ​El gobernante, por definición, está obligado a gestionar lo ‘necesario’ (infraestructura, seguridad, economía) y no puede darse el lujo de la desposesión absoluta. Me pregunto si el desafío político actual no es tanto elegir entre la ‘tiranía de lo innecesario’ y la ‘libertad del cántaro’, sino encontrar una ética de la suficiencia que permita la gestión eficiente sin sucumbir al hedonismo de la acumulación. La razón, tal como la concebía Aristóteles—maestro de Alejandro—, ¿no demandaría un equilibrio entre la libertad individual y la responsabilidad sobre el oikos (la casa común)?
    ​Gracias por invitar a pensar más allá de la urgencia y el cálculo.
    ​Un saludo 👏👏👏

  6. Profesor, me encantó cómo en “La tiranía de lo innecesario” logra conectar una historia tan lejana en el tiempo con algo tan actual. Esa escena entre Alejandro Magno y Diógenes, que podría parecer solo una anécdota antigua, usted la transforma en una reflexión sobre la vida moderna, sobre lo que realmente necesitamos y lo que nos termina dominando. Me resultó muy fuerte esa idea de que el poder puede arrodillarse ante la libertad, porque a veces uno se da cuenta de que tener mucho no siempre significa ser libre, y que lo más valioso puede estar en lo más simple. Tambien me recuerda mucho a la vida de San Francisco de Asis. Si bien , ambos rechazaron posesiones materiales, tienen diferencias marcadas. Mientras buscaba la autosuficiencia y la virtud a través de un rechazo radical de las normas sociales y materiales, viviendo como un «perro» para desmantelar la hipocresía de la sociedad, San Francisco rechazaba los bienes por una profunda devocion religiosa y un amor hacia Dios y la Creacion,buscando seguir el ejemplo de Cristo.

    Lo que más me impactó fue la forma en que muestra la vigencia del pensamiento de Diógenes. Esa imagen del filósofo pidiendo simplemente que no le tapen el sol es tan simbólica… hoy, rodeados de cosas que creemos indispensables, su gesto suena casi revolucionario. Me hizo pensar en cómo nuestra sociedad vive apurada, queriendo mostrar más de lo que es, acumulando cosas que no necesita.

    Cuando usted habla de “la tiranía de lo necesario”, siento que pone en palabras algo que todos vivimos, aunque no siempre lo reconocemos. Esa dependencia de lo superfluo que termina vaciándonos por dentro. A mí me hizo reflexionar mucho sobre qué cosas considero realmente necesarias, y cuántas responden solo a una costumbre o a una presión externa.

    Sinceramente, profesor, me gusta cómo logra que la filosofía no suene lejana ni teórica, sino viva, humana, cotidiana. Leer este texto fue como detenerse un momento y pensar si no estamos, como Alejandro, persiguiendo conquistas que al final no nos dejan ver el sol.

  7. El Texto,refleja con una lucidez admirable cómo la libertad más auténtica no se conquista afuera, sino adentro. La figura de Diógenes nos enfrenta al espejo de una sociedad que sigue adorando lo superficial, mientras teme el silencio y la sencillez. En tiempos donde la apariencia domina, su gesto,pedir solo que no le tapen el sol.
    Se vuelve una rebelión filosófica: nos recuerda que la verdadera soberanía nace cuando dejamos de necesitar tanto.
    Hoy, más que nunca, el desafío es ese: volver a bastarnos a nosotros mismos y aprender a vivir sin que la abundancia nos esclavice.

  8. La vida está llena de momentos que nos invitan a reflexionar. A veces, es bueno detenerse y pensar en lo que realmente valoramos. Pregúntarnos: ¿qué te trae alegría? ¿Qué te motiva a seguir adelante? Estas preguntas pueden ayudarnos a encontrar claridad en medio del caos. Es importante recordar que cada día es una nueva oportunidad para aprender y crecer.

  9. Me gustó mucho la historia y como, a través de ella nos relata la historia de Alejandro Magno y su encuentro con el filósofo Diógenes, quien vivía en un tonel y si bien no tenía absolutamente nada, por más de que Alejandro le haya ofrecido lo que quisiera, él prefirió priorizar sus valores personales. Esto nos hace reflexionar y pensar que no siempre lo material, los deseos, etc., nos van a hacer felices; a veces solo basta con tener paz y lograr estar bien con uno mismo, más allá de las circunstancias que estemos atravesando.

  10. Fabri hay algo luminoso en este texto. Transformás una anécdota milenaria en una parábola del presente. Mientras todos corren detrás del poder, vos recordás que la libertad no se conquista. Esa imagen final, Diógenes levantando la mirada hacia el sol, es también un modo de escribir, despojado, sereno, esencial.

  11. Reconozco ,me volví adicta a las nota de FABRICIO. Ojalá todos pudiéramos ser un poco Diógenes, aunque hay algo que creo no está bien, el hecho de pedir,o sea sos libre pero en cierta forma ,Vivis de la bondad de los demás

  12. Excelente uso de la filosofía y la historia para proponernos mirar «con otros ojos» a la realidad actual, lo que queremos y sobre todo lo que buscamos.

  13. Muy buena reflexión profe!!!
    Es fascinante como pudo conectar una actualidad tan «naturalizada» en base a Alejandro Magno.
    De una u otra manera, muestra como nosotros mismos en sociedad somos codiciosos, que lo único que importa es lo material, desear tener más y más de lo que uno tiene. Y eso es lo que encierra a uno mismo. Se concentra tanto en conseguir todo eso que desea y podría decir que hasta obsesionarse con tenerlo todo, pero deja encerrado su verdadera libertad, su independencia, deja encerrado su verdadero ser.

  14. Que linda reflexión profe, el texto marca que la identidad se confunde con la visibilidad, vivimos en un mundo donde mayormente las personas son «Alejandros» y muy pocos «Diógenes», la verdadera soberanía no consiste en gobernar a otros, sino en no ser gobernados por los propios deseos. El gesto de Diógenes (pedir solo que no le tapen el sol) es la imagen más pura de la libertad porque restaura la proporción entre el ser y el tener.
    Es increíble como se relaciona con la actualidad…

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