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La hora del desinterés

Publicado el

Por Fabricio Falcucci. 

Cuando las urnas hablan menos que el hastío.

 

En cada elección hay ganadores y perdedores. Son las postales habituales de un domingo político. Pero a veces las luces de alarma se encienden por otro motivo: no por quién ganó o perdió, sino por cuántos dejaron de votar. En esta Argentina, el silencio en las urnas empieza a aturdir y a ser más fuerte que los discursos de cualquier campaña.

La última elección dejó un dato que no debería pasar inadvertido: la Cámara Nacional Electoral informó que la participación fue del 68,3 %, la más baja desde 1983. En la primera vuelta de 2019 había sido del 80,4 %. La tendencia descendente se repitió en las legislativas de 2021: solo el 71 % del padrón acudió a votar.

¿Qué nos está diciendo ese número? ¿Qué significa, en un país de voto obligatorio, que casi un tercio de los ciudadanos haya elegido no elegir?

El vacío en las urnas

La abstención, en su sentido más profundo, no es un simple acto de omisión, sino una forma de decir algo cuando ya no se cree que alguien escuche. En la historia argentina, las maneras de ausentarse siempre tuvieron contenido político, aun cuando parecieran gestos de silencio.

El voto obligatorio, masculino y universal, nació con la Ley Sáenz Peña de 1912, impulsada por el presidente Roque Sáenz Peña y su ministro del Interior, Indalecio Gómez, quienes buscaron poner fin a décadas de fraude electoral y garantizar un sufragio limpio y representativo. En sus primeros años, la participación fue masiva: un hecho inédito para un país acostumbrado al voto cantado y la coacción política.

Durante los años de proscripción del peronismo, entre 1955 y 1973, el voto en blanco se transformó en una forma de resistencia silenciosa, una manera de estar presentes en la ausencia. Perón, desde su exilio en Puerta de Hierro, alentaba a sus seguidores a votar en blanco como gesto de desafío ante un sistema que prohibía elegir a la mayoría. Cada sobre vacío era una forma de desobediencia política. No era apatía: era un acto de fidelidad. El ciudadano no podía votar a quien quería, pero tampoco aceptaba legitimar un orden que lo excluía.

Con la recuperación democrática en 1983, el país vivió su momento más luminoso. Más del 85 % del padrón votó, una cifra que simbolizó el reencuentro entre política y ciudadanía. El voto fue una celebración colectiva, la restitución de una voz que había sido silenciada. Cada boleta representó un gesto de memoria y esperanza. Pero con el correr de los años, esa energía se fue diluyendo. Las promesas incumplidas, la corrupción y la distancia entre dirigentes y votantes erosionaron la confianza.

La crisis de 2001 marcó un punto de inflexión. Las urnas comenzaron a vaciarse y los votos nulos o en blanco se multiplicaron. “Que se vayan todos” no fue solo un grito en las calles, también se expresó en la abstención y el desencanto. La gente ya no veía en la política un medio de transformación, sino un espejo del fracaso. La desafección se volvió estructural y afectó a todas las fuerzas, más allá de ideologías.

Hoy el vacío tiene otro significado. No hay proscripción ni dictadura, pero hay una fatiga cívica extendida. La pandemia profundizó el desapego y consolidó un voto más individualista, más reactivo, menos esperanzado. Lo que se proscribió esta vez no fue un partido, sino la ilusión de que el voto pueda cambiar algo. La abstención y el voto en blanco ya no expresan resistencia, sino agotamiento. Reflejan una sociedad que mira la política desde lejos, con una mezcla de ironía y resignación.

El desafío de la Argentina es devolver sentido al acto de votar: que la participación vuelva a ser una expresión de confianza y no un trámite burocrático. La democracia no se sostiene solo con urnas llenas, sino con ciudadanos convencidos de que su voz importa. Recuperar esa fe es una tarea colectiva, tan política como moral. Mientras eso no ocurra, cada elección será menos un ejercicio de esperanza y más un espejo de desencanto.

Desafección y desconfianza

El voto fue durante décadas un acto de afirmación colectiva, una forma de creer que la decisión individual podía transformar el rumbo del país. Hoy, para muchos, se ha vuelto un gesto rutinario, sin eco en la realidad. La política perdió su capacidad de prometer futuro, y cuando no hay futuro, la ciudadanía se desdibuja. Como advierte María Esperanza Casullo, la gente no vota menos porque le haya dejado de importar, sino porque ya no cree que algo cambie. Esa pérdida de fe es el núcleo del problema.

El ausentismo electoral no expresa indiferencia, sino decepción. Lo que antes era entusiasmo ahora se transforma en una retirada silenciosa. El ciudadano ya no percibe que su esfuerzo tenga recompensa ni que su voto encuentre respuesta en políticas concretas. En ese punto se instala lo que Giovanni Sartori describía como una espiral de desconfianza: un ciclo en el que la falta de resultados erosiona la participación, y la desmovilización, a su vez, agrava la ineficacia del sistema.

Esa desconfianza se alimenta, además, de una lógica que Guillermo O’Donnell denominó “democracia delegativa”. Los votantes depositan su confianza en un líder con la esperanza de que solucione todo y luego se retiran, como si la democracia fuera un contrato de entrega y no una práctica de participación. Cuando las promesas se frustran, el ciudadano responde retirando su voz. La abstención se convierte así en la forma más contundente de expresar el desencanto: una suerte de revocación simbólica de la representación.

Como resume Luis Tonelli, la política perdió su capacidad de imaginar y proponer un mañana posible. En un país donde las elecciones ya no movilizan esperanzas, el riesgo es que la democracia se transforme en un ritual sin sentido, donde el acto de votar deja de ser una herramienta de cambio para convertirse en un reflejo del desánimo colectivo. A ello se suma un fenómeno cada vez más visible en la Argentina contemporánea: el voto ya no se orienta hacia quien genera adhesión, sino contra quien genera rechazo. Votar “anti” se volvió una forma de defensa más que de convicción, un modo de resistir al otro antes que de construir un proyecto común. Esa dinámica, tan extendida como peligrosa, consolida el desencanto y deja a la política atrapada en un círculo sin salida, donde el miedo reemplaza a la esperanza.

La pandemia como inflexión

La crisis sanitaria global no solo aisló cuerpos: también aisló voluntades. El confinamiento prolongado, la incertidumbre económica y la sobrecarga emocional deterioraron el tejido de confianza entre la ciudadanía y las instituciones. Durante meses, el Estado ocupó todos los espacios de la vida cotidiana, decidiendo quién podía salir, trabajar o circular. Esa omnipresencia, que al principio pareció un gesto de protección, terminó desgastando su autoridad. La gestión de la pandemia, marcada por improvisaciones y desigualdades, dejó una herida más profunda que la sanitaria. Lo que se quebró fue la percepción de que la política podía cuidar, ordenar o dar respuestas sensatas en medio del miedo.

Esa ruptura no cicatrizó. La Argentina pospandemia sigue envuelta en una inercia de desconfianza, una especie de niebla emocional que impide mirar hacia adelante. La inflación desbordada, la precariedad laboral y la fragmentación social prolongan el estado de emergencia en cámara lenta. Vivimos como si la pandemia no hubiese terminado del todo, atrapados en la lógica del “sálvese quien pueda”, sin un horizonte común que convoque.

Los partidos políticos siguen hablando con los lenguajes del pasado: ofrecen soluciones técnicas a un malestar que es, sobre todo, existencial. No logran interpretar el cansancio social ni el escepticismo profundo que atraviesa a una ciudadanía que siente que nada cambia, que los liderazgos se repiten, que la política se volvió un escenario de gestos sin contenido. En ese contexto, la abstención no es simple apatía, sino la traducción silenciosa de un desencanto que los discursos políticos ya no consiguen revertir.

A menor participación, además, mayor polarización. Quienes permanecen activos en las urnas suelen ser los más convencidos, los más duros, los que militan su voto con intensidad ideológica. La consecuencia es un mapa político dominado por minorías ruidosas, donde el consenso se convierte en un bien escaso y la conversación democrática se degrada en una sucesión de enfrentamientos.

Esa combinación de baja legitimidad y polarización conduce a una fragilidad democrática que se siente incluso fuera del plano institucional. Cuando las urnas dejan de convocar, las calles se transforman en el nuevo escenario de decisión política.

En ese contexto, algunos sectores impulsan cambios en el método electoral —como la boleta única o el voto electrónico— bajo el argumento de modernizar el sistema o hacerlo más transparente. Sin embargo, como advierte el politólogo Andy Tow, esas reformas suelen tener un componente interesado: benefician a quienes las promueven sin garantizar una mejora real en la participación. Lo técnico no sustituye lo simbólico. La confianza en el voto no depende del formato de la boleta, sino del sentido que le damos al acto de elegir.

Reconstruir el sentido

Las cifras de ausentismo no son solo una estadística electoral: son un diagnóstico social. Hablan de una ciudadanía que no encuentra eco en la política, de una democracia que no logra ofrecer esperanza.

El desafío es ontológico. La dirigencia debe volver a demostrar que el voto transforma, que elegir vale la pena, que el cuarto oscuro sigue siendo un lugar de poder y no un vestigio de otra época. Que sigue siendo real la consigna de que con la democracia se come, se cura y se educa.

La pandemia nos dejó un espejo incómodo donde se refleja el desencanto. La pregunta, todavía abierta, es si seremos capaces de volver a mirarnos y reconocernos en él.

13 COMENTARIOS

  1. La Hora del Desinterés…
    No sé si se trata de desinterés o desilusión, pero lo que sí sé es que el pueblo ha dejado de creer en el sistema democrático y en el poder que tiene SU VOTO en las urnas. El pueblo ha olvidado el poder de su voz; como señala Ocampo, ha olvidado alzarla. Han pasado por alto que, durante la dictadura, clamaban por una democracia justa y segura. Esto significa que son ellos mismos los responsables de cómo está nuestro país.
    Los políticos corruptos siempre han existido, pero es el pueblo quien los acepta, a menudo a cambio de dinero o cajas de mercadería por un voto, sin darse cuenta de que están arriesgando su futuro. La pandemia ha convertido al pueblo argentino en una sociedad conformista y exigente, donde se espera que todo se les dé sin un esfuerzo colectivo por encontrar soluciones.

    Es urgente reconstruir el sentido de responsabilidad cívica. A través del voto, debemos expresar que no queremos un país analfabeto y pobre, que no deseamos políticos mentirosos y corruptos, y que no aceptamos un sistema donde unos pocos se benefician a expensas de muchos.

  2. Estimado Fabrizio: Tu artículo es conceptualmente muy lúcido, pero creo que en el fondo hay cierta resistencia a buscar responsables y mirar los procesos históricos y sus consecuencias para encontrar las causas de este desencanto colectivo frente a las elecciones de autoridades. Por empezar, no creo en los dogmatismos: creo en la enseñanza inapelable de la realidad y de la historia. El voto universal fue una fenomenal conquista para la democracia frente a la iniquidad del control que ejercían los poderosos sobre sus subalternos. Pero quedó aplazado el alcance de la palabra universal. “Lo universal es todo o no es nada”, decía Julieta Lanteri, una mujer enorme a la que la historia silenció. En el universo de Sáenz Peña no entraban las mujeres, que lograron votar casi cuarenta años después. El avance de la alfabetización y la inclusión de las mujeres humildes en el sistema educativo y en la salud pública disminuyeron sensiblemente la mortalidad infantil y la mortalidad materna. Hubo gobiernos que se ocuparon de eso, y otros —como el presente— que lo están destruyendo. La pandemia fue una tragedia planetaria, pero dejó secuelas diferentes según cómo la gestionaron los distintos países. En Brasil, la derecha hizo estragos negando los controles e impidiendo la llegada de vacunas, al igual que en Ecuador, donde los cadáveres se apilaban en las veredas. Aquí no hubo nada de eso. Según serias estadísticas, fuimos el país que mejor gestionó la pandemia, a pesar de los ataques arteros de las iglesias a la vacunación y de la oposición de ese momento, que hizo todo lo posible por romper el aislamiento necesario y propagar la epidemia como estrategia política. Se trabajó intensamente desde los medios de comunicación y las redes para crear una nueva configuración sobre los derechos de los ciudadanos, el sano juego de la democracia, el respeto a la pluralidad de ideas y el descrédito del sistema democrático. Jóvenes y adultos desinformados, propensos a creer cualquier cosa sin pensar, fueron absorbiendo ese discurso que popularizó términos como “apolítico”, “todos son lo mismo” o “cien años de peronismo”. La derecha, que apoyó los golpes de Estado, que auspicia y propicia la exclusión, el patriarcado, la xenofobia y la aporofobia, que tergiversa la verdadera historia, debe hacerse cargo de lo que estamos viviendo.
    Yo seguiré votando y militando por la causa de los Derechos Humanos, por mis hijos y por las futuras generaciones, que merecen un mundo mejor.

  3. Excelente artículo con una gran claridad conceptual. Bucea en el.desinteres y la apatía, sin pretender buscar culpables, porque de hacerlo, perdería la independencia. Pienso, que el columnista nos llama a reflexionar sobre el porqué de esta ausencia, y a mi entender obedece a la falta de compromiso ciudadano, buscamos responsables en los gobernantes, cuando sabemos que el pueblo no delibera ni gobierna si no a través de sus representantes. Somos una democracia incipiente, nos falta mucho camino por recorrer y muchísimo por aprender. Hoy debemos festejar que hemos podido votar libremente, y llamar a la reflexión a aquellos que eludiendo su responsabilidad.

  4. Excelente artículo, refleja la realidad que hoy vivimos como sociedad. La gente se olvida lo importante que es votar por y para nosotros mismos, para un mejor futuro

    • Me encantó la parte donde habla de cómo el desinterés podría ser una oportunidad para cambiar las cosas, porque me hizo pensar en por qué tanta gente se siente desilusionada con la política y cómo eso no tiene que ser el fin, sino el principio de algo mejor. También me gustó lo que decís sobre la corrupción y cómo nos ha dejado a todos así de desmotivados, porque es tan real y explica por qué muchos no se meten más. Esta muy bueno!!!

  5. “La hora del desinterés” un artículo que refleja mucho y nos deja un gran análisis que nos invita a pensar en un problema profundo de nuestras democracias,que viene atravesando con el pasar de los años en la pérdida de compromiso real con lo político. No alcanza solo con votar si ese gesto ya no nace de la esperanza ni del deseo de transformar algo. Cuando las personas se desconectan, otros —no siempre los más éticos ni los más justos— terminan decidiendo por todos. Ese vacío abre la puerta a un poder concentrado y sin empatía. Por eso es urgente recuperar la educación y la conciencia politica ,con participación viva y responsable. Y también comprender que el desinterés no surge de la nada ,muchas veces nace del desencanto, de la desconfianza y del cansancio frente a la injusticia. El desafío es reconstruir el vínculo entre ciudadanía y política desde un lugar más humano, donde la voz de cada uno vuelva a tener sentido y fuerza.

  6. El texto nos hace pensar y ver cómo, de manera lamentable, las personas se han y siguen absteniéndose de votar en los últimos años, no solo debido a la falta de esperanza que algunos tienen respecto a que su voto pueda cambiar algo, sino que también es algo que empeoró para mal por la pandemia del COVID-19 y la inconformidad de las personas por las medidas que el gobierno tomó en aquel momento, provocando más la desconfianza en las instituciones y los respectivos agentes encargadas de ellas.

  7. Muy lúcido y oportuno profe..
    Es una forma silenciosa de protesta ante una democracia que, para muchos, dejó de prometer futuro. No votar era una forma de resistencia, hoy parece ser más bien una expresión de desencanto y desconfianza, refiriéndose de una crisis de sentido democrático, no es solo ganar elecciones sino recuperar la confianza en que nuestro voto vale la pena.

  8. Excelente!! Ojalá que la poca fe sea el impuso para transformar la realidad que no nos gusta. Que la desconfianza en algo mejor no nos lleve a resignarnos a estar peor. Votar es un derecho, pero también una obligación moral: la de decidir, de participar, de crear y de creer en un país más honesto, más libre y verdaderamente mejor. Gracias Fabri por el artículo, lleva mucho a la reflexión.

  9. Profe Falcucci, su artículo me hizo pensar mucho en algo que vemos seguido pero que a veces dejamos pasar: cada vez vota menos gente, y eso termina diciendo más que cualquier resultado electoral. Usted plantea que el problema no es quién gana o pierde, sino por qué tantos ciudadanos deciden no participar. Y en un país donde el voto es obligatorio, que un tercio no vaya ya muestra un cansancio muy profundo.
    Me llamó la atención cómo recorre distintos momentos de nuestra historia para mostrar que la abstención nunca es un simple “no me interesa”. En otros tiempos, como durante la proscripción del peronismo, el voto en blanco era una forma de resistencia. En 1983, la participación masiva fue casi una celebración de volver a tener voz. Pero esa energía, con los años, se fue apagando.
    Lo que más me impactó es la idea de desencanto que usted describe. No es indiferencia, sino una pérdida de confianza en que el voto pueda generar cambios reales. Siento que eso se ve mucho hoy: promesas que no se cumplen, problemas que se repiten y una sensación general de que nada mejora. Entonces aparece esa pregunta tan común: “¿para qué votar si todo sigue igual?”. Su planteo de que la abstención es casi un mensaje silencioso me parece muy acertado.
    También me pareció muy clara la parte donde usted explica el rol de la pandemia. No solo nos aisló físicamente, sino también emocional y políticamente. Muchos dejaron de confiar en que el Estado pudiera cuidar o resolver. Esa herida todavía está presente y hace que el acto de votar se sienta más como una obligación que como una herramienta de cambio.
    Otra idea que destaco es la del voto “anti”. Es verdad que hoy mucha gente vota más por rechazo que por convicción, lo que termina alimentando la polarización. Como usted señala, quienes más participan son los que están más convencidos o más enojados, y eso deja cada vez menos espacio para consensos.
    Creo que su conclusión es muy clara: si la política no recupera la capacidad de darle sentido al voto, la democracia se vuelve frágil. No basta con cambiar boletas o modernizar el sistema; hace falta reconstruir la confianza y la idea de que la participación ciudadana importa. Mientras eso no ocurra, las elecciones seguirán reflejando más descontento que esperanza.
    En síntesis, su artículo invita a pensar la abstención no como desinterés, sino como un síntoma de una sociedad cansada, que necesita creer de nuevo que participar puede transformar algo.

  10. Profesor, el texto me pareció una reflexión muy profunda sobre la crisis de participación política en la Argentina y sobre cómo el acto de votar fue perdiendo su sentido original de compromiso colectivo. Me resultó muy interesante cómo se conecta la historia del voto en el país —desde la Ley Sáenz Peña hasta la actualidad— con los cambios sociales, económicos y emocionales que marcaron cada época.
    El análisis muestra que la abstención no es simple desinterés, sino una forma de desencanto frente a una política que ya no logra representar ni generar esperanza. Me llamó la atención cómo se utilizan las ideas de autores como Sartori, O’Donnell y Tonelli para explicar que la democracia se vacía cuando deja de inspirar confianza y se vuelve solo un trámite. Además, me pareció muy acertada la relación que se plantea entre la pandemia y la desafección ciudadana, mostrando cómo la crisis sanitaria también afectó la percepción del poder y la credibilidad de las instituciones.
    En definitiva, el texto invita a pensar que el verdadero desafío no es solo lograr que la gente vuelva a votar, sino que vuelva a creer. Me dejó la sensación de que recuperar la fe en la política es una tarea colectiva, que empieza por devolverle sentido al voto como un acto de esperanza y no solo como una obligación.

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