Por Gabriela Agustina Suarez.
A veces se repite como mantra que “hay que dejar ir”, como si la acción de soltar fuera tan simple como abrir una mano. Pero lo que nadie dice es que el pasado no se adhiere a nosotros por error, sino porque está tejido en la forma misma en que pensamos, elegimos y recordamos. Aferrarse al pasado no es un gesto sentimental: es un mecanismo humano de supervivencia emocional. Sin embargo, llega un punto en el que sostener lo que ya fue se convierte no en protección, sino en ancla. Y ahí empieza la verdadera reflexión: ¿qué significa dejar ir sin negar lo vivido? ¿Cómo se desprende uno de lo que ya no existe, si el cuerpo todavía lo recuerda?
Dejar ir no es olvidar. No es borrar, suprimir o fingir que nada ocurrió. El pasado está ahí, insistiendo, buscando orden y sentido. Pero aferrarse a él como si aún pudiera garantizarnos coherencia es un error que la filosofía ha advertido desde hace siglos. Nietzsche advertía que la memoria excesiva hace que la persona quede “aplastada por la historia”, incapaz de moverse hacia adelante porque mira tanto hacia atrás que pierde la fuerza de actuar. Freud descubrió que el yo se queda ligado a lo perdido porque cree que sostener ese dolor es una forma de controlar lo incontrolable. Y Kierkegaard planteaba que el individuo repite el pasado no por necesidad, sino por miedo: miedo a elegir de nuevo, a fallar de nuevo, a vivir de nuevo.
Aferrarse al pasado es, muchas veces, un pacto silencioso con la ilusión. La ilusión de que si uno revisa lo suficiente, si analiza lo suficiente, si reinterpreta lo suficiente, algo cambiará. Pero el pasado no es un lugar: es una construcción. No regresa, no se rehace, no se negocia. Lo único real es el presente, y sin embargo, el ser humano insiste en regresar mentalmente a escenarios que ya no existen, a conversaciones que no pueden ser reescritas, a heridas que ya no tienen interlocutor. Lo que duele no es el pasado: es la fijación. Es el hábito de mirar hacia donde nada puede crecer.
Dejar ir, entonces, no es una acción pasiva, sino un acto de coraje. Implica aceptar que lo que ocurrió no puede ser distinto, que lo que se perdió no volverá de la forma en que la mente lo desea, y que lo que duele no necesita ser resuelto para permitirnos avanzar. Es un ejercicio de renuncia, pero no de resignación: es elegir no seguir alimentando la parte de nosotros que quiere quedarse atrapada en la nostalgia o en la herida. Es tomar distancia del relato que hicimos de nosotros mismos en un tiempo que ya no nos contiene.
La cultura intenta enseñarnos que soltar es una especie de limpieza emocional que se hace de una vez. Pero en realidad es un proceso, y a veces un duelo. Un duelo por lo que fuimos, por lo que creímos, por lo que deseábamos. Y sin embargo, en ese duelo se esconde algo liberador: la posibilidad de no estar más definidos por los antiguos errores, por las antiguas expectativas, por los antiguos vínculos que dejaron de tener sentido. Dejar ir es permitir que el pasado ocupe el único lugar que le corresponde: la memoria, no la dirección del camino.
Dejar ir también implica hacerse responsable del presente. Porque mientras uno siga mirando hacia atrás, no está realmente viviendo: está sobreviviendo emocionalmente. Está repitiendo. Está postergando. El pasado, cuando se vuelve obsesión, funciona como refugio, pero también como celda. Uno cree que aferrarse a lo familiar es más seguro que enfrentar lo desconocido. Pero nada cambia si uno no cambia de tiempo interno. Nada nace si uno insiste en permanecer donde ya no crece.
El acto de dejar ir reclama algo más profundo: la valentía de ser alguien distinto al que el pasado dejó como huella. Dejar ir exige reconocer que la identidad está en movimiento, que uno no tiene por qué ser fiel a versiones antiguas de sí mismo. Que no se traiciona la memoria al elegir evolucionar. Que no se traiciona el amor propio por elegir alejarse de lo que duele. Que no se traiciona lo vivido por aceptarlo sin convertirlo en destino.
Quizás la frase “jamás te aferres al pasado” no debería entenderse como una prohibición, sino como una invitación. Una invitación a no quedarte ahí. A no convertir la melancolía en casa. A no permitir que lo que ya sucedió sea la medida de lo que aún puede suceder. A entender que hay cosas que, para liberarnos, no necesitan ser borradas: necesitan ser ubicadas en un sitio donde no gobiernen.
Porque dejar ir no es perder. Es elegir. Elegir dónde poner la energía emocional, el pensamiento, la mirada. Elegir qué historia vale seguir escribiendo y cuál solo vale ser recordada. Elegir no vivir en repetición. Elegir avanzar sin tener que cargar con todas las versiones que fuimos. El pasado siempre vuelve a pedirnos argumentos, pero no siempre merece respuestas.
Al final, dejar ir no es abandonar: es abrir espacio. Y en ese espacio —desnudo, incierto, sin certezas heredadas— aparece algo que ninguna nostalgia puede ofrecer: vida por venir.

Como siempre un placer leerte