Por Hugo Robles Lama.
Gramáticas del borde: entre la verdad del hielo y la cifra del arrabal
Dedicado a Anne Chapman
Hay una tensión particular en los extremos, una vibración que une lo que la geografía se empeña en separar. En el rescate lingüístico que realiza Óscar Aguilera en el austero sur de los canales fueguinos, emerge una obsesión kawésqar por la verdad que funciona, inesperadamente, como el negativo fotográfico de nuestra propia mitología urbana: el tango y su lengua franca, el lunfardo. Si la etnolingüística se preocupa por cómo la cultura habita el lenguaje, la comparación entre el silencio de la canoa y el estruendo del arrabal revela dos formas opuestas de lidiar con la insoportable levedad de la experiencia humana.
En el universo kawésqar, según describe Aguilera, la ética no es una elección moral, sino una imposición gramatical. El uso de los «evidenciales» obliga al hablante a marcar la procedencia de su información; la verdad es el adhesivo social absoluto y la mentira, una marca indeleble de exilio. Allí, el lenguaje es un contrato de transparencia ante una naturaleza implacable. En cambio, en las orillas del Río de la Plata, el lunfardo se erige sobre la premisa contraria: la opacidad. Hijos de la inmigración y el desenfreno, el tango y su jerga no buscan aclarar la realidad, sino disfrazarla. El lunfardo es la cifra, el vesre, la herramienta del que necesita ocultar o exagerar la miseria para dotarla de una estética soportable. Donde el indígena austral clasifica la verdad con cautela científica, el letrista porteño moldea la realidad con cinismo poético.
Esta dicotomía se extiende a la percepción del tiempo, esa materia prima de la música. La gramática kawésqar, con su pasado graduado y meticuloso, contrasta violentamente con su futuro único e incierto; una sabiduría del «ahora» y de lo vivido. El tango, por su parte, es una máquina de nostalgia. No hay género más atormentado por la memoria ni más escéptico ante el porvenir. En la lírica tanguera, el futuro no es una incógnita, es una condena —la vejez, el abandono, la «fama» que se fue—, y el pasado es un paraíso perdido de traición y esplendor.
Es en este escenario de fatalidad donde el tango se apropia de los mitos de la lírica occidental para arrastrarlos por el barro. La figura de Cupido y su flecha, símbolos del amor cortés, son reescritos por la pluma del arrabal con una ironía feroz. En tangos como Viejo ciego o en el imaginario de Homero Manzi, la flecha deja de ser un juego galante para convertirse en balazo, en «la mala suerte», en el golpe de gracia del destino. Cupido aparece ya no como un dios travieso, sino como un «atorrante» o un «cana», un oficial que impone la ley cruel de la pasión no correspondida.
Al final, tanto el rescate de Aguilera como la crónica tanguera nos hablan de lenguas al borde. Una, al borde de la extinción física; la otra, al borde de la ley. Ambas nos recuerdan que la gramática es el último refugio: ya sea para preservar la verdad ante el hielo o para inventarse una mentira piadosa ante la soledad de la ciudad.
El arco se tensa en el plagio de pura resonancia ¿Cuál es la diana de la lengua para el hombre de a pie?

Los kawesqar generalmente andaban desnudos a pesar del frío. Los exploradores les preguntaron como lo hacían para soportarlo. Ellos contestaron que “todo se convierte en cara”. La nostalgia tanguera es el frío, nadie lo convierte en cara.
Con estos años Waldo encaro la sombra y la silueta de esa sombra y escucho el rumor acompasado de las ausencias.
Gonzalo Díaz!
Rompo su espejo.