Antón Pirulero

Publicado el

Por Catalina Lonac.

Antón, Antón Pirulero,
cada cual, cada cual atiende su juego,
y el que no, y el que no,
una prenda dará”.

Este es un juego que quizás los más jóvenes no conozcan, pero que los mayorcitos y mayorcitas como yo jugábamos con asiduidad. El juego consistía en que, cuando alguno de los participantes estaba desatento a su propio juego, debía pagar una prenda. Por lo general, todos teníamos miedo de pagarla porque implicaba hacer algo difícil o vergonzante. La prenda se pagaba sí o sí, era una cuestión de honor.

Ahora bien, no sé por qué tengo la sensación de que en la sociedad actual estamos jugando a este antiguo juego. Ciudadanos, gobiernos, gremios, sindicatos… todos jugando, pero no necesariamente al mismo tiempo ni con las mismas reglas. Y entonces me pregunto; ¿cuál será hoy la prenda a pagar si nos descuidamos?

Tal vez la prenda sea quedar fuera del juego, pero sin honor, sin ritual, sin siquiera la posibilidad de asumir una falta. Estamos absolutamente desconectados entre nosotros, y esa desconexión nos vuelve débiles, presa fácil de cualquier pícaro que esté al acecho. Vivimos en una lógica que Byung-Chul Han describiría como la de la autoexigencia permanente; rendir, producir, responder, optimizarse. Pero ¿qué ocurre cuando no podemos o no queremos hacerlo? Quedamos suspendidos en un limbo del que cuesta salir, mientras las redes sociales y la televisión nos recomiendan “meditar” para alcanzar la paz y la verdad, como si el problema fuera meramente individual.

Estamos, indefectiblemente, jugando al Antón Pirulero. Una sociedad degradada al olvido como proyecto colectivo. Quizás por eso se dice que los argentinos somos muy buenos individualmente, pero no logramos salir del pozo. ¿Será que somos incapaces de jugar, por ejemplo, a la ronda? De darnos las manos y aceptar que alguien pase al medio.

Qué sabios eran nuestros juegos infantiles. Casi diría filosóficos. Tal vez deberíamos volver a esa inocencia y dejar de mirarnos como competidores permanentes. Porque alguien hizo algo con nuestra sociedad. En cada metro cuadrado podemos ahogarnos en agua y en aceite, incapaces de unir voluntades para lograr lo que queremos. Y, claro, esa fragmentación es aprovechada por los gobiernos, que cuando de vez en cuando ven alguna petición grupal, se limitan a ignorarla, sabiendo que probablemente no pase nada.

Hubo excepciones. Las Madres de Plaza de Mayo. El caso María Soledad en Catamarca. Momentos en los que el dolor se volvió lazo y la demanda se volvió colectiva. ¿Somos incapaces de aprender de esos ejemplos? ¿De sacar conclusiones para aspirar al buen vivir y a la aplicación efectiva de los derechos que, por ley, nos corresponden?

Esto me lleva a recordar a Marco Aurelio, para quien la reflexión sobre el poder estaba siempre ligada a la responsabilidad hacia los otros. Insistía en que los líderes debían considerar las necesidades del pueblo, actuar con integridad y no desentenderse de las demandas colectivas. La buena gobernanza, para él, requería atención, escucha y respuesta. Pero para que eso ocurra, debe haber pueblo, y no solo individuos aislados.

Cuando no hay pueblo, cuando no hay ronda, cuando cada cual atiende su juego, las reglas dejan de ser un acuerdo y se vuelven un truco. Mecanismos que fragmentan, que dispersan, que multiplican sin unir. En Tucumán eso tiene un nombre concreto: los acoples. No como problema técnico o electoral, sino como símbolo de una lógica más profunda, la de la desarticulación sistemática de lo común.

Al fragmentar la representación, se fragmenta también la responsabilidad. Nadie paga la prenda porque nadie siente que el juego sea verdaderamente compartido. Todo parece moverse, pero nada se reúne. Y así, incluso cuando hay demanda, no hay fuerza; incluso cuando hay reclamo, no hay cuerpo.

Tal vez el problema no sea solo político, sino previo. Tal vez no se trate únicamente de cambiar reglas, sino de recuperar algo que se perdió antes, la disposición a jugar juntos. Alguien me dijo una vez que “los tucumanos no nos queremos”, y esa frase se me quedó como una astilla clavada en el corazón, porque creo que tenía algo de verdad. No porque falte afecto, sino porque falta la confianza mínima que permite enlazar voluntades.

Quizás la pregunta no sea quién paga la prenda, sino si todavía estamos dispuestos a reconocer que estamos jugando el mismo juego. Y si somos capaces de advertir que ciertos dispositivos —como los acoples— no son simples herramientas, sino modos de impedir la ronda. Porque sin ronda no hay pueblo, y sin pueblo no hay juego posible. Solo individuos atentos, exhaustos, mirando de reojo, temiendo distraerse, mientras el juego continúa, pero ya sin sentido.

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