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¿De qué hablo cuando escribo?

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Por Rodrigo F. Soriano.

“La cosa es que sepas que aquí es un espacio donde hacemos noticias para pensar” fue lo que me dijo José Mariano, editor y fundador de Fuga, para abrirme un mundo de posibilidades en esta revista. Desde ese día, hasta hoy, no hubo una semana en la que no escribí, ni menos un sábado sin un fragmento escrito. Lo paradójico es que nunca le respondí ese mensaje. Incluso recuerdo que el mensaje lo leí en un hospital, ya que mi corazón me dio una alerta sobre mi salud. Eso también explica de qué hablo cuando escribo.

Es quizá una sensación parecida a la que tuvo Kafka en sus diarios: escribir no para comunicar algo, sino para no desaparecer del todo. Kafka sospechaba que escribir era una forma de exponerse ante un tribunal invisible. Yo diría algo más modesto: escribir es una manera de dejar constancia de que uno estuvo ahí, aun sin entender del todo por qué.

Esta es la última entrega para la revista y, al recorrer lo que fue este año, advierto que, a diferencia de lo planteado en la editorial de la semana pasada, lo mío está lejos de ser una tesis. Es, más bien, un intento de abrir los ojos para mirar lo que miramos todos los días. Porque si algo me enseñó este tiempo no fue a responder grandes preguntas, sino a reformular una sola: no sé si los ciegos conocen la oscuridad. Tal vez los verdaderamente desdichados seamos quienes sí sabemos qué es lo oscuro, porque alguna vez vimos la luz. Habitamos una realidad que creemos propia, pero que en verdad ha sido moldeada por la mirada de otros.

Raymond Chandler decía que el estilo no es una elección, sino una cicatriz: queda donde uno sobrevivió. Tal vez eso sea FUGA para mí: un registro de supervivencia intelectual en tiempos demasiado seguros de sí mismos. Textos escritos no desde la certeza, sino desde la desconfianza.

Mis artículos comenzaron —y siguen siendo— alrededor de la Inteligencia Artificial. No desde el entusiasmo, nada más alejado de eso, ni tampoco desde el pánico moral, sino desde la sensación de que el mundo continúa funcionando, aunque en una frecuencia levemente corrida. Como si algo esencial se hubiese desplazado unos centímetros y nadie se tomara el trabajo de nombrarlo. Murakami es uno de mis autores literarios de referencia, y tal vez de ahí provenga esta manera de describir lo cotidiano desde una extrañeza persistente, un trasfondo que no termina de acomodarse.

¿Entonces qué escribo cuando escribo? Escribo mis propias dudas frente a un mundo que se acelera y simplifica demasiado rápido. Escribo para frenar un segundo. Para decir: “esperen, acá hay algo que no estamos mirando”. Escribo porque el lenguaje todavía es uno de los pocos lugares donde no todo está optimizado, monetizado o automatizado. Porque, como intuía Wittgenstein, los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo; y escribir es, en el fondo, empujar esos límites apenas un poco más allá.

Hay algo profundamente literario en ese gesto. No porque estos textos pretendan ser literatura, sino porque se escriben desde una conciencia del tiempo. Desde la sospecha de que todo esto —las modas, los debates, los entusiasmos tecnológicos— va a pasar. Y que lo único que queda es la forma en que lo miramos mientras sucede.

Si FUGA tiene un tono reconocible no es por una estética buscada, sino por una ética: la de no escribir desde la certeza, sino desde la sospecha. Desde la intuición de que algo no cierra del todo. Que la tecnología promete demasiado, que las instituciones se vacían, que la felicidad se volvió una obligación, que el poder administra desde la felicidad y no desde la opresión. Frente a todo eso, escribir sigue siendo un acto profundamente humano: inútil en términos productivos, pero imprescindible para no volverse del todo funcional.

Algo de eso hay en Dostoievski: escribir desde la herida. No desde el dramatismo, sino desde la imposibilidad de ver con claridad la profundidad del iceberg. Esa opacidad trae consigo una forma de angustia, pero también una forma de verdad.

¿De qué hablo cuando escribo? Tal vez del silencio que habilita la duda. De ese segundo en el que el cuerpo no llega a reaccionar y las palabras imprimen un razonamiento que pasa por distintos filtros. De permitir que la información no se vuelva transparente de inmediato, sino que atraviese distintos tamices.

Por eso estas últimas líneas son también de agradecimiento para quienes durante este año se tomaron el tiempo de hacer algo casi revolucionario: detenerse a leer y a reflexionar. De eso trato de hablar cuando escribo.

Si alguien llegó hasta el final, quizá no encuentre una conclusión clara. Pero tal vez experimente algo más raro y más valioso: la sensación de haber estado un rato en un lugar donde el tiempo afloja, donde el lenguaje no corre, donde pensar todavía conserva una chance de sacudir al otro y modificar, aunque sea mínimamente, nuestra manera de estar en el mundo.

Hablo, en definitiva, de restaurar el sentido, la belleza, el bien y la verdad. Aunque parezca enorme. 

4 COMENTARIOS

  1. En un mundo en donde reina la cultura de la inmediatez, detenerse a leer algo que busca hacerte pensar, es un acto revolucionario.
    Gracias a vos por compartir tus ideas y conocimientos de la forma en que lo hacés, es un placer leerte.

  2. Pensar para escribir y escribir para pensar, es un acto de rebeldía a la opresión que nos quiere arrastrar a un mudo virtual.
    Gracias por invitarme a tú rebeldía revolucionaria.
    Abrazo!

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