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El inconsciente como manifestación política

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Por Valentina Aranda Zottola. 

La imaginación es quizás la última libertad de todas.
André Breton.

Surrealismo, imaginación y liberación

El surrealismo surge en el siglo XX como respuesta a una crisis profunda del pensamiento racional. Luego de la Primera Guerra Mundial, la confianza en la razón —que durante siglos había sido presentada como garante de progreso y civilización— se ve seriamente resquebrajada. La devastación, la violencia sistemática y el sinsentido de la guerra evidencian que la racionalidad moderna no solo había fracasado, sino que había sido capaz de organizar la destrucción a gran escala.

En ese contexto, el surrealismo no aparece únicamente como un movimiento artístico, sino como una forma de pensamiento que busca una transformación radical del modo en que el hombre se relaciona consigo mismo y con el mundo. Los surrealistas entienden que la opresión no se limita a las estructuras políticas o económicas visibles, sino que opera también en el interior de los sujetos, moldeando deseos, conductas y expectativas. Por eso, liberar al hombre implica liberar su inconsciente.

Inspirados en la teoría freudiana, los surrealistas conciben al inconsciente como un territorio reprimido por la moral burguesa, la lógica productiva y las normas sociales. Allí donde la razón impone orden, utilidad y control, el inconsciente introduce lo imprevisible, lo poético, lo contradictorio. Esa dimensión reprimida se convierte, entonces, en un espacio potencialmente revolucionario.

André Breton, principal exponente y fundador del movimiento, expone estas ideas en El manifiesto surrealista, donde el paralelismo con el pensamiento marxista resulta evidente. Al igual que Marx, Breton critica con fuerza a la sociedad burguesa y denuncia las formas de alienación que ésta produce. Sin embargo, mientras el marxismo pone el acento en la liberación material del hombre, el surrealismo se concentra en su liberación psíquica y simbólica. Ambos caminos, lejos de excluirse, se complementan.

El surrealismo nunca fue un movimiento apolítico. Su crítica al orden establecido, a la vida cotidiana disciplinada y a la rigidez de las estructuras sociales tenía un claro contenido subversivo. Aunque su acción se orientara más al plano individual que al colectivo, su propuesta apuntaba a una transformación profunda del sujeto, condición necesaria para cualquier cambio social duradero. La revolución, para los surrealistas, debía comenzar en la mente.

Esta dimensión política se manifiesta con claridad en muchas de las obras producidas por el movimiento. En El enigma de Hitler, Salvador Dalí representa al totalitarismo desde una perspectiva inquietante y despojada de heroísmo. Hitler aparece como una figura vacía, rodeada de símbolos de austeridad y desolación. Más allá de la posición política ambigua del artista, la obra transmite una idea contundente: el hombre puede convertirse en su propio enemigo cuando renuncia a su capacidad crítica y se somete a una lógica destructiva.

Por su parte, El carnaval del arlequín, de Joan Miró, ofrece una escena caótica y vibrante, poblada de formas abstractas y criaturas en movimiento. Esta explosión de color y fantasía puede leerse como una crítica directa a la rigidez de la vida burguesa y a la lógica repetitiva del capitalismo. Frente a un mundo que reduce al hombre a una pieza del engranaje productivo, Miró propone un espacio donde la imaginación fluye sin restricciones, donde lo abstracto danza y se libera.

El surrealismo denuncia así una forma de dominación más sutil, pero no menos eficaz: aquella que logra que el hombre crea que el mundo tal como es resulta natural e inevitable. Como señala Erich Fromm, el individuo moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando en realidad desea aquello que se espera que desee. El arte surrealista rompe esa ilusión, interrumpe la normalidad y obliga a mirar desde otro lugar.

En la actualidad, marcada por sociedades cada vez más automatizadas y por una creciente subordinación a la lógica de la eficiencia y el consumo, el legado surrealista adquiere una renovada vigencia. La creatividad y la imaginación parecen relegadas frente a la velocidad de la información y la estandarización de la experiencia. Recuperar el valor del inconsciente se vuelve, una vez más, un acto de resistencia.

El surrealismo nos recuerda que no toda transformación comienza en las calles o en las instituciones. Algunas empiezan en el interior, en la capacidad de imaginar otros mundos posibles. En ese gesto, profundamente humano, reside todavía una potencia política que el tiempo no ha logrado extinguir.

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