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Interruptus

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Por Daniel Posse.

La avidez sucumbe entre sus brazos. Las manos parecen no alcanzar. Estira los dedos de los pies, como si con ese acto se empujara. Como si con ese acto, la fuerza y el impulso lo llenaran aún más de ganas, de potencia, de una energía interminable. Sigue estirando los dedos.

La desnudez de sus piernas, de su culo, baila al vaivén arrítmico de su empuje. No se ha quitado la remera del pijama, pero la blancura de su torso parece escapar y denunciar su falta de vello.

Sigue estirándose. Tensa los músculos de todo su cuerpo, como esperando un espasmo que lo alivie. Está de pie, casi inclinado, sostenido en parte por el mueble largo, lleno de estantes y de libros. Con la firmeza de sus brazos se sostiene. El esfuerzo lo lleva a tensar los dedos de los pies, a abrirlos mientras se afirma en el piso de madera que cruje ante su ir y venir. Entre él y el largo mueble hay un sillón, y entre el sillón y él hay un tumulto.

Estira los dedos de las manos hacia arriba. Su boca gime; no se entiende si de dolor o placer. Los sonidos confunden. Hay una mueca en su boca que destila esfuerzo. El labio inferior desaparece ante su propia mordida; sus dientes blancos aparecen, regulares y perfectos. Parece ser parte de un ritual, de una animalidad propensa a una suerte de liberación.

En la irregularidad de sus movimientos se escapa parte de su pene. Deja ver su glande rosado y húmedo. En ese instante se pueden ver los vellos púbicos rojos, apenas de un costado, apenas con el efecto de un haz de luz, desde un perfil mezquino. Vuelve a estirarse, deja que su trasero refleje la luminosidad de la siesta.

Las sombras furtivas e imprecisas de los anaqueles de la Biblioteca renuncian a la promesa de una luz intensa. Pensó: ¿por qué elegir ese espacio de la casa, si ese día su familia se fue y había quedado solo? Pero ese espacio era parte de su búsqueda y de sus ganas. Acercó su nariz a su axila izquierda; olió su olor a sudor y esfuerzo. Le dio náuseas y abrió la boca, dejando que la bocanada de aire se expandiera.

Siguió estirándose. Ahora esfuerza más las palmas, los dedos, las falanges. Si pudiera, estiraría las uñas. Logra asirse a un anaquel alto. Logra un punto de referencia, de apoyo, aún más alto, para seguir en ese juego. Se cuelga de ese anaquel; alivia los pies, las piernas, el torso. Los movimientos siguen buscando ese lugar, ese acto sublime, ese momento único e irrepetible. Jadea, lo hace con la boca seca, con la respiración acelerada. Por fin lo logra: mueve los dedos, se contorsiona aún más. El libro buscado cae.

La madera del piso crujió por el impacto. Su cuerpo también lo hace; queda de rodillas. Se dobla, alivia su tensión en los músculos. Sus manos atenazan el libro muy despacio. Se atreven y lo abren.

                                                                              

  • Del Libro Textos Enajenados- Finalista entre trece de más de 1500 relatos a Nivel Nacional del Concurso SADE San Martín

 

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