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El saqueo de la realidad

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Por Enrico Colombres.

«El sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino aquel para quien ya no existe la distinción entre realidad y ficción, entre lo verdadero y lo falso».

— Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo.

En la Argentina, la realidad tiene la mala costumbre de arruinar los discursos. Aparece en una fila interminable para conseguir trabajo, en una farmacia donde alguien devuelve un medicamento porque no puede pagarlo, en una universidad que hace cuentas para continuar funcionando. Entonces llega la explicación oficial. El deterioro es una mejora que todavía no comprendemos. La angustia es un sacrificio necesario. La pérdida de derechos es el precio de un futuro que siempre está por llegar.

Lo extraordinario es que, mientras las condiciones de vida empeoran para muchos, la discusión pública consigue desplazar nuestra atención hacia quienes padecen las consecuencias. El jubilado que reclama se convierte en un obstáculo. El estudiante que protesta, en un privilegiado. El trabajador que corta una calle, en una amenaza para el orden. Siempre hay un culpable disponible, preferentemente más pobre que nosotros.

La indignación se ha convertido en una industria. Las plataformas conocen nuestras reacciones, identifican aquello que nos enfurece y nos ofrecen nuevas razones para seguir enfurecidos. Creemos elegir libremente nuestras opiniones mientras otros organizan el menú de nuestras emociones. La política encontró allí un instrumento formidable: resulta mucho más sencillo administrar el resentimiento que responder por las propias decisiones.

Primero se identifica a un grupo. Después se exageran sus defectos. Finalmente se lo transforma en enemigo. La persona desaparece detrás de una etiqueta que permite maltratarla sin demasiados remordimientos. El procedimiento tiene una ventaja adicional: mientras discutimos las supuestas culpas de los demás, dejamos de examinar las responsabilidades de quienes gobiernan.

Así funciona también esa repentina pasión por la legalidad. Frente al ciudadano que protesta aparecen intérpretes inflexibles del orden público. La ley debe cumplirse, los derechos tienen límites y nadie puede hacer lo que quiere. Perfecto. Sería saludable escuchar idéntica contundencia cuando las obligaciones alcanzan a quienes administran el Estado. Curiosamente, allí comienzan las aclaraciones, las dificultades técnicas y los interminables pedidos de paciencia.

El financiamiento universitario expone esa doble vara. Las obligaciones institucionales se discuten como si su cumplimiento dependiera del entusiasmo del Poder Ejecutivo. Una norma puede ser cuestionada mediante los procedimientos correspondientes. Lo preocupante es naturalizar que las instituciones deban mendigar recursos mientras el poder transforma cada demora en una demostración de autoridad.

La austeridad merece una discusión seria. Hay gastos que revisar, procedimientos que mejorar y responsabilidades que exigir. Pero resulta sospechoso que la lupa encuentre siempre el salario docente antes que cualquier otra prioridad. Se reclama precisión quirúrgica y se termina cortando donde hay menos capacidad de defenderse. Después nos explican que el paciente debería agradecer porque todavía conserva una parte del cuerpo.

Defender la universidad pública tampoco exige imaginarla perfecta. Tiene problemas, desigualdades y burocracias que deben corregirse. Precisamente por su importancia necesitamos mejorarla. Una deficiencia administrativa no justifica deteriorar una institución entera. Si una escuela funciona mal, corresponde arreglarla. Si un hospital compra mal, corresponde investigarlo. Controlar los recursos públicos es una obligación; utilizar ese control como coartada para volver inviable un derecho es otra cosa.

Hay algo profundamente incómodo en la universidad pública: su capacidad de desordenar destinos. Que alguien nacido lejos de los contactos pueda convertirse en médico. Que una trabajadora estudie de noche y llegue a discutir decisiones antes reservadas a otros. Que el apellido deje de funcionar como pronóstico. En una sociedad acostumbrada a heredar ventajas, abrir oportunidades sigue siendo una forma de alterar el orden establecido.

Claro que no todos llegan y muchos abandonan. Esa desigualdad constituye una deuda que debería avergonzarnos. Responder a ella restringiendo las posibilidades de estudiar equivale a apagar la luz porque algunos todavía no pudieron entrar.

La imagen de personas haciendo cuadras de fila en Moreno para entregar un currículum debería imponer silencio antes que propaganda. Cada carpeta contiene una historia que ningún gráfico alcanza a contar. Hay alquileres pendientes, hijos, deudas y proyectos suspendidos. Cuando conseguir trabajo se transforma en una competencia multitudinaria por unas pocas oportunidades, celebrar los indicadores económicos exige explicar desde qué lado de la ventanilla se está mirando.

Mientras tanto, la comunicación económica desarrolla habilidades de ilusionismo. Un número favorable aparece iluminado y sus componentes quedan en penumbras. El aumento del precio internacional del oro, por ejemplo, puede incrementar la valuación de las reservas existentes. Eso representa una mejora patrimonial, pero no significa necesariamente que quienes administran esos activos hayan producido ese incremento mediante decisiones acertadas.

Imagine que heredó un automóvil cuya cotización aumenta mientras pierde dinero en otra operación. El resultado conjunto puede ser positivo, pero la operación perdedora sigue siendo perdedora. Tampoco fue usted quien provocó la valorización del vehículo. Confundir esos resultados permite adjudicarse méritos ajenos y esconder errores propios. La aritmética parece sencilla hasta que alguien descubre sus posibilidades electorales.

Por eso hacen falta explicaciones completas. Qué activos había, qué operaciones se realizaron, qué riesgos se asumieron y cuáles fueron sus resultados. Las cifras deben poder comprobarse incluso cuando favorecen nuestras críticas. Repetir un dato dudoso porque perjudica al adversario reproduce exactamente el desprecio por la inteligencia que denunciamos. La honestidad comienza cuando aceptamos revisar aquello que nos conviene creer.

Pero revisar lleva tiempo y el espectáculo exige velocidad. Antes de comprender un balance ya circulan miles de comentarios. Después cada uno defiende su publicación como si admitir un error implicara perder la identidad. Hemos terminado convirtiéndonos en custodios de dirigentes que deberían rendirnos cuentas.

Las consecuencias de esta confusión no permanecen encerradas en las pantallas. Un investigador posterga un proyecto. Un docente busca otro ingreso. Una familia calcula si puede sostener los estudios de un hijo. Esas decisiones van dibujando un país. La pérdida de capacidades avanza silenciosamente hasta que necesitamos algo que antes sabíamos producir y descubrimos que ahora debemos comprarlo afuera.

También de eso se trata la soberanía. De comprender lo que firmamos, desarrollar lo que necesitamos y formar personas capaces de discutir nuestros problemas. Una nación que debilita su conocimiento entrega herramientas para decidir. Después puede llenar sus discursos de banderas, pero tendrá menos recursos para defender sus intereses. El patriotismo resulta extraordinariamente económico cuando evita discutir las condiciones materiales de la independencia.

La ciudadanía necesita recuperar una costumbre elemental: exigir explicaciones. Preguntar cuánto durará el sacrificio, quién lo paga y quién obtiene sus beneficios. Examinar a los propios con la misma severidad que a los adversarios. Escuchar un reclamo antes de clasificarlo. Desconfiar de las certezas que llegan demasiado rápido y de los dirigentes que nunca encuentran responsabilidad alguna en sus propias decisiones.

Nos piden agradecer el deterioro, sospechar del vecino y aplaudir mientras se achican nuestras posibilidades. Nos ofrecen enemigos para que no identifiquemos responsables. Nos entregan cifras para que dejemos de mirar nuestras vidas. Nos prometen un futuro que debemos financiar con un presente cada vez más estrecho.

El saqueo más profundo comienza cuando consiguen que dejemos de confiar en lo que vemos.

Y se completa cuando, después de quitarnos las posibilidades, logran convencernos de que también debemos dar las gracias.

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